Peripecia escénica con recuerdos

Alberto Catena
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14 de octubre de 2014  

Alma teatral / Dramaturgia y actuación: Gabriela Izcovich / Dirección: Ana y Gabriela Izcovich / Luces: Ricardo Sica / Música: Lucas Fridman / Asistencia de dirección: Marco Riccolene / Sala: La Carbonera, Balcarce 998 / Funciones: viernes, a las 21 / Duración: 60 minutos / Nuestra opinión: buena.

Los recuerdos son como puentes de oro impalpable que nos llevan hacia el pasado de nuestras vidas. Impalpable, pero no invisible porque su materia son las imágenes de de lo que nos sucedió en otros días, de lo que fuimos en las espaldas del presente y de lo que somos, porque sin ellos nuestra identidad sería la incertidumbre de un vacío ligado sólo a lo instantáneo, a lo que se desvanece segundo a segundo sin dejar huella. Los recuerdos son además, unidos a la imaginación, el légamo con el que se construyen las ficciones, ese objeto final al que conducen las travesías de la asociación mental libre o de la fantasía. Ese poder transformador de la creatividad, partiendo de hechos de la realidad vivida o conocida, a veces los refleja en parte y en otras ocasiones los convierte en figuraciones o fábulas totalmente extrañas a su fuente.

¿Qué haría el teatro, y el arte en general, sin los recuerdos y la imaginación? Alma teatral, el espectáculo unipersonal escrito y actuado por Gabriela Izcovich, utiliza con genuina calidad ambos instrumentos y organiza con ellos un viaje placentero en dirección a una peripecia escénica llena de calidez y poder empático. Difícilmente un espectador no pueda sentirse identificado con las evocaciones de Lía, una actriz que dejó el teatro hace más de veinte años y hoy utiliza el patio de su casa como lugar de reunión de un público pequeño al que le habla de sus odiseas existenciales.

Acostumbrados a apreciarla en sus muy buenos trabajos de dirección y dramaturgia ( Nocturno hindú, Aráoz y la verdad, Más liviano que el aire, El último encuentro, Música del azar, por citar solo algunos en una lista mucho más nutrida) hacía un tiempo que Gabriela Izcovich intervenía menos como actriz. Alma teatral le da la oportunidad, dentro de una labor que la incluye también en la escritura, de elaborar esta breve y entrañable pieza de cámara y volver a lucir allí su calidad de intérprete. Lo primero que la protagonista de este relato cuenta a sus interlocutores son los aspectos de su vínculo afectivo con un hombre de apellido Alma que, además del padre de sus hijos, fue su gran amor. El ya no está, pero su fantasma pertinaz se niega a retirarse, vuelve en sus remembranzas, sobre todo en la que alude a aquel viaje a Villa Sofía donde sus vidas se unieron para siempre en un paisaje inolvidable de mar y montañas.

Hay otras alternativas en la narración, sobre todo las relativas a su trayectoria como actriz y en especial el sentimiento doloroso que la mujer siente por un crítico que alguna vez la hirió con su comentario descalificador. Algunas de sus experiencias teatrales son proyectadas por medio de un video y corresponden a algunas de las obras o personajes que intervinieron el la carrera de Izcovich, lo que no deja de ser un homenaje a los seres que quiso o admiró en sus incursiones escénicas. Estos itinerarios nos devuelven a Gabriela como la actriz de finos y nobles recursos comunicativos que siempre le conocimos, sin olvidar su presencia eficaz en la dirección de la obra, en este caso compartida con su hermana Ana. Un espectáculo para regocijar el corazón.

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