
La paz interior del Niño Josele
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Presentación del disco Paz , del Niño Josele en guitarra, Esperanza Spalding en contrabajo y el Negro Hernández en batería. En el teatro Coliseo.
Nuestra opinión: muy bueno
En algún punto, el Niño Josele encarna el denominado neoflamenco, que, más que una nueva forma estilística, establece puentes con otros géneros, como, en este caso, el jazz. Antes, esa renovación estaba encarnada con los hermanos Amador y su fusión de flamenco rock; hoy, el género se asocia con el jazz.
El Niño Josele, poco conocido en Buenos Aires, vino a presentar su disco Paz , un tributo a Bill Evans que reúne algunos de los temas más tocados por aquel pianista junto con una serie de composiciones propias.
El Coliseo lució con un entusiasta lleno, tanto por la expectativa que generó el guitarrista, que además es miembro del sexteto de Paco de Lucía, como por la falta de propuestas jazzísticas internacionales.
Lo concreto es que el clima estaba dado para una gran noche de jazz.
Subió el Niño solo con su guitarra y comenzó a desbozar el tema "Paz", a medio tiempo, una composición que tiene más un trabajo de armonización que esa típica impronta flamenca.
El tema recorre una melodía sencilla basada en un clima que le da el tono al título.
El Niño es un músico de buena técnica, aunque mostró a lo largo de la noche que su fuerte está más en la composición que en el calor de la composición.
A medida que entró en el concierto, el trío dejó en evidencia algunos aspectos interesantes. Por ejemplo, que el líder trabaja sobre el colectivo más que sobre las individualidades, aunque ciertamente dio espacio para los lucimientos, en especial los del Negro Hernández, uno de los grandes bateristas del latin jazz, dueño de un swing contagioso y una variedad de combinaciones rica e inspirada.
El repertorio de Josele contó con pocos arreglos; más bien, quizás el principal fue llevar esa música al terreno de la guitarra flamenca y convertirla, poco más, poco menos, en una propuesta de sonoridad diferente.
Mientras se sucedían los temas que con tanto amor Evans recreó durante años, surgieron las bulerías, algo así como la esencia misma del flamenco y, principalmente, de este guitarrista. Hernández tocó casi todo el concierto con escobillas en busca de no quebrar la intimidad que proponían tanto Josele como la contrabajista Esperanza Spalding, quienes parecían encontrarse fluidamente en cada una de las conversaciones que entablaron desde sus instrumentos.
En las bulerías, el guitarrista dominó la escena: hubo en su guitarra más que una tibia exploración, liderazgo. Se convirtió en el guía y en su estilo surgió su alma gitana, tan cuidada hasta ese momento en busca de reflejar un material que, si bien aprecia, le seguía siendo ajeno.
En las bulerías, Hernández hizo un trabajo de excepción, al batir sobre el redoblante el batir de las palmas propio de ese palo flamenco. Creó un clima estimulante y contagioso que pareció animar al guitarrista a buscar sus fronteras.
En los standards, la sensación del trío fue la de asentarse plenamente en la melodía sin ir demasiado lejos. Quizás un Josele algo contenido, quizá sin el duende de la improvisación, pero lo cierto es que existió un respeto excesivo por la faz melódica de las composiciones y fue así que se perdieron la fuerza y el vuelo de la improvisación.
Por el lado de la esperada Spalding, se mostró también algo contenida, aunque sus formas de abordar los diferentes cambios rítmicos se mostraron inspiradas y con una imaginación valiosa. Muy técnica, utilizó esa capacidad para sobrevolar la guitarra de Josele.
El final fue con "Beautifull Love", un clásico de clásicos en el repertorio de Evans, que llenó el Coliseo de un melodismo sereno, intenso, aunque, como todo lo que proviene del flamenco, con un tono algo desgarrado, más dramático que el original y que le dio otra perspectiva.
Un encuentro interesante del Niño Josele con el público argentino y con un sano cruzamiento de dos mundos que poseen sentimiento y calidad.



