La gran señora del folklore nativo
Es probable que Marta de los Ríos haya sentido sinceramente la urgencia de mostrar al mundo la precocidad de su hijo, aunque también puede ser que no haya resistido la tentación de utilizar en su conjunto a ese chico que a los trece años ya tocaba muy bien el piano, golpe de efecto seguro en una Buenos Aires que entonces celebraba al pequeño Pierino Gamba como si fuera uno más entre los colosos que venían a dirigir al teatro Colón.
Pero resultó que el robusto muchacho al que hizo debutar como acompañante de pantalón corto en 1947 era verdaderamente talentoso, más todavía que lo que su madre creía y anunciaba por radio. En menos de una década se transformó, antes que Astor Piazzolla y Lalo Schifrin, en una seductora esperanza de renovación que acabó relegándola, al quedarse con casi todo el prestigio del sugestivo apellido que ella había inventado y convertido en sinónimo de buena música nativa cuando no parecía haber futuro para quienes la interpretaran auténticamente.
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Ni siquiera al recordar que anteayer se cumplió el centenario de Marta de los Ríos es posible dejar de mencionar a Waldo y su acierto de instrumentar piezas folklóricas con dimensiones sinfónicas sin abandonar el terreno popular, lo que no era una ruptura con la tradición, sino una adecuación a los años cincuenta de la antigua idea de su madre de presentar las formas folklóricas argentinas vinculadas con aires típicos de toda América, con dignidad musical y un mínimo de pintoresquismo.
Nacida en el interior de Santiago del Estero y criada en Tucumán, Marta conocía de primera mano la auténtica música del país, pero lo mantuvo en secreto al mudarse en 1931 a Buenos Aires, donde cantó tangos con Francisco Canaro y también participó en el coro de varias temporadas de ópera, lo que sirvió para que su voz se educara sin perder espontaneidad ni el raro color norteño que la hizo única.
Los cantos y bailes del interior habían dejado de ser aquí un misterio gracias a las temporadas de espectáculos nativos de Andrés Chazarreta, con la novedad de una soprano lírica que cantaba con sencillez antiguos temas recién recopilados. Se llamaba Patrocinio Díaz, y aunque quedó en la historia por sus maravillosas grabaciones de "El pañuelito" y "Clavel del aire" acompañada por Filiberto, fue la primera intérprete folklórica con identidad propia, un modelo de canto, afinado, fresco e inocente, en el que se basó el estilo de Marta de los Ríos, a quien más tarde Patrocinio reconoció como la mejor.
El ingreso de Marta a la música nativa fue junto a Remberto Narváez, el gran folklorista de La Tropilla de Huachi Pampa, en un dúo de exportación que también interpretaba piezas típicas de Chile, Colombia, Perú y demás países en los que luego actuó sola muchas veces.
Esa capacidad para interesar en toda América con un repertorio extraño y nada convencional, en buena parte escrito o recopilado por ella, la dignidad con que lo ejecutaba, invitando a escuchar más que a festejar pero sin volverse solemne, y la seducción de una voz única en el género, la mantuvieron como una gran figura que las nuevas generaciones tardaron en desplazar y cuando lo lograron no fue hacia el olvido total sino al incómodo rol de gran señora del folklore.
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Traída de regreso por el suceso mundial del hijo, a mediados de los setenta realizó un par de buenos álbumes -su versión de "Llorando estoy", acompañada por él en piano eléctrico, es inolvidable-, pero luego del elaborado suicidio de Waldo en 1977, se la vio muy poco durante los dieciocho años que lo sobrevivió.
Tampoco hubo de ella imágenes oficiales actualizadas ni son necesarias, porque, mejor que en cualquier fotografía, se la reconoce en la gran interpretación gráfica de Juan Gatti que ilustra el long play "Siempre Marta de los Ríos": un viejo retrato en blanco y negro en el que parece la heroína de alguna tragedia de Ricardo Rojas encerrado en un marco de viñetas art déco levemente coloreadas con aerógrafo, contraste de intensidad telúrica y suave estilización que también sirve para describir su modo de cantar lo nuestro.
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