La lírica se enriquece con la voz de la mujer
Se lucen cuatro intérpretes de lujo
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Si algún aspecto levemente positivo puede presentar la pesificación es el de haberse abierto las puertas a artistas locales de la lírica para acceder a los papeles protagónicos que, en años anteriores, se reservaban en primer lugar a las figuras extranjeras. Las figuras nacionales quedaban relegadas para los segundos elencos. Si a esto se suma la apertura de nuevos espacios para la ópera y la aceptación del público melómano, no debe llamar la atención la recurrencia de cantantes femeninas que alcanzan una mayor difusión de su arte.
El Teatro Colón, Juventus Lyrica, el Teatro Argentino de La Plata, La Manufactura, el Margarita Xirgu, son algunos de los espacios y organismos que programaron con asiduidad espectáculos operísticos.
Buenos Aires Lírica, además de ser una de las agrupaciones que favorece la actividad lírica, presentó una experiencia particular: "La clemenza di Tito", de Mozart, instaló sobre el escenario del Avenida a cuatro de las mejores cantantes argentinas: Virginia Correa Dupuy, Adriana Mastrangelo, Cecilia Díaz y Graciela Oddone, profesionales con una extensa trayectoria que en la temporada 2003 tuvieron acceso a grandes protagonismos.
LA NACION las convocó, más que para hablar de sus condiciones en el canto, para conocer cómo fue el acercamiento al género, cuáles fueron sus formaciones y cómo se vive una profesión que demanda no sólo esfuerzos sino permanentes giras tanto por el interior como en el exterior, que obligan a la separación familiar.
Las cuatro cantantes están en estos momentos trabajando activamente y con proyectos para este nuevo año. La intensa actividad que están desarrollando tiene que ver con la movida que hay en estos momentos en Buenos Aires, espacios que se crean que son muy interesantes y que les permite acceder a una mayor cantidad de obras, a un entrenamiento vocal constante y al acercamiento a personajes mediante una investigación profunda que les posibilita alcanzar interpretaciones con mayor carnadura y emotividad.
El momento de decisión
Ellas ya alcanzaron el reconocimiento del medio musical, ya están integradas al mundo de la lírica, ya son profesionales idóneas. Sin embargo, existe la curiosidad por saber cómo llega una joven con condiciones vocales a interesarse por un género que carga con el prejuicio de ser solemne y sólo apto para mayores.
"Desde muy niña empecé a estudiar música y cantaba folklore, con mis hermanos, en los coros -comienza Virginia Correa Dupuy-. A los 11 años comencé piano y luego chelo como complemento de piano. Después, a los 23, empecé a estudiar canto y, a los 24, vine a Buenos Aires."
No es muy diferente la experiencia de Adriana Mastrangelo, que vino del Uruguay para estudiar. "En la secundaria cantaba canciones que eran importantes para mí y cuando inicié arquitectura, a los 18, empecé a estudiar canto, pero sin tener idea de la lírica porque nunca había escuchado ópera. Mi primera maestra, Amelia Vega, era muy alegre y un día me llevó a la ópera. La primera que escuché fue, a los 19 años, "La flauta mágica", de Mozart. Ella me decía que donde yo ponía el grito, mañana iba a poner un sonido hermoso. Yo no me lo creía mucho. Otro momento importante fue cuando estaba en el coro de la Catedral de Montevideo cantando "Tosca", estaba vestida de monja, esperando para salir, cuando vi la luz debajo del telón y escuché la música de Puccini. Ahí empecé a desear vivir de esto. Y dejé arquitectura."
En cambio, para Cecilia Díaz, ganadora en 1994 del premio Operalia, patrocinado por Plácido Domingo, el inicio fue más fortuito. "En mi casa siempre se escuchó fundamentalmente mucha música sinfónica y mis padres siempre formaron parte del coro de la ciudad. Todos disfrutamos de la música, no profesionalmente. Recuerdo que el equipo de música estaba siempre prendido. No sé muy bien por qué terminé en la ópera. Fue algo casual. Tenía auditivamente más vinculación con la música instrumental que vocal. Aunque cantaba en un coro desde los 19, cuando empecé el conservatorio fue a los 21. Empecé en la Facultad de Bellas Artes de La Plata para estudiar dirección coral, no para hacer canto. Debido a la estructura que había en aquel entonces en la universidad, los dos primeros años eran comunes a varias carreras. Al tercer año, cuan«do correspondía que hiciera dirección coral, yo ya estaba pispeando que iba a cantar. Lo demás quedó en proyecto."
En cambio, para Graciela Oddone su relación con el canto se inicia en la niñez y, aún en estos momentos en que está esperando un bebe, se nota que no debe de haber sido muy tranquila. "Comencé en el Coro de Niños del Teatro Colón, después en mi adolescencia integré diferentes coros, agrupaciones vocales. En realidad, mi familia me llevó al coro porque no me aguantaba en casa, me pasaba todo el tiempo cantando cualquier cosa y volvía loco a medio mundo. Mi abuelo me llevó al Coro de Niños y ahí empecé a cantar. No sé si me gustaba la lírica, me divertía estar sobre un escenario. Creo que me enganché con eso. En mi casa lo que estaba más cerca era la ópera porque en casa son todos italianos. Quizá si hubiera crecido en otro ambiente me hubiera inclinado por el tango o el jazz. No sé. Cuando elegí la ópera fue porque tenía interés en lo vocal, pero ya tenía 17 años."
La vida familiar
La rutina de una cantante es bastante azarosa porque implica estar permanentemente preparada para viajar a distintos puntos del país y del mundo y no siempre se puede llevar a cuestas a toda la familia. Pero es una complicación que las cantantes parecen dispuestas a enfrentar con serenidad.
"No es fácil para nadie -asegura Graciela, quien disfruta de su primer estado de embarazo-. Así como no lo es para una mujer que trabaja, tampoco lo es para nosotros. Si una tiene la suerte de tener un marido que la acompaña, entonces todo es más fácil. Supongo que será cuestión de tomar una decisión cuando aparezca un viaje, por ejemplo. Sé que los padres sufren, los hijos sufren, pero no es la única profesión donde hay momentos en que hay viajar."
No es un problema que afecte a Virginia porque no tiene hijos, pero también tuvo que dejar a sus afectos en su provincia natal cuando vino a estudiar a Buenos Aires. "Es común ver a las cantantes extranjeras que se trasladan con sus hijos -aclara Virginia-. Cuando en 1994, Diane Montague vino a hacer "Ifigenia en Tauride" trajo a sus cuatro hijos chiquitos. Yo le pregunté cómo hacía para alternar la familia y el canto: "Nunca estoy bien -me dijo-, pero me gusta cantar y ser madre"".
Para Adriana, que dejó en su país la familia y los afectos, el tema lo va resolviendo con el diálogo que mantiene con su hija. "Yo tengo una hija de seis años y "La clemenza de Tito" fue la primera oportunidad que tuve de compartir el escenario con ella, que salía a escena patinando. Eso fue muy importante para mí porque asumí con placer y alegría que ella es hija de una cantante de ópera y eso tiene cosas maravillosas y otras difíciles de sobrellevar. En el período de ensayos, que fueron muchos, yo la veía bastante menos y ella sabía donde estaba yendo. Pero ella compartió la alegría y el entusiasmo de probarse el vestuario y de que la peinara. Cuando terminaron las funciones, me tomé una semana y estuvimos haciéndonos mimos. Pienso que hay que aceptar la realidad de padres que trabajan en algo maravilloso y compartirlo con los hijos de la mejor manera posible. El año pasado, por trabajo, tuve que viajar un mes y justo era el cumpleaños de ella. Agradable no fue, pero pude pagar la hipoteca de mi casa. La vida es así y hay que estar alegre por la parte buena y poder tener una buena comunicación con la gente que está muy cerquita para que entiendan que una no deja de estar, no deja de quererlos, sino simplemente, está haciendo un trabajo."
En el caso de Cecilia que viaja con frecuencia la realidad es otra. "Soy divorciada, pero estaba casada con un señor viudo que tenía chicos, a los que ahora considero míos, porque los criamos juntos. Desde que gané el concurso Operalia, en el 1994, empecé a viajar mucho. Es duro dejar la familia, ésa fue una de las razones por las cuales nunca quise irme definitivamente, por razones afectivas. No sé si puedo soportar estar mucho tiempo afuera. Lo puedo hacer sabiendo que voy a volver, porque mi base está acá. Es una elección que limita. Pero el punto medio, el estar un poco acá y un poco allá, es el más difícil, porque parece que no se está en ningún lado."
Perfiles
Virginia Correa Dupuy
- La mezzosoprano tiene 47 años, nació en Tucumán, estudió canto en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón y se perfeccionó con Noemí Souza. Le atraen las óperas no conocidas checas o rusas.
Adriana Mastrangelo
- La mezzosoprano tiene 36 años, nació en Montevideo, Uruguay, y se radicó en 1991 en Buenos Aires para estudiar en el Instituto Superior de Arte del coliseo porteño. Entre sus maestros están Amelia Vega y Ana Sirulnik. Hay autores que adora como Mozart y Wagner.
Cecilia Díaz
- La mezzosoprano tiene 39 años, nació en Concordia, Entre Ríos, y estudió en la Facultad de Bellas Artes de La Plata, y posteriormente ingresó en el Instituto Superior de Arte, con el asesoramiento de Ana Sirulnik. En 1994 ganó el concurso Operalia, patrocinado por Plácido Domingo.
Graciela Oddone
- La soprano, tiene 35 años, nació en la provincia de Buenos Aires y estudió con Myrtha Garbarini en el Conservatorio Nacional de Música Carlos López Buchardo y se perfecciona con Ana Sirulnik. No tiene una ópera favorita, cuando le acercan un material parte de la base de que algo le va a interesar más por afinidades vocales o artísticas o porque los personajes se parecen a ella.
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