Mozart y el licor de chocolate
Todo esto empieza a partir de una copita de licor. El día había sido trajinado, con el duro ejercicio de pasar de un banco a otro y de sortear, sin éxito, los mil escollos del corralazo . Kitty, una encantadora alemana, madre de dos adolescentes, me acababa de regalar una botellita redonda, oscura, adornada con un enorme moño rojo. No había dudas: la etiqueta exhibía una imagen de Mozart, el frasco contenía licor de chocolate bautizado Mozart y era fabricado en Salzburgo, la cuna de Mozart. Un pequeño librito se encargaba de sugerir las distintas combinaciones que pueden realizarse con el licor para lograr exquisitas y refinadas variaciones: con vodka o con café, con vainilla o menta, con crema de leche, con frutas... La firma productora de esta maravilla incluía además su dirección de Internet: www.mozart-liqueur.com .
Imposible pasarla por alto, de manera que, una vez en el sitio, pude enterarme de que en vida de Mozart, en 1770, un señor fundó la primera destilería en Steinhagen, pequeño pueblo en el norte de Alemania, con lo que inició una larga tradición en la elaboración de licores. Pero sólo en 1954, la quinta generación de esa familia fundó en Salzburgo una nueva empresa, la que en 1981 lanzaría al mercado el licor de chocolate con el nombre mágico.
También se informa que en los días de Mozart el chocolate era una bebida caliente, lujosa y de moda. "Del sabor del chocolate -asegura la web- y del hermoso sonido de Mozart se decía que eran celestiales", aunque enseguida añaden que si su música era y es "celestial", también le gustaban los placeres mundanos. Es decir -se entiende- el chocolate. De ahí la enorme producción de manjares de enloquecedora variedad que llega desde Salzburgo envuelta en la efigie del autor de "Don Giovanni", cuyo nombre da título de nobleza asimismo al Mozart Quartett Salzburg, que cuenta con el patrocinio de dicha empresa licorista. Todo un dato.
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Es cierto que Mozart no amaba mucho a Salzburgo. Aún más, llegó a detestar a esa ciudad, tan bella y saboreada hoy por los viajeros, porque significaba algo así como una cárcel, dominada, según él, por un malvado y despótico arzobispo para el cual trabajaba haciendo música, y al que el genio, por medio de sus cartas, nos enseñó a despreciar. Qué feliz fue el día aquel de 1781 en que rompió con su pasado y se estableció en Viena, que primero lo ensalzó, antes de arrojarlo como a un trapo usado. Pero en Salzburgo llegó al mundo y allí se moldeó su personalidad proteica: simple, muy simple, a veces; otras, profundamente abismal. También desdeñoso o tolerante; genialmente artificioso, o sencillo hasta la inocencia. Cáustico, y hasta rudo e insolente; pero en el otro extremo, delicado, cortés, capaz de refinamientos insuperables. Ese Mozart que todos amamos queda diseñado desde la infancia salzburguesa: bien está, entonces, que la ciudad se enriquezca a su costa, con suntuosos festivales y "celestiales" bombones y licores de chocolate. Gracias Kitty, por el licor, y porque con Mozart se hacen menos crueles los tiempos que corren.





