
Los 75 años de Kurt Masur
El notable director alemán conserva la vigencia de siempre
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Talentoso, inteligente, idóneo, multipremiado y célebre, aunque también discutido e impugnado, Kurt Masur, el director saliente de la Orquesta Filarmónica de Nueva York, cumple hoy 75 años. Formado en la tradición alemana y, para muchos, últimamente contagiado por cierta estética estadounidense, este músico festeja sus tres cuartos de siglo cuando se está despidiendo de la orquesta que lo puso en la gran vidriera universal, sacándolo de la relativa tranquilidad del Este alemán, cuando todavía un muro y factores políticos e ideológicos dividían en dos a su país.
El tiempo de la formación de Masur, en Alemania fue el de la posguerra, una época en la cual se dio una sequía llamativa en la aparición de grandes directores por vez primera en casi un siglo, desde los tiempos de Bülow o Nikisch. Según algunos estudiosos, este hecho se debió a las secuelas de la Segunda Guerra Mundial, pero, además, a la expulsión o el exterminio de los músicos judíos. Esto produjo un hueco del cual sólo Masur pareció emerger como única excepción.
Nació en Silesia, se educó en Breslau y, después de haber trabajado en distintas instituciones y al frente de varias orquestas alemanas, en 1970, arribó a Leipzig como titular de la Orquesta de la Gewandhaus. El Kapellmeister ubicó a la orquesta en una categoría superior, para muchos, equivalente a la Filarmónica de Berlín. Entre los celos de Karajan y las limitaciones de las autoridades de Alemania oriental, Masur pocas veces pudo acceder al podio de la orquesta berlinesa. Pero el prestigio creciente de la sinfónica de la Gewandhaus se extendió por el planeta, de Buenos Aires a Toronto y de Tokio a Nueva York. Sus registros atesoran una manera de interpretar admirablemente el sinfonismo del siglo XIX. Sus lecturas y realizaciones de las obras de Beethoven, Schumann, Bruckner y Mendelssohn asumieron un grado obligatorio de referencialidad. Lo que no significa que de los gestos de sus manos, siempre sin batuta, no hayan salido también algunas de las mejores interpretaciones de los conciertos para piano de Prokofiev o de las sinfonías de Tchaikovsky.
La unanimidad de los elogios acabó con su ingreso en la Filarmónica neoyorquina, en 1991. Puso orden y dio un nuevo impulso a un organismo que se había acostumbrado a las lecturas amplias y poco detallistas, aunque siempre enjundiosas y pasionales, de Zubin Mehta, su antecesor. Sus escrúpulos en estudios pormenorizados, en articulaciones limpísimas y en algunos equilibrios obsesivamente puntillosos sumados a las luminarias de la perfección y brillantez del sonido que casi siempre fueron medulares en las orquestas norteamericanas, dieron pie a interpretaciones en las cuales la prolijidad, la corrección absoluta y la disciplina parecieron ir en detrimento de una vitalidad y de ciertas respiraciones humanas que eran primordiales en sus temporadas en Leipzig. Masur acostumbraba explicar que las diferencias de resultados que se podían percibir entre las mismas obras según las tocaran la Orquesta de la Gewandhaus o la Filarmónica de Nueva York estaban en las integraciones de las mismas. La primera estaba conformada casi totalmente por músicos alemanes y la estadounidense por intérpretes de numerosos países diferentes. Con todo, él insistía que sólo era una cuestión de un tipo de sonido y no de diferencias esenciales.
Aún acordando con Masur en estas afirmaciones, más difícil es coincidir con él en la elección de los repertorios que traía con la orquesta neoyorquina cuando llegaba en gira, presentando, casi siempre, un recorrido por los lugares más comunes y previsibles del inventario sinfónico del siglo XIX. Alguna obra de Tan Dun, no estaba sino para confirmar una rutina exasperante.
Los cuestionamientos que se le pueden hacer a Masur, no son muy diferentes a los que, por otras razones, también se les formulan a otros directores de su generación, como Pierre Boulez, Lorin Maazel, quien lo reemplazará en Nueva York, o Carlos Kleiber. El único de esta generación que permanece ajeno a reparos es Claudio Abbado. Porque no son éstos los tiempos de Herbert von Karajan, Leonard Bernstein, Georg Solti o Sergiu Celibidache en los 80, cuando, septuagenarios todos ellos, eran venerados como los sabios ancianos de la tribu, o sus dictadores, a los cuales nada se les discutía. Además, en este siglo XXI, los directores veteranos deben competir con colegas más jóvenes que vienen desarrollando carreras formidables y que se han transformado en referentes ineludibles como Simon Rattle, Daniel Barenboim, Riccardo Chailly o Myung-Whun Chung.
No hay que preocuparse por la salud económica ni musical de Masur. Desde 2002 es el titular de la Filarmónica de Londres y pronto asumirá como Director Musical de la Orquesta de Francia. Seguirá con las orquestas de la Gewandhaus y la Filarmónica de Israel, de las cuales es director invitado principal, y, como conductor free lance, seguramente que será convocado por las mejores sinfónicas del planeta. Tal vez con menos exigencias y presiones y con mayores tiempos para reflexionar en búsquedas y concreciones, a los 75, Masur, sin lugar a dudas, un músico superior, vuelva a despertar únicamente elogios y ninguna objeción.
Despedida en Manhattan
- Hoy, Kurt Masur será el protagonista principal del concierto que dirigirá al frente de la Filarmónica de Nueva York. El anuncio de la función lo dice todo: Cumpleaños y adiós - "Celebre los 75 años del maestro y su despedida de la Orquesta en el Lincoln Center". El programa es una muestra del estilo ecléctico que Masur le imprimió a la Filarmónica durante su década como titular: Bernstein, Weber, Bach, Mendelssohn, Brahms, Puccini, Rimsky-Korsakov y Ravel.


