
“No hay que creérsela”
A boca de jarro: Diego Gutiérrez
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Hacer una diferencia. Tocar ese pequeño corazón, que se gestó débil. Salir de un quirófano, con el júbilo que significa devolverle la razón de la existencia a un padre; la vida a un hijo. Jamás creérsela, aunque "te besen las manos". A los 58 años, Diego Gutiérrez es el jefe de la División Pediatría y Cirugía Cardiovascular Infantil de la Fundación Favaloro. Un notable cirujano en ese arte de "plomería, bastante artesanal" que son las cardiopatías congénitas.
Dos años en Sudáfrica, el montaje completo de los servicios de su especialidad en los hospitales Garraham y de Niños de La Plata, y de la Fundación Favaloro, no atenuaron esa impronta campechana, evidente desde su llegada a una pensión de la Capital a los 17 años. Por entonces, para ir a la facultad "extendía el brazo y paraba al subte", evoca con una carcajada Gutiérrez en su casa en Vicente López, horas antes de emprender viaje hacia su Chivilcoy natal. Y de montar al alba ese caballo brioso que insiste en desafiar su pericia como jinete.
Casado con la imaginóloga Silvia Moguillansky, jefa de ese servicio del hospital Garraham, la tradición médica familiar ha rozado sólo de manera indirecta a una de sus hijas mellizas: una es veterinaria; la otra, ingeniera agrónoma.
Varios cafés de por medio para conocer una vida fascinante por la simpleza; una labor tan silenciosa como trascendente para toda la sociedad.
-¿Heredó la vocación?
-Mi padre, que hoy tiene 94 años, me transmitió más el amor por los animales que por la medicina, aunque la mitad de Chivilcoy lleve su nombre como homenaje al médico sabio y dedicado que fue. Me acerqué a la profesión más por su sentido humanístico y porque la veía poco comprometida con intereses innobles que por otra cosa. Mi especialización, por ejemplo, fue un hecho fortuito. Tenía la seguridad de que jamás sería pediatra. Me parecía dificilísimo intentar comunicarme con los chicos. Pero un día mi suegro, también médico, trajo a un chiquito con un problema de corazón al servicio de cirugía cardiovascular del Hospital de Niños, que recién se inauguraba. Yo no tenía la menor idea de que las cardiopatías congénitas en chicos se operaban a ese nivel. Me pareció mágico. Además, quedé obnubilado al ver ese servicio ultramoderno, pulcro, organizado, donde me parecía que se hacían cosas cardinales. Y se hacían bien. Entré entonces como residente, con dudas sobre cómo iba a encajar allí ante los que habían sido mis reparos hacia la pediatría.
-¿En qué es sabio su padre?
-Es alguien que transmite las cosas de manera muy simple, muy paisana. Es casi indestructible, porque para él todo tiene una explicación, y buena. Creo que hay que buscar siempre eso: encontrar alegría y el lado bueno en lo que uno hace. Yo me he acomodado a todo lo que me ha ido pasando porque me prepararon para enfrentar las dificultades con una sonrisa. Soy un tipo no sé si feliz, pero sí alegre, una cosa muy del interior, que siempre me ha facilitado todo.
-Después de 32 años de profesión, ¿cómo se relaciona con la muerte?
-En principio, es terrible. Cada vez me afecta más. Perder un chico es una historia tan al revés de la vida que nunca puede ser una situación natural. Lo que sucede es que las tristezas son tremendas, pero las satisfacciones, únicas. La idea de equipo es clave. El logro siempre es de todos y el fracaso, también. Eso alivia mucho y frena el ego que uno puede tener, de por sí considerable en los cirujanos.
-¿Hay mucha soberbia?
-Pasa seguido y es terrible. El corazón, ni para nosotros que lo conocemos de adentro, deja de ser un órgano rodeado de todo: de poesía, de amor, de inicio y de final. Operarse del corazón implica siempre algo más. Y si es de un chico, más aún. Entonces, es muy fácil que el agradecimiento de los padres sea desmedido. Al punto de besarle las manos. Eso es muy difícil de manejar. Lo convierte a uno en un tipo medio sobrenatural, que es lo que no hay que ser. Los que hacemos esto no podemos ser ni pusilánimes ni soberbios. Pero es difícil repartir la carga.
-¿Cuál fue la forma de agradecimiento que más lo conmovió?
-Me han llegado a regalar una tira de asado... No se puede hacer medicina nada más que para algunos. En los lugares donde yo he estado siempre pude atender a todos, lo que lo hace mucho más estimulante. Porque uno se termina de formar como médico, pero también como tipo. Le cuento una anécdota: cuando armamos el servicio en el Hospital de Niños de La Plata, reproduciendo el modelo del de Buenos Aires, operamos a una chica de 8 años con una cardiopatía severa. Tuvo un posoperatorio muy complicado y, a pesar del esfuerzo, a los 10 días falleció. En esos días, convivimos mucho con los padres, gente muy humilde. Ella, más comunicativa; él, de hablar muy poco, pero de demostrar mucho: apretar la mano fuerte, con intención. Lo lógico es que después de ese final uno nunca más vea a los padres. Pero al mes pidieron turno en el consultorio y como a veces pueden quedar dudas, nuestro planteo es que siempre estamos dispuestos a charlar y discutir el caso. Bueno, pero no vinieron con preguntas; nos vinieron a agradecer. Y el padre, que casi no hablaba, al despedirse me dice: Mire, doctor, yo sólo le quería decir que para mí sería un orgullo ser su amigo.
-¿Y qué le contestó?
-Nada. Me puse a llorar... Es que soy totalmente emotivo, pero no sensiblero. El valor más grande que uno tiene es lo que lo rodea. Mi vida es ser amigo; me gusta que me quieran. Cuando se trabaja con chicos pueden faltar muchas cosas, pero nunca la dulzura y ternura del equipo.
-Ese mismo humanismo pregonaba Favaloro, ¿qué trato tuvo con él?
-Era muy amigo de mi suegro. Cuando recién comenzaba, le pidió que me aconsejara. Favaloro me llamó y me dijo: Andate un tiempo afuera. No para aprender una técnica que me estaba vedada aquí, sino para tener una formación más integral; saber luego qué se podía hacer acá. Después, fue él quien me llamó para armar el servicio en su Fundación. No llegamos a ser amigos. Pero hemos compartido alguna salida de pesca en el Sur, las charlas de fútbol. Era un hombre muy simple y vehemente en sus gustos.
-¿Siente su ausencia?
-Totalmente. Con él todo era más fácil. Su presencia hacía la diferencia; fortalecía al personal, a los pacientes, a todos. También tenía sus rabietas; sus retos eran bien enérgicos, como buen tano. Yo hubiera deseado que la Fundación hubiera sido el proyecto de un Estado, no la decisión de un solo hombre, al que, por supuesto, los que trabajamos allí le debemos todo. Pero su muerte para mí fue una trompada. Una mezcla de tristeza y bronca. Uno se enoja con él. Ese final es un mal mensaje. Es demasiado contradictoria la elección de la muerte en alguien que luchó tanto para salvar vidas.




