
Una cantata en Villa Ocampo
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Versión teatralizada de la cantata O numi eterni, o Lucrezia , de Gerog Fridrich Händel (Sajonia 1865-1759). Intérpretes: Adriana Mastrángelo (mezzosoprano), María Jesús Olondri (violonchelo) y Jorge Lavista (clave). Régie: Horacio Pigozzi. Ciclo Siete Noches, organizado por la Asociación Amigos de Villa Ocampo.
Nuestra opinión: muy bueno
Como bien explicó en el programa impreso Horacio Pigozzi, la cantata de Händel presenta a Lucrecia en el momento previo al suicidio y en las cuatro partes en que está subdividida la partitura se exponen los diferentes estados anímicos por los que atraviesa esta mujer, víctima de una violación.
En efecto, el autor escribe una cantata inspirado en la historia de la noble romana que, violada por Tarquino Sexto, hijo del rey Tarquino el Soberbio, séptimo y último rey de Roma de 534 a 509 a.C., se mata en público con un puñal, a los efectos de no sobrevivir a la deshonra, provocando con el escándalo la revolución que destronó a su padre. Pero además se sumó el poema de Shakespeare sobre la tragedia, que, intercalado entre los silencios de la música, ahondó aún más el dolor, la ira y la determinación de la noble protagonista.
Y en un ámbito íntimo la versión ofrecida por la consagrada mezzosoprano Adriana Mastrángelo surgió con toda su grandeza, tanto en las partes expresadas en palabras como en los recitativos y arias del noble y evolucionado estilo del barroco italiano, tan predominante en la inconmensurable obra vocal del creador. Con el acertado apoyo de la violonchelista María Jesús Olondri y de Jorge Lavista en el clave, la versión ofrecida alcanzó muy buen nivel musical, al que se sumó la inteligente contribución de Horacio Pigozzi, cuyas pinceladas de teatro fueron resueltas con aplomada y sugerente actuación por la artista, doblemente exigida por una actuación en un pequeño espacio y con el público prácticamente en su entorno.
Pero esa intimidad provocó una inmediata captación y comprensión del drama en medio de un profundo silencio y quietud, con lo cual el desarrollo de la cantata y de las partes recitadas -fue muy expresiva y clara la declamación de Mastrángelo, además de refinada en las partes cantadas- pasó fugaz, dejando la sensación de que podría haberse sumado alguna otra obra, acaso una pequeña joya instrumental del mismo creador.
Desde el punto de vista estilístico musical los tres intérpretes dieron muestras de haber desarrollado un muy buen trabajo de preparación, aspecto que se hizo audible en razón de la justeza rítmica y en la limpieza con que Mastrángelo resolvió los pasajes de agilidad, donde no faltan los adornos típicos del estilo barroco. Del mismo modo, su voz se escuchó bien emitida en el canto y con potencia y buena articulación en las partes recitadas a las que le sumo una muy acertada variedad de matices y expresiones, tanto en la faz sonora como en la teatralidad de la expresión, miradas y gestos.
Cosa curiosa y hasta original. Los últimos instantes de la composición están dedicados a un recitativo sumamente expresivo que concluye con el suicidio. Sin embargo, la ausencia de una gran aria final, casi se diría naturalmente esperada desde el punto de vista auditivo, provocó un largo silencio antes de que se asimilara que todo había terminado. Entonces sí estalló el lógico y bien merecido calor de la distinguida concurrencia, que no sólo disfrutó de una noche de buena música, sino también de la atmósfera de una casa de la que emana la historia de la vida cultural de nuestro país y que vale la pena visitar.


