
Nico, princesa tenebrosa
Morir a los cincuenta, curada de casi todas sus adicciones y paseando en bicicleta por la isla de Ibiza en pleno verano de 1988 no es lo que se esperaba de la princesa más tenebrosa del punk rock. Igual, a pesar de esa involuntaria traición a su misterio, el nombre de Nico y su fisonomía espectral perduraron como referencia inevitable de aquel mundo de frivolidad, disipación, rebeldía y revolución estética en el que se quedó a vivir luego de que Fellini la mostró en "La dolce vita".
Ocurrió en la década del sesenta del siglo pasado, cuando todo el poder parecía estar en el rock y Nico, humilde alemana que se regalaba como modelo, ingresó en ese Olimpo ayudada por Brian Jones, el más dañino y fugaz de los Rolling Stones. Menos abusivo y muy útil terminó siendo Bob Dylan, que la impulsó a cantar, le escribió un tema, la retrató en "Visions of Johanna" y se la sacó de encima acercándola a Andy Warhol, con quien se odiaban.
"Muy rara, poco comunicativa... cuando se le pregunta algo, responde cinco minutos después. Es misteriosa y europea, tipo diosa lunar", la describe el artista en "POPism". Gracias a eso Nico fue declarada la nueva "Chica del año" y filmó "Chelsea girls", un experimento de tres horas y media que, entre muchas otras cosas, incluía burlas a los hippies, la filosofía del flower-power y Dylan, su profeta. Era el momento más productivo del maestro del pop art, cuando había decidido abarcar también el rock bendiciendo a The Velvet Underground, grupo dominado por dos genios insoportables, John Cale y Lou Reed, a quienes les impuso la indeseada "chanteuse".
Una relación imposible -celos, drogas, envidia y gran rock and roll- que no llegó a cumplir un año, pero igual su único álbum juntos, ilustrado por Andy con la banana más famosa en la historia del arte, resultó un clásico inmediato, todavía vigente como uno de los grandes triunfos del género en cualquier época.
Nico sólo canta en tres piezas de Reed, ideales para que su voz profunda y monótona defina el perfil del mito por venir y determinantes para que los dichosos quince minutos de fama otorgados por Warhol a cualquiera se prolongaran por el resto de su vida. Notoriedad subterránea como ninguna, sostenida en esporádicos discos producidos por John Cale entre besos, puñetazos y sustancias ilegales, y luego apariciones en lugares casi secretos de Francia, España, Japón y ocasionalmente América del Norte.
Un zombie hierático cargado de maquillaje, quejándose en amargas canciones propias y reflexiones fatalistas en la línea de "The end", de The Doors, precursora de la improvisación instantánea, icono gay, chatarra del estilo de vida anterior a la peste que se fue desvaneciendo sin caer en el ridículo para retornar en 1985 con el disco "Camera obscura", macabro, deprimente, casi inaccesible, tanto un último desafío como la aceptación de que ya no había lugar para ella.
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A partir del año pasado, el nombre de Nico ha vuelto a escucharse en muchos de los ámbitos en que fue adorada. Primero el escándalo menor de "El amor no olvida jamás", un libro firmado por Ari, el hijo que Alain Delon nunca le reconoció, y luego la versión cinematográfica de "Hedwig and the angry inch", en la que John Cameron Mitchell saquea buena parte de su biografía, en especial la relación con un Jackson Browne adolescente, y termina celebrándola entre los grandes mártires del rock extremo.
En abril llegó una reedición de su álbum "Heroine", enriquecida con bandas de video, y la semana pasada Marianne Faithfull, otra groupie reaparecida como gran cantante y actriz, presentó "Kissin´ Time", compacto en el que sobresale "Song for Nico", una cariñosa reivindicación que perdona los lejanos tiempos en que se arrancaban los ojos una a otra por poseer a Mick Jagger, Keith Richards y hasta al propio Delon.




