
La difícil empresa de cantar a Emile Zola
Expresar dudas respecto de si efectivamente pueden cantarse las obras de Emile Zola no es un tema nuevo, y hasta se renueva ahora, cuando acaban de cumplirse los cien años de su muerte. Ya en las últimas décadas del siglo XIX la pregunta quemaba, pues su temática, su estilo literario, su estética, estuvieron justamente en la base del nacimiento, en el mundo de la ópera, del verismo italiano y el realismo francés. Fueron fundamentalmente los críticos los que echaron leña al fuego. Sin embargo, ni los músicos que abrazaron ese estilo veían un obstáculo, ni el propio responsable del “J’acusse” tuvo inconvenientes para poner su ingenio y su pasión al servicio del género lírico. A tal punto fue así que el propio Zola se convirtió en libretista de óperas, particularmente del compositor francés Alfred Bruneau. Tenía la convicción de que cantar las historias de la vida cotidiana, sin endulzarlas y con un lenguaje crudo y brutal, es parte de la esencia misma del género lírico. El autor de “Germinal” no creía imposible llevar al teatro cantado la representación épica de las masas obreras, del socialismo y anarquismo, un universo que muchos habrían preferido acallar.
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El punto de partida de aquella colaboración fue una obra que refleja ese “naturalismo fantástico” del escritor, “Le Rêve” (El sueño), y el resultado fue tan exitoso que, tras su estreno en París, en 1891, los mismos cantantes la llevaron al Covent Garden de Londres. La pieza produjo consternación entre la crítica conservadora de ambos países. No era fácil asumir la carencia de arias de bravura, romanzas, cavatinas o conjuntos, reem-
plazados por un texto en prosa que se canta sobre un acompañamiento sinfónico. No obstante sus reparos y la explicable referencia al universo de Wagner, el periodismo tuvo la certeza de que acababa de surgir en el mundo de la ópera un nuevo estilo dramático.
Bruneau compuso en total ocho títulos sobre temas de Zola, de los cuales cinco contaron con adaptadores, mientras en tres de ellos el escritor fue el propio libretista. “L’Enfant-Roi”, de 1899, fue la última pieza escrita para Bruneau, con una mezcla de realismo contemporáneo y simbolismo.
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La relación del músico con Zola estuvo teñida por los escándalos que rodearon al propio escritor. Fue en la época del estreno de la ópera “Messidor” cuando estalló el “affaire” Dreyfus, que alcanzó su momento más caliente con la publicación de su célebre carta abierta, “Yo acuso...!”, aparecida en el periódico L’Aurore del 13 de enero de 1898. Una defensa que generó repudio por parte de los franceses y la cárcel y breve destierro para el escritor. Bruneau protegió activamente la causa del capitán Dreyfus, con lo cual se le cerraron los escenarios franceses durante un tiempo, pese a cargar sobre sus hombros con el alto mérito de la Legión de Honor.
Pero la fidelidad al escritor no se apagó nunca y es de imaginar que aquella mañana del 29 de septiembre de 1902 en que su amigo apareció muerto –tal vez asesinado–, Bruneau, el músico de Emile Zola, dejó escapar algunas lágrimas amargas.




