
Sara Mamaní, entre el canto y la investigación del folklore
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"Desde los doce años cantaba en Salta -empieza su relato Sara Mamaní, la compositora, guitarrista, charanguista y cantante salteña-. Allí armé algunos grupos. En esos tiempos conocía a la Negra Chagra. Entonces se cultivaban, desde fines de los 70, obras del Cuchi Leguizamón y del folklore latinoamericano que difundían Anacrusa, Cecilia Todd, Soledad Bravo, Los Olimareños, los Inti Illimani, con piano, flauta, bajo, guitarra, trompeta; instrumentación insólita para este repertorio. Creo que nuestra vecindad con Bolivia y Chile y los contactos con Perú y Colombia influyeron en todo esto. Además, los festivales latinoamericanos de folklore, en Salta, nos marcaron mucho, sin contar con el sello con que nos marcaron creadores como Nicomedes Santa Cruz, Viglietti, Zitarrosa y hasta Atahualpa Yupanqui."
Sara Mamaní estudió y se recibió de profesora de filosofía en Salta. Obtuvo una beca y se consagró a la investigación del arte de los pueblos indígenas de la prepuna. Cuando terminó su carrera decidió venir a Buenos Aires. Ocurrió en 1984.
-Al radicarme aquí me fue muy difícil acostumbrarme al modo de ser porteño y afincarme con el arte que cultivamos. Yo, que había hecho música y letras para títeres en el Pequeño Teatro Negro de Salta... Entonces empecé a estudiar canto y expresión corporal, encaminados a la música popular, con Iris Guiñazú. En ese momento, año 1991, se crea y se afianza el grupo de folklore Allaqui, que permanecerá hasta 1999. Fue una etapa de búsquedas de otras formas de expresión, hasta llegar a hoy. Allaqui se basó fundamentalmente en mis canciones, con ritmos de huayno, carnavalitos, gatos y chacareras.
- Proliferación de ritmos...
-En general, aunque prefiera el huayno y recale en la zamba, compongo en todos los ritmos. Creo que con Allaqui logré un estilo personal, con instrumentos como la guitarra, el charango, el bandoneón, la percusión y la voz. Busco un ensamble entre instrumentos y voz por partes iguales, y por otro lado un equilibrio entre las raíces y la modernidad. Por suerte, tengo raíces bien afianzadas y quiero expresarlas y enriquecerlas con nuevas formas. Diría que es como una tensión entre Don Ata y el Cuchi; Yupanqui, por la sencillez y profundidad reunidas, y Leguizamón, por ese bagaje vanguardista que plasmó una síntesis. Lo interesante es hacer simple lo complicado, y no al revés.
- ¿Trascendió algún tema?
-Sí: "Pollerita de colores" un carnavalito que dediqué a las mujeres del pueblo de Iruya, al reflejar el sufrimiento de la gente. Y el instrumental "Carnavalito del mercado", pensando en frutas y comidas propios del lugar.
-Sin paisajismos...
-Claro. Mis temas son más bien líricos. Antes que describir el paisaje, decir algo. Hablar, por ejemplo, del carnaval como una religión, donde en un momento se deja todo de lado, se interrumpen los quehaceres cotidianos para volcarse en esos días a la alegría y al canto, a la celebración de la creencia en la Pachamama; el entierro del diablito -símbolo de la picardía, la sexualidad, el desborde- hasta el próximo año después haber visitado varias casas donde lo estuvieron esperando. Estas fiestas tienen sus códigos, su duración, su final. Pero nada que ver con el carnaval de Corrientes o de Brasil.
- Vos tocás charango y guitarra...
-Desde que tuve doce años. Pero compongo con la guitarra. Algunas se conocen por ahí, como "Sin ningún color" y el huayno "Qué ha de ser, madre".Y creo que estas canciones podrían divulgarse masivamente, como las que canta Mercedes Sosa.
- ¿Qué lugar ocupa la investigación en tu vida?
-La comparto con la composición. Me he consagrado al estudio del folklore. Me interesa la problemática humana. No en vano soy la secretaria del Servicio de Paz y Justicia, presidido por Pérez Esquivel. Entre otras cosas apoyamos la defensa de los indígenas, aquí y en el mundo. Si todo esto no queda reflejado en mis canciones, lo está en mis actos. En mi interior se juntan ambas. Pero no me dedico a canciones de protesta. Amo mucho esto que hago con sentimiento, razón y dignidad. Una es un eslabón de una cadena. Cada cual aporta lo que sabe, sin olvidar las enseñanzas de los maestros. En este sentido, yo tuve la suerte de convivir con el Cuchi Leguizamón desde los 15 años. Fui su alumna de canto y de música. El siempre nos hacía escuchar todo tipo de música, pero no la suya. De la suya no hablaba. Sí filosofaba sobre la de otros compositores. Y sus clases estaban llenas de anécdotas y de ingenio. Con algunos amigos nos juntábamos en charlas informales, pero llenas de profundidad y sabiduría popular. Cuchi fue un agudo crítico de la sociedad, de su entorno, y hasta de sí mismo. Todo a su lado fue un aprendizaje. Yo fui testigo del nacimiento del Dúo Salteño. Los he visto cantar infinidad de veces. Ese ha sido otro tesoro: un enriquecimiento maravilloso. En relación con esto, quiero que se sepa que estamos impulsando una página web sobre Leguizamón. Tengo mucho material acumulado a lo largo de mi vida. Para mí fue natural guardar cosas de él.
Sara Mamaní (charango y guitarra) se presentará hoy, a las 21.30, tras actuar en el Centro Cultural Sur, junto a su grupo: la Negra Chagra en canto, Débora Barbuto en piano, Irene Cadario en violín, y Ana Poggioli en percusión, a las 21.30, en el local Templum, de Ayacucho 318. Interpretará obras propias y del cancionero popular argentino.



