
Romeo y Julieta, tragedia de un amor adolescente
Hoy lo leemos en los diarios. Con caras distintas, ambientes villeros o barrios cerrados. En Brasil, Francia, Africa, Australia donde fuere, en el lugar más inesperado del planeta, dos adolescentes se suicidan abrumados por la tristeza, la incomprensión y la intolerancia. Sentimientos conocidos, que nos tocan una y otra vez: todos tuvimos dolores de amor, en la adolescencia y mucho más allá, a veces inmensos. El tema es eterno, y en la historia de la literatura lleva siglos, como que los remotos manantiales de una tragedia similar a la de aquéllos ascienden al relato griego Anthia y Abrocomas de Jenofonte de Efeso, en el siglo II. A esa trama la recogió, arregló y amplió Masuccio de Salerna, que en 1476 ubica una historia parecida en Siena, hasta que, 50 años después, Luigi da Porto sitúa su narración de los amantes desdichados en Verona, pero ahora recogiendo un episodio, histórico según nos dice, que habría estado en boca de todos. Los personajes ya llevaban el nombre de Romeo y Julieta. Matteo Bandello, inspirándose en Porto, recogió el tema para una colección que, traducida a distintos idiomas, llega a conocimiento de Shakespeare. Lo demás es terreno conocido.
La ópera temprana, la italiana de los siglos XVII y XVIII, no reparó en los amantes de Verona. Esa historia perturbadora, que se ubica en 1303, se apoyaba además en la existencia real del balcón en el que sostuvieron el divino coloquio Julieta Capuleto y Romeo Montesco, y en el sarcófago de mármol rosa donde se dice que estuvieron sepultados los amantes.
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Pero es que el melodrama de los siglos XVII y XVIII se interesó fundamentalmente por los mitos griegos o por los grandes héroes de la historia y no por los hechos de la realidad cotidiana. Al fin y al cabo, las luchas de partidos, de facciones, de sectas y bandos, dominados por familias más o menos nobles, formaban parte del paisaje cotidiano dentro de las murallas de las ciudades de la Italia medieval y renacentista. Pequeños o grandes conflictos domésticos encendían la mecha que llevaba, por el juego de las alianzas y venganzas, a que todo el burgo o la ciudad se convirtiera en un baño de sangre. La tragedia de dos adolescentes que pretendieron violar la fidelidad ciega exigida por el código del honor familiar no era un motivo prestigioso para la ópera en sus dos primeros siglos de vida.
Tenía que llegar el Romanticismo, y con él la revitalización de Shakespeare, ídolo de las juventudes rebeldes e iconoclastas, para que literatura y música encontraran en sus dramas profundamente sabios y armoniosos sus más apasionantes fuentes de inspiración. La visión profunda y comprehensiva de los conflictos y emociones de la naturaleza humana, que fue la gran herencia dejada por Shakespeare, se convertía ahora en la fuente generosa del arte occidental. Luego, Victor Hugo mediante, Shakespeare ganaba desde 1822 el corazón del París romántico.
Y en esa oleada llegó este milagro de inspiración, de juventud, de genialidad incomparable que es su Romeo y Julieta , para sacudir en 1867 la inspiración de Charles Gounod.
Juventus Lyrica inicia ahora, a partir de mañana, su temporada de ópera en el teatro Avenida precisamente con Romeo y Julieta . Una buena oportunidad para los aficionados de volver a vivir, cada vez de otra manera, según pasan los años y las durezas del mundo, este drama social sobre la intolerancia y la incomprensión.




