
Luisana Lopilato: de su transformación en Pepita, la pistolera y sus inseguridades a la etapa para la que no está preparada
En diálogo con LA NACION, la actriz habló del arduo proceso detrás de su nueva película; la crianza de sus hijos Noah, Elías, Vida y Cielo y qué la sigue enamorando de su marido
Es una semana intensa para Luisana Lopilato (39), pero de un calibre que ella está acostumbrada a manejar desde chica. De visita en la Argentina por una semana, la actriz —y flamante productora— vino a presentar Pepita, la pistolera, la película con dirección de Lucía Puenzo con la que empezó a soñar en 2020 y este jueves llega a las salas de todo el país. Entre largas jornadas de entrevistas y la avant premiére que se realizó el lunes (a la que acudió junto a su marido, Michael Bublé), Lopilato tiene en su agenda un día de rodaje para El sobrino, el film de Damián Szifron protagonizado por Leonardo Sbaraglia, y muchos, pero muchos planes que van desde comidas y encuentros con familiares y amigos hasta partidos de pádel; sumado a las actividades de sus cuatro hijos, Noah, Elías, Vida y Cielo, que siempre la acompañan en cada uno de sus viajes.
—¿Qué significa esta película en tu carrera? Vos la buscaste y empujaste el proyecto como actriz y como productora.
—Sí, creo que cada proyecto que estoy eligiendo o que decido hacer es un pasito más en mi carrera como actriz y ahora como productora, y llegó en un momento en que estaba con ganas de hacer otras cosas, con ganas de volver a sentir miedo, de estar en el set y jugar y probar. La historia de Pepita, la pistolera la busqué por todos lados para saber quién tenía los derechos, hasta que llegué a Lucas Jinkis, que es el productor de Zeppelin. Me acuerdo de que lo llamé, hicimos un Zoom y le dije que quería hacer la película como sea. Él me preguntó qué rol quería tener en la película y yo le dije: “Todo. Quiero actuarla, quiero producirla, quiero hacerla, quiero crearla”, y me dio el ok. Ahí empezó una lista de llamadas y encuentros. Me acuerdo de que armé un PDF de cómo quería hacer todo y qué quería que pasara en la película. Yo quería contar esa noche en la que entraron a su casa [y Margarita Di Tullio se convirtió en Pepita, la pistolera].
—¿Cómo llegaste a Lucía Puenzo?
—Al momento de elegir a la directora, para mí era muy importante que fuera una mujer y siempre sonaba el nombre de Lucía Puenzo por diferentes amigos en común. Nunca había trabajado con ella; había visto sus películas y siempre me gustó ese suspenso que ella logra. Pensaba que quizás estaba ocupada, porque es difícil trabajar con un buen director, pero cuando se lo conté, enseguida me dijo: “Me encanta, hace bastante que quiero buscar un proyecto para trabajar juntas, así que vamos para adelante”.
—¿Qué tenía la historia de Margarita Di Tullio que te atraía tanto?
—¿Por qué Pepita, la pistolera? Porque detrás del mito hay una mujer, una mujer que tiene sufrimientos, alegrías, que es muy vulnerable, que dentro de su contexto y de sus herramientas hizo lo que hizo, que tomó las decisiones que tomó. Había muchas cosas, muchas teclas para poder contar su vida y la elección de Lucía Puenzo de qué contar y cómo contarlo fue muy acertada. No hacer una biopic de 10 años sino un pedacito de la vida de esta mujer, que tratamos de no romantizarla porque no hay que olvidarse de que fue una criminal. No se romantiza, la película no justifica ni condena sino acompaña la vida de esta mujer en sus 9 meses de embarazo y todo lo que eso conlleva.

—¿Cómo pensaron evitar caer en la romantización de un personaje tan complejo?
—Tenía un montón de contradicciones y siempre hay una línea delgada de qué decisión tomar para no caer en esto de romantizar la película o de decir que está bien o está mal lo que hizo. Ayudaron muchísimo las ideas que Lucía trajo al proyecto y la idea de poder llamar a trabajadores sexuales de verdad para que estén en la película y entender qué decir y qué no. Me fascinó el poder y la fuerza que tenía esta mujer en esa época de los 80 en Mar del Plata [la historia transcurre “en el invierno brutal” de 1985], un mundo comandado por hombres, donde casi no existía la palabra de la mujer. Y siempre me llamó la atención que, así y todo, ella lo logró, sacó fuerzas de donde pudo y los pasó a los tipos. Si es difícil ahora, imaginate en ese momento. Ella defendía los derechos de las trabajadoras sexuales, les armó un refugio para que pudieran trabajar tranquilas y organizadas. Y la película habla de la unión de las mujeres, de que cuanto más unidas estamos, más nos protegemos entre nosotras. También toca algunos temas incómodos, pero creo que eso también es parte de lo que hacemos. Nosotros hacemos cine y está bueno poder contar algo que incomode y que abra el diálogo.
“No queríamos hacer una caricatura”
—¿Cómo te preparaste para esta transformación tanto física como actoral?
—Hubo mucho ensayo, casi como si fuera una obra de teatro. Trabajamos con Lucía, con Fran Ure como coach y después yo sola con mi coach [actoral], Sebastián Romero. Cuando llegaron los ensayos, ya estaba empapada un poquito con qué hacer, pero uno tiene que ir con una idea y después dejarse llevar y estar preparada para que la directora haga su trabajo. Para lo físico hicimos pruebas de prótesis de cuerpo, con peluca, sin peluca, con y sin lentes de contacto, y fue difícil decidir porque no queríamos hacer una caricatura, pero tampoco quería que la gente viera a Luisana Lopilato.
—¿Qué eligieron de todas esas opciones estéticas?
—Sin peluca, es mi pelo. Tengo una dentadura [postiza] y en la piel, Alberto Moccia hizo un trabajo como de desgaste. Me hizo venitas y me dibujaba cosas todos los días o me pegaba mini prótesis para arrugarme un poquitito.

—¿Llevaba mucho tiempo todo ese trabajo?
—No, no llevaba mucho tiempo y todo lo viví como una experiencia nueva, pero con muchas ganas. Imaginate que desde 2020 vengo pensando en Pepita, la pistolera. El lunes, cuando fue el preestreno, yo pensaba: “Ya está, se estrenó, listo”. No lo podía creer. A veces se piensa que hacer cine es fácil y hacer cine no es tan fácil. Contar una historia como la que contamos requiere de tiempo, respeto y dedicación.
—¿Tuviste muchos “no” en el camino?
—Muchísimos no: que se hacía, que no se hacía, que no había para financiarla... Ahí fue cuando sacamos la lista y dijimos: “Bueno, ¿quién llama a quién?”, y empezamos a hacer la peli como se hacía antes: ver quién puede financiarla, quién estaría interesado, y los Puenzo ayudaron un montón.
—¿En algún momento creíste que el barco iba a naufragar?
—Sí, en algún momento pensé que no se hacía; tuvo muchas idas y vueltas la película.
—Tu hermana Daniela dijo que es un antes y un después en tu carrera. ¿Sentís lo mismo?
—No sé si es un antes y un después. La última película que hice, que fue Mensaje en una botella, hasta el día de hoy disfruto mucho de verla y me emociono. La disfruté, me gustó el material, la historia; la veo y me pongo a llorar, y ya la vi 10 veces. Pepita, la pistolera también la disfruté, me gustó, pero fueron tantos años de querer hacerla que ahora ya está, es de ustedes.
—¿Hay una búsqueda tuya por este tipo de personajes con más oscuridad?
—No, la búsqueda en esta etapa de mi vida está en el disfrute y cuando hago cosas que disfruto se nota y trabajo duro para que se vea. No quiero hacer proyectos por hacer. A lo mejor hago proyectos que por ahí no le gustan a nadie, pero a mí me encantaron y la pasé bárbaro y eso es lo que a mí me vale.
—¿Cómo te gustaría continuar con esta faceta de productora?
—Estoy con algunos proyectos empezando de cero; hay que acompañarlos, son bebitos. Algunos los tengo medio encaminados, pero van a llevar su tiempo porque están en proceso de escritura; otros ya tienen directores.
—¿Podés adelantar algo de El sobrino, la película de Damián Szifron que estás haciendo con Leo Sbaraglia para Netflix?
—Lo mío es una participación y no puedo decir nada [se ríe], pero estoy muy contenta con la posibilidad de trabajar con Damián.

Las inseguridades del actor
—Te vimos en la première con tu marido, Michael Bublé. ¿Qué te dijo de la película?
—Le encantó y está reemocionado, está muy embalado. Hoy se levantó y me dijo: “¿Ya leíste qué están diciendo de la película? Después me mandó recortes y cosas que ve en internet. Yo todavía no pude ver nada, no pude leer el teléfono más que los mensajes de mis amigos, que me dicen que fueron y que les gustó.
—¿Sos de prestarle atención a las críticas?
—Si es algo constructivo, para cambiar, sí, pero no sé. Trato de que no porque los actores, aunque no quiero generalizar, somos un poco inseguros. Ya de por sí venimos con eso. Y en mi caso creo que por ser rubia y de ojos celestes tuve, quizás, que esforzarme un poco más de lo normal.
—¿Demostrar que podés?
—Sí, pero por ahí tiene que ver con las inseguridades de uno. Quizás vos me ves acá y decís: “Es re segura, habla bárbaro”, pero por ahí yo estoy nerviosa y me duele la panza. Así es la vida, todos somos un poco todo. Como me dijo hoy una amiga: “Todos somos un poco inseguros, un poco locos, un poco infelices”.
Una familia “en bloque”
—Además de viajar con Michael, ¿vinieron tus hijos?
—Sí, siempre nos movemos en bloque. Voy con mis hijos a todos lados y con Mike nos turnamos. A veces me causa gracia porque por ahí el que lo ve desde afuera dice: “No le cuesta nada, que venga, que lo haga”. No, somos padres muy presentes y los dos nos ocupamos mucho de nuestros hijos y nos gusta mucho estar con ellos. No te miento, hay momentos donde hay que hacer malabares, pero los hacemos. Siempre nos miramos y decimos: “¡Lo logramos!”. A veces me cargan con que soy muy organizada; yo ya sé qué va a pasar en 2027 y 2028, qué voy a estar haciendo, dónde voy a estar. Mi marido también trabaja y viaja mucho y los chicos están escolarizados. Para que todo funcione, hay que estar organizados, pero lo disfrutamos, nos acompañamos y es nuestra familia, así que la cuidamos.
—¿Van al colegio presencial?
—Sí, van al colegio presencial y trato de viajar cuando tienen vacaciones, por eso no vivo en la Argentina y vengo solo a trabajar. Cuando acompañamos a Mike de gira, si él se va un mes, nosotros vamos dos semanas y volvemos. Él también organiza su trabajo para que las giras largas sean en junio, julio y agosto, y así nos vamos turnando. Es una negociación de todos los años, pero nos gusta mucho estar juntos con nuestros hijos; son todo para mí. También es una etapa.
—Noah, el más grande, cumplió 13 y está entrando en la adolescencia. ¿Te da temor esa etapa?
—No estoy preparada. Debo decir que mis hijos son muy buenos. No lo digo porque soy su mamá, pero son chicos re buenos. Dicen que se transforman, no sé, todavía no lo viví, ojalá que no.
—¿Cómo viven ellos la dinámica del trabajo de sus padres?
—Creo que lo viven normal. Cuando Mike trabaja, es eso, es su trabajo. Y cuando yo estoy en un set, los chicos a veces me vienen a ver, pero no es que van al set, se meten en el motorhome, se trepan y me rompen todo. Saben que soy actriz, pero es un trabajo. No están en lo popular, en lo que se dice, no tienen acceso a las redes sociales o internet [más allá de lo que usan para el colegio, aclara] como para entender esta carrera.
—¿Elegís, por ejemplo, no llevarlos a la presentación de alguna película tuya?
—En realidad, son cuatro y de edades muy diferentes. A veces es difícil, necesito ayuda porque la más chiquita tiene tres y son traviesos, son chicos, van, vienen, se trepan, se agarran; tenés que estar a cuatro ojos. Cuando estoy afuera trabajando la gente me habla, me pregunta cosas, y también tengo que estar en modo alerta, entonces no termino de hacer lo que tengo que hacer. Y yo soy muy expeditiva, me gusta ir, trabajar y se terminó. Me voy a mi casa, desconecto y me pongo el pijama; es la parte que más disfruto.

—¿Te gustaría que tus hijos sigan el camino artístico de sus padres o que se dediquen a otra cosa?
—Siempre les digo que se necesitan abogados, cirujanos voy a necesitar [se ríe], doctores, también es bueno tener un contador, pero mi sueño no es el sueño de ellos. Yo los voy a acompañar en lo que quieran como ellos me acompañaron a mí.
—¿Cómo lográs equilibrar la exposición de tus hijos con lo que elegís mostrar de ellos?
—En realidad, cuando empezaron a hablar y a decir lo que les gusta y lo que no, fueron ellos los que me lo pidieron, es algo que se fue dando. O, por ahí, estábamos en un aeropuerto y nos sacaban fotos y ellos se tapaban la cara y no querían salir, se ponían nerviosos. Entonces, dejo que decidan ellos cuándo [mostrarse]. En un futuro, no ahora porque son chicos y todavía no tienen acceso. Ahora estaban con que querían tener un canal de YouTube [cuenta que son fanáticos de Spider-Man y de la música] tapándose la cara porque no quieren mostrarse. ¿Cómo voy a exponerlos yo si es su decisión?
—Este año cumplieron la mayoría de edad con Mike: 18 años juntos.
—¡Sí! Y 20 desde que nos conocemos. Yo sigo enamorada de él en todo sentido, de su persona, de su humor, de su familia. Creo que un poco me contagia su perseverancia; es muy perseverante en su vida, en sus proyectos. También es muy profesional y aprendo muchísimo de él, de cómo manejarse, de cómo hablar. Cuando lo conocí, tenía 20, al lado de él me transformé en madre y en mujer, así que es un gran compañero mío.

La enseñanza de sus padres
—En estos días se está hablando mucho de los actores o cantantes que empiezan a trabajar de chicos, como fue tu caso. ¿Cómo fue tu experiencia?
—Mi mamá y mi papá me ayudaron toda la vida, hasta el día de hoy me siguen ayudando y acompañando. Son los mejores abuelos de mis hijos, de mis sobrinos; me ayudaron siempre en todo y nunca tuve ningún problema ni ninguna duda.
—Más allá de que, por suerte, no te pasó nada, ¿recordás ese proceso de aprender a manejar tu propio dinero?
—Mis papás se encargaron de invertir por mí, a mi nombre. Se encargaron de que tenga mi primera casa, mi primer auto, mi primer departamento, y también de enseñarme a ayudar, siempre. Al sueldo que tenía, no me acuerdo de cuánto, mi mamá me decía: “El 10%, el 15% vamos y compramos juguetes para el hogar de niños de los Pimpinela”. Yo trabajaba en Chiquititas en esa época y también ayudaba en mi casa a mi familia, a mis hermanos. Toda la vida nos ayudamos entre todos y es lo que también les transmito a mis hijos.
