La Filarmónica, a pura música
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Director: Arturo Diemecke. Solista: Mariano Rey, clarinete. Programa: Debussy: Rapsodia para clarinete y orquesta; Mozart: Concierto para clarinete y orquesta, K. 622; Shostakovich: Sinfonía Nº 5 en re menor, Op. 47. Teatro Colón.
Nuestra opinión: muy bueno
El primer concierto del abono de la Filarmónica fue antecedido por tres preámbulos diferentes. El más agradable fue el de los reencuentros cálidos de los asistentes. Después se escuchó un nuevo pedido del teatro para que el público apagara sus celulares, muy estridente, y es de esperar que efectivo.
Por último, cuando la orquesta ya estaba dispuesta para el inicio, se acercó la concertino al proscenio y provocó un murmullo que denotó algunos nervios crispados. Haydée Seibert, en un segundo, instaló la realidad conflictiva del Colón al recordar los reclamos de los músicos que no han sido satisfechos. Pero, además, la orquesta creyó conveniente causar una nueva incomodidad entre sus abonados, al señalar al público como supuesta víctima del futuro traslado, lejanísimo y sin fecha cierta, de la actividad de la orquesta a la Usina de la Música, a la cual, por lo demás, ubicaron en Barracas y no en La Boca.
Más allá de las preocupaciones -de políticas de comunicación se trata-, el anuncio no pareció ni atinado ni conveniente para un comienzo de temporada. Afortunadamente, lo que vino después, cuando entraron Rey y Diemecke, fue otro asunto.
Primera parte
El programa escogido, con dos obras concertantes para clarinete, en su primera parte, y la maravillosa quinta sinfonía de Shostakovich en la segunda, ya es digno de elogio. Pero el valor agregado y las certezas de una buena realización estuvieron dadas por Mariano Rey con su clarinete y las manos certeras, ya que batuta no usa, de Diemecke a todo lo largo de la noche.
La Rapsodia para clarinete de Debussy es una obra de madurez y está en el límite entre sus obras maestras del impresionismo y las últimas obras de títulos más austeros y de indagaciones mucho menos descriptivas o referenciales. Por lo tanto, junto a los sonidos etéreos de Debussy y sus climas siempre más sugeridos que firmemente establecidos, hay una búsqueda más abstracta, no programática, con formas muy bien definidas que, al mismo tiempo, pasa de momentos fantásticos a otros un tanto anodinos. De todos modos, la interpretación de Rey fue inmejorable, con un sonido claro, parejo, atractivo y matizado por cambios de colores y toques sumamente tenues.
Hace unos meses, cuando Mariano Rey tocó con la Camerata Bariloche el mismo concierto de Mozart para clarinete que ahora hizo con la Filarmónica, en estas páginas fueron vertidos numerosas alabanzas que deberían ser reiteradas una a una para confirmar su musicalidad y sus destrezas de músico relevante.
Por lo tanto, parece más conveniente centrarse en la tarea de Diemecke que condujo a la orquesta por caminos muy claros y acentuó el perfil de una belleza elegante, sin exagerar las cuotas dramáticas para una obra en la cual existen de una manera sutil, sin los componentes operísticos o trágicos que, eventualmente, Mozart solía introducir en sus obras finales. Las texturas fueron transparentes, los fugados presentados con gran pulcritud y el balance orquesta-solista resuelto como para que una y otro pudieran sumarse en el mejor resultado.
La hora de Shostakovich
En la segunda parte, Diemecke y los músicos de la Filarmónica ofrecieron una muy buena interpretación de la Sinfonía Nº 5 de Shostakovich. Si cada uno de sus movimientos tiene un perfil claramente definido, Diemecke indagó en cada uno de ellos sabiendo perfectamente qué quería señalar y destacar.
Los contrastes y los dramas del primer movimiento tuvieron una muy buena presentación en la exposición en tanto que en el desarrollo central se filtraron algunas desafinaciones y desajustes menores, una especie de "accidentes laborales" comprensibles.
Tal vez los mejores momentos fueron los que correspondieron a los dos movimientos centrales, sobre todo el de la poesía trágica y conmovedora del tercero.
Desde el comienzo, el director mexicano, sabiendo a qué destino debía y quería llegar, condujo lenta y pacientemente a la orquesta hasta el gran clímax, el objetivo por alcanzar.
En cambio, el allegro final comenzó con demasiada vehemencia, lo que dio pie a algunas desprolijidades, rápidamente evaporadas. En cierto sentido, similar a lo sucedido al comienzo del concierto. Luego de lo inesperado o inconveniente, a pura música, todo concluyó muy bien.
Cabe agregar que este primer concierto de la Filarmónica estuvo dedicado a la memoria de Germán Ehrenhaus, recientemente fallecido, que fue oboísta de la orquesta.

