Vanoni: la memoria del corazón
La extraordinaria Ornella está de regreso con "...e poi la tua bocca da bacciare"
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Quizá porque sentimos que hemos estado corriendo demasiado nos viene ahora esta voluntad de recuperar aquellas canciones que nos hacían enamorar, o las que les pusieron música a nuestras rupturas y nuestras despedidas, dijo más o menos Ornella Vanoni cuando, meses atrás, presentó "Un panino, una birra e poi...". Conociéndola, sabiendo de su sinceridad a ultranza, hecha -como ha escrito Dacia Maraini- "del respeto por la realidad y de una mirada crítica y sarcástica sobre las cosas del mundo", no había por qué sospechar cualquier ánimo de nostalgia. Más bien, al encarar este proyecto prevaleció su invariable ironía -"grabar algo nuevo no tiene sentido si no se está en condiciones de hacer algo extraordinario", exageró-, tanto como la convicción de que sería un gesto de generosidad hacia el público más joven descubrirle la belleza de canciones como "Arrivederci" o "Nessuno al mondo", cuya frescura ha resistido el paso de los años.
La intuición no le falló. Los críticos la aplaudieron, al ejército de sus fans se sumaron varias columnas juveniles y el proyecto se prolongó en una segunda parte, con nueva casa grabadora (Sony), que en estos días la tiene de gira por toda Italia. El flamante CD no podía llamarse sino "...e poi la tua bocca da bacciare", es decir, la continuación del verso de "Vendo casa" (Mogol y Lucio Battisti), elegido como título del registro anterior. Y la propuesta, obviamente, por supuesto, es la misma en los dos: darles nuevo oxígeno (cuestión de ánimo y de sensibilidad interpretativa más que de guiños "contemporáneos" en la instrumentación) a canciones que representan parte de la mejor tradición de la llamada música ligera italiana y que abarcan desde "Io che amo solo te", de Sergio Endrigo, o "Sassi", de Gino Paoli, hasta algunos éxitos de conjuntos italianos de los 60 y 70 como Matia Bazar, Equipe 84 o Dik Dik.
Diez años de ausencia
Hace una década que Ornella estuvo por última vez en un escenario de Buenos Aires. Desde que lo sedujo con su presencia escénica, su desenvoltura interpretativa y su voz de cautivante timbre cantando la inolvidable "Roma, nun fa la stupida stasera", de "Rugantino", el público argentino la tuvo entre sus preferidas. Volvió muchas veces desde entonces e impuso decenas de títulos que quedaron para siempre asociados a su voz, desde los clásicos de Gino Paoli -"Senza fine", "Che cosa c´e"- hasta algunos en cuya composición ella misma participó - "Una ragione di pi", "Musica musica", "Vai Valentina"-, sin olvidar, claro, las versiones de algunas piezas francesas como "Albergo a ore" (Marguerite Monnot) y las célebres "canzoni della mala vita" con las que Giorgio Strehler le dio el espaldarazo definitivo en el Piccolo Teatro de Milán.
Ornella, se sabe, fue primero actriz y se formó precisamente en la Academia de Arte Dramático del Piccolo de la ciudad en que nació hace 67 años. "No me explicaba al principio por qué estaba ahí si no tenía ninguna vocación -ha escrito-, pero todos decían que tenía una voz extraordinaria y deben de haberme convencido de tal modo que ésa se convirtió en mi única certeza." También ha conjeturado que seguramente prefirió la música "para poder volar, para ser libre, para tener una compañía". No le ha ido mal: San Remo está a punto de reconocerlo dándole este año el premio que distingue las trayectorias más brillantes.
Aparece en escena en estos días (mañana estará en Nápoles), enfundada en vestidos adherentes, rojos o negros, que destacan tanto la esbeltez de su figura como su elegancia invariable. Alterna los temas de sus dos últimos CD con algunos de sus clásicos, cita a Emily Dickinson o a Shakespeare y ofrece ejemplos personales cuando dice que ha elegido la música que solía ponerle fondo al amor tanto en la jubilosa hora del nacimiento como en el vacío del adiós: "Arrivederci" -confiesa, por ejemplo- fue la melodía de su separación de Strehler, y "Nessuno al mondo" sonaba cuando sobrevino la ruptura con Gino Paoli.
Bajo la elegancia del estilo está, como puede apreciarse oyéndola cantar las veinticinco piezas que conforman el programa de los dos álbumes, la vivencia personal, la convicción que revela el entrañable compromiso emotivo. Ornella nunca dejó de ser una actriz -y de las buenas-, de manera que puede elaborar cada canción como si fuera un pequeño esbozo dramático, una escena sentimental o lírica, un paso de comedia y hasta un cuadro francamente cómico, como cuando contaba la curiosa peripecia de "Vilma del Prá", sobre la pieza de John Kander y Fred Ebb que Liza Minnelli había hecho conocer como "Ring them bells".
Compensación grabada
Estamos -crisis mediante- lejos de poder imaginarla otra vez en algún escenario local. De modo que nos queda, por lo menos por ahora, esta bienvenida compensación grabada. En "Un panino, una birra e poi...." y en "...e poi la tua bocca da bacciare", brilla otra vez la intérprete que sabe equilibrar la intención, que puede ser sensual sin tropezar en la vulgaridad y tierna sin caer en la sensiblería y que tiene la sabiduría suficiente como para saber hacia qué lado inclinarse cuando la canción la obliga a elegir entre el exhibicionismo vocal y la expresividad.
Los dos programas son de un atractivo bastante parejo y carecen de altibajos notorios, excepción hecha del olvidable "Respirando", aunque parecería injusto no destacar algunas versiones notables como las de "Dio é morto" (con Francesco Guccini, su autor), "Vendo casa" o "A canzuncella", del primer registro, y las de "Arrivederci", "Sassi" o "Io che amo solo te", del segundo.
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