
Olga Guillot, el bolero dramático y visceral
Recital de Olga Guillot, con Juan Cruz de Urquiza y Richard Nant (trompetas), Daniel Kovacich, Oscar Tisera y Víctor Scorupski (saxos), Marcelo Ferreyra (trombón), Juan Esteban Cuacci (bajo), Luis Reales (teclados), José Luis Colzani (batería), bongoes de Facundo Guevara y Fernando Yeye López y arreglos y dirección musical del pianista Eugenio Delaosa. Presenta: Antonio Gasalla. Teatro Opera. Nuestra opinión: bueno.
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Olga Guillot no es Luis Miguel. Y éste no podría llegar a ser Guillot. Verdad de Perogrullo. Pero aserto que se hace visible en un teatro ocupado tan sólo en un 60 por ciento, con muchísimos invitados de la farándula.
Olga y Luismi cantan boleros, Olga, consagrada por entero a ellos desde hace 60 años, Luismi devenido cantor de boleros a su modo desde hace apenas un lustro, tras una intensa historia de baladista.
Mientras Luismi convoca multitudes de chicas delirantes (y unos cuantos teenagers) que conocieron, de pronto, las mieles del bolero, Olga reúne en torno de ella a una generación de gente mayor que recuerda, con su canto, aquellos viejos tiempos de los idilios secretos y platónicos.
Lo curioso, en este teatro Opera, es que esa porción diezmada de veteranos fanáticos del bolero hace bastante cáscara como para remedar a las ruidosas huestes de Luismi. No lo hacen espontáneamente. La bastonera es la propia Olga, que despierta y sacude el fervor de sus fieles seguidores exigiéndoles imperiosamente cantar y batir palmas.
Para hacer juego con la flor violácea de los jacarandaes que embellecen Buenos Aires, Olga se ha puesto un vaporoso y fulgurante traje púrpura. Y así vestida recorrerá palmo a palmo el amplio escenario que le dejaron los doce instrumentistas.
Extrovertida, desorbitada, ampulosa, ocurrente, Olga ofrece su pantagruélico festín bolerístico con ese intransferible estilo de diseuse , con sus exaltaciones, sus rabias, sus desesperaciones, sus enternecimientos, sus embriagueses. Con singular desparpajo Olga trepa en osadías de su fatigada garganta hacia el frenesí del amor prohibido y del no correspondido.
Su dominio escénico es irreprochable. Sabe conjugar gestos y desplazamientos como parte de un don histriónico polifacético y un tanto estrafalario, que resulta algo así como una rara mezcla de Goyeneche, Sandro, grupo Caviar, cantante andaluz y Federico Klemm, conjunción optativa según qué tema cante.
Pura gracia
Pero aquello que en un cantante argentino puede lucir ridículo, en ella es todo gracia, simpatía natural y comunicativa desenvoltura, ya sea que cante envuelta en una retahíla de gesticulaciones o que desenrolle interminables parrafadas hablando de su vida y milagros.
Con "Miénteme", el bolero que la internacionalizó, la Reina del Bolero ya se ha puesto a todos en el bolsillo. Todos lo han cantado, como entonarán con ella "Piel canela" o la seguirán en "Qué sabes tú" y "Adoro".
En los fraseos de Olga caben todos los abruptos silencios imaginables, las notas agudas que penden de un hilo, los gruesos gruñidos, los sollozos espasmódicos. El bolero le está pidiendo fragores y melodramas. Y también transiciones repentinas hacia la alegría del ritmo tropical, a la que se entrega con intensa fruición.
Así llegan, viscerales, "Esta tarde vi llover", "Contigo en la distancia", "Vereda tropical", "Vete de mí" y esa pionera de la canción erótica "Me muero... me muero", a la que agregará un popurrí de sones en el que caben el tango "Caminito", "Palo palo", "El jibarito", "Pollera colorá"...
A una artista de tanta versatilidad le son perdonables todos los excesos. Es que están unidos, en Olga Guillot, a una autenticidad emotiva que termina por atrapar voluntades.




