
Richard Coleman: Fricción, la banda que empezó con Gustavo Cerati en un dormitorio y que pudo haber tenido un nombre “ricotero”
Acaba de editarse Arquitectura moderna, el libro de Diego Giordano que indaga en el primer disco de Fricción, Consumación o consumo y en la Buenos Aires de los años 80
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Una banda que nació sin pretender serlo. Un elenco de integrantes que tuvo entre sus filas a varios de los nombres claves del rock argentino de los 80 y que convirtió al estudio de grabación en un laboratorio creativo. Un disco que se volvió clave para graficar lo que sucedía en los márgenes del mainstream y al mismo tiempo encendió las alarmas de los artistas más convocantes de la época. A lo largo de su corta existencia, Fricción, el proyecto creado por Richard Coleman y que tuvo a Gustavo Cerati entre sus miembros fundadores fue todo eso y más. Fun grupo que canalizó las influencias de David Bowie, King Crimson y el post punk británico en un álbum debut que no tardó en volverse de culto.
La historia de ese proceso era una deuda en la literatura rockera local, que fue finalmente saldada por el periodista Diego Giordano en el flamante Arquitectura moderna, un libro editado por Vademécum que recorre la génesis de Fricción, con el énfasis puesto en la grabación de su primer opus, Consumación o consumo.
Como en una suerte de historia oral, para su investigación Giordano entrevistó a todos los involucrados en la historia, con la voz de Coleman en un lugar protagonista. “Decidí aceptar la propuesta, a mí nunca se me hubiera ocurrido. Me pareció interesante cómo lo encaró, que era puntualmente el proceso de cómo se llegó al disco. Es un tipo de libro que leo, que a mí me interesa. Mi aceptación fue a partir de que no era mi historia o mi relación con el pasado, sino documentar cómo se llegó a ese álbum”, explica el músico sobre su participación en el proyecto.
Para Coleman, lo más destacable de Arquitectura moderna está no solo en el recorrido que hace de la banda que lo tuvo como líder e ideólogo, sino también en el retrato del momento y el lugar que hicieron posibles ese repertorio. “Lo que tiene de bárbaro lo que escribió Diego es el enfoque con el contexto, y eso es algo de lo que no se habla nunca, o se habla muy por arriba cuando se habla de los 80. Como que se dibujan un par de líneas nada más: la dictadura, la Guerra de Malvinas, la democracia, pero todo medio caricaturizado”, dice al destacar cómo el libro retrata también una Buenos Aires en efervescencia constante donde las noches podían llegar a tener duración indefinida. Y agrega: “Nosotros teníamos 20 años y lo que pasaba alrededor podía llegar a ser muy condicionante, y a nosotros nos provocó este tipo de reacciones, una reacción artística”.

En ese escenario, Giordano logra detallar una dinámica muy común de la época, donde existía una suerte de poligamia artística donde todos terminaban cruzándose y de la que Fricción no fue ajena. Su nombre fue parte de un “multiverso” en donde también orbitaban otros nombres, y donde cada persona nueva era un potencial aliado musical. “Estábamos circulando siempre en una cantidad de proyectos. De alguna manera, si no nos conocíamos en persona, conocíamos a los otros músicos por lo que se decía, por lo que se contaba. Era bastante chico en realidad el universo ese, entonces de alguna manera todos estábamos en contacto”, recuerda Coleman mientras traza un recorrido nocturno que incluía escalas en Cemento, el Zero Bar o el Café Einstein. “Salíamos bastante, íbamos a ver los shows de las bandas nuevas, había una noche en común y eran lugares para 100 personas, donde siempre te encontrabas a algún personaje. A esa altura ya sabíamos socializar en la noche, que era diferente a estar compartiendo de día con los chicos en el colegio el entusiasmo, la ilusión, el futuro. Ya en la noche se tejían otro tipo de compromisos”, redondea.
La historia de Fricción se construyó en esa misma lógica: un experimento que comenzó entre Coleman y Cerati, y al que luego se sumaron Fernando Samalea y Christian Basso (por entonces integrantes de Clap junto a Diego Frenkel) para completar la primera formación de la banda. “Soda ya había grabado su primer disco, y Gustavo lo que me decía era que no encontraba momento para probar algunas cosas nuevas, algunos sonidos, y tenía ganas de tocar desde otro lugar, no quería ser frontman”, repasa Coleman sobre esa primera etapa que comenzó en el dormitorio de la casa de sus padres, a dos guitarras y con un grabador y una batería electrónica como únicos complementos.
“Para un guitarrista, tocar a dos violas es maravilloso en cuanto a laburar arreglos, porque se genera otra cosa, se arman texturas, audios, se van cambiando roles”. Con su primera encarnación ya establecida, Fricción comenzó a tocar en vivo en 1985, y algunas de las canciones que sonaban en sus conciertos terminarían luego en Nada personal, de Soda Stereo, como “Ecos” y “Estoy azulado”, además de una impronta en las guitarras que parecía heredada de una dinámica grupal distinta. “Era el espacio para probarlo, porque con Samalea y Basso tenía una conversación diferente a la que tenía con Zeta y Charly, y ni hablar conmigo. En el cuarteto no era tan clara la gorra, nos la íbamos pasando”, explica Coleman para intentar ilustrar la distancia entre un lugar y otro.
Para los conocedores de la historia es sabido que Fricción debe su nombre a “Friction”, una de las canciones clave de Marquee Moon, el debut de los neoyorquinos Television. Tanto tema y disco encajaban a la perfección en la visión creativa que buscaba, con un entramado de guitarras en diálogo constante sin protagonismos claros. Pero hubo un detalle que vio la luz hace relativamente poco: cuando murió el Indio Solari, Coleman develó que uno de los nombres que estuvo a punto de tener el proyecto era Mariposa Pontiac, un tema que era parte del repertorio estable de Patricio Rey sus Redonditos de Ricota en sus comienzos, pero que recién grabarían una década y media más tarde, en Luzbelito.
“Los vi a finales del 81, y me impresionó la fiesta que era el escenario, era impactante. Yo no había visto un circo tan decadente y fenomenal, me gustaba lo que expresaban, me sentía identificado con esa cosa de sacarse algo, una presión de encima. Y cuando vi a Skay por primera vez me voló la peluca. Era el violero que yo necesitaba escuchar en ese momento, era el más moderno de Argentina”, dice Coleman.

Aunque con el pasar de los años tomó distancia de la obra ricotera, en ese primer contacto encontró un acercamiento literario que le resultaba cercano al suyo. “Ese hermetismo de las letras también me gustaba, después ya me cansó. Pero en ese momento me parecía súper pertinente; no veía metáfora ahí, era todo surrealismo, una necesidad de impactar con la palabra que tenía que ver un poco con lo que yo leía en William Burroughs o Bukowski, cosas que a uno le pegaban de alguna manera y que yo lo encontré ahí en vivo en los Redondos”.
La idea inicial era que Cerati oficiase de productor de lo que terminó convirtiéndose en Consumación o consumo, pero la agenda de Soda Stereo forzó al cambio de planes. “Gustavo ya tenía más experiencia en el estudio, y para entrar a un estudio de grabación estaba bueno entrar acompañado con alguien que tuviera experiencia porque era algo muy complejo y un espacio al cual no tenías acceso si no tenías con quién entrar. No podía ir cualquiera a una sesión a ver cómo era. A mí me daba tranquilidad que él estuviera al mando de la producción, pero no pudo ser así. Hizo todo lo posible pero se desató el furor de Soda”, explica Coleman, que recuerda que su amigo llegó a grabar guitarras en algunas canciones durante la primera semana de grabación, en el único hueco que le quedó libre antes de embarcarse en una gira que terminaría extendiéndose meses. Lejos de buscar un reemplazo para su compañero, Coleman reacomodó las fichas y así ingresaron Gonzo Palacios en saxo y Celsa Mel Gowland en voces y teclados.
A partir de ahí tanto Fricción como su álbum debut se convertirían en un laboratorio, una banda que entraba a grabar un disco del cual la mitad de las canciones recién comenzaban a tomar forma al momento en que se encendía la luz de REC. “A diferencia de las bandas contemporáneas, que llegaban al estudio con los temas ensayados y buscaban reproducir el sonido del vivo, nosotros entramos a grabar con una paleta de colores y un lienzo. ”A veces llamo", “Arquitectura moderna”, “Entre sábanas” y “Prisión emocional” son temas que no se tocaron en vivo antes de grabarse, pasaron del demo al disco y se terminaron de colorear ahí. En algunos casos el resultado es óptimo, excelente, y en otros más o menos, porque estábamos experimentando y viendo cómo hacer las cosas”, dice Coleman sobre el disco. El resultado final fue un álbum lejos de los convencionalismos y con un tinte bastante experimental, más cercano al laboratorio sonoro que a la complacencia hecha a medida de las FM, de ahí que el propio Palacios declarase para el libro de Giordano que “para escuchar Consumación o consumo había que hacer un esfuerzo”.
Mientras ocurría todo este proceso, Coleman pasó a ser un músico con un talento codiciado por varios de sus colegas, que intentaron sumar a sus filas a ese guitarrista que torcía las rítmicas de manera arty. El primer interesado fue Miguel Mateos, una invitación que Coleman declinó con elegancia al no sentir una afinidad artística (“Me cuesta mucho asociarme si no tengo nada en común con el proyecto. Tiene que haber algún contacto genuino, nunca pude subir a tocar solamente por la plata”, dice hoy), y que tuvo su recompensa poco después. Charly García, que se había quedado sin banda tras la presentación de Piano Bar, decidió salir a reclutar músicos jóvenes para lograr un sonido más moderno y vanguardista y así formó Las Ligas, un grupo para el que reclutó a Samalea, Coleman y Basso junto a Andrés Calamaro en teclados y Daniel Melingo en saxo.
Las Ligas fue una gran vidriera de exposición para sus integrantes, pero de a poco pasó a ser un problema para Fricción cuando sus agendas empezaron a ser incompatibles. “Era muy complicado de congeniar a nivel de simultaneidad con los horarios de ensayo y porque las dos bandas tenían diferentes prioridades. Para los shows también era muy complicado porque estábamos en la misma agencia, y cuando tocaba uno, el otro no podía, y nunca íbamos a estar en prioridad”, cuenta Coleman sobre una situación de la que se terminó bajando ante la disyuntiva de haber invertido tiempo y esfuerzo en un disco que no estaba pudiendo salir a presentar en vivo. Finalmente tuvo el visto bueno de García para seguir su propio camino, aunque intentó imponer una condición. “Me dijo: ‘Está bien, Richard, pero cuando vos grabes ‘Héroes’ me tenés que llamar a mí para producirlo’, y yo le aclaré que eso no iba a pasar”, recuerda Coleman entre risas.

Cuando finalmente vio la luz, Consumación o consumo ya no era una rara avis, sino que dialogaba con una serie de bandas que parecían abrevar de esa misma nocturnidad opresiva, con grupos como El Corte, Don Cornelio y la Zona, Los Pillos y La Sobrecarga como figuras más visibles. “Tiene que ver con las tendencias. Cuando entramos a grabar el disco yo ya había pasado esa escuela y le escapaba a esa etiqueta, a esa generalización, a la etiqueta fácil de decir ‘ah, bueno, son todos góticos, son todos dark’”, dice Coleman sobre una categorización que define como “una manera de ahorrarle tiempo al disquero para ordenar las bateas”.
La necesidad de renegar de ese rótulo se volcó en el arte de tapa: si el negro era la norma, el disco sobresalía por oposición, con una foto desenfocada de la banda en un azul intenso con un marco blanco. “Con el tiempo me relajé porque obviamente éramos más oscuros que ninguno, en realidad, pero la identificación estética tan superficial a mí no me cerraba”, reconoce Coleman 40 años después.
El esfuerzo que demandó la creación de Consumación o consumo se terminó llevando puesta a su segunda formación (Coleman prefiere el término “se disipó la energía”), y obligó a Coleman y Palacios a convocar un nuevo elenco para seguir su historia, que concluyó en 1989 después de la grabación de su segundo disco, premonitoriamente titulado Para terminar.
Aunque la nostalgia está lejos de ser el estandarte de su carrera, Coleman parece tener un vínculo más que especial con ese primer disco. “Escucho algunos temas de vez en cuando para chequear arreglos, especialmente si tengo que versionar algo y algunos temas me gusta mucho más escucharlos que otros. Tiene un audio muy particular, para nada ochentoso, con una cantidad de elementos experimentales que lo sacan del momento de la época. Lo mismo las canciones, de alguna manera son medio atemporales”, dice.
Como en un acto de justicia a su pasado, en su último disco, El (in) correcto uso de la metáfora, Coleman incluyó “Entre sábanas”, una de las canciones del debut de Fricción, y lejos de desentonar, su presencia cuaja con el presente de su búsqueda artística, una dinámica que se repite en sus conciertos. “Cuando hago esas versiones, se pliegan inmediatamente al resto del repertorio, no hay necesariamente una referencia al pasado. Consumación o consumo se sostiene como un disco que tiene 40 años y es un experimento y es el principio de algo, un punto de partida”.
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