
Sabrina Rojas: de la inesperada propuesta que le hicieron a su historia de amor con José Chatruc
La modelo y actriz conduce que Pasó en América habló con LA NACION sobre su presente laboral y también sobre cómo comenzó su último romance
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Tenía 15 años cuando Pancho Dotto la vio en un estacionamiento de un centro comercial y la invitó a trabajar con él. Sabrina Rojas, que ya había hecho algunas fotos para marcas en Mendoza, no lo dudó y al tiempo viajó a Buenos Aires. Trabajó como modelo y también como promotora y vendedora hasta que tuvo una oportunidad en teatro y la aprovechó. Luego llegó la televisión, en donde hizo de todo: desde ficciones hasta conducir un ciclo o salir a la calle como notera. En 2010 comenzó una relación con Luciano Castro, con quien tuvo dos hijos, Esperanza y Fausto, pero tras 11 años juntos se separaron en 2021. Hoy está de novia con el exfutbolista y periodista deportivo José Chatruc, con quien vive un amor sin presiones ni demasiadas proyecciones. Su presente laboral la encuentra por estos días al frente del ciclo Pasó en América (de lunes a viernes, a las 23) junto a Augusto Tartúfoli. De todo esto conversó con LA NACION, en una charla distendida y cómplice.

—Tu programa se había despedido del aire, pero volvió y ahora hacen unos números de rating que muchos envidian. ¿Qué pasó?
—Fue un programa que se armó solo para tapar un hueco momentáneo de un mes hasta encontrar qué poner en América. Porque se había ido, repentinamente Baby Etchecopar. Nos llamaron avisándonos de que era un proyecto corto para hacer el aguante hasta encontrar algo más, y terminamos quedándonos dos años consecutivos en los que, por supuesto, el canal probó otras cosas. Porque todo es prueba y error.
—¿Y qué pasó entonces?
—Entonces trajeron Trato hecho y no funcionó como se esperaba y nos volvieron a poner. Y sobrevivimos al Cantado por un sueño también y a un montón de cosas que fueron y vinieron. En diciembre pasado nos dijeron que terminábamos, pero en mayo el canal volvió a convocarnos. Estamos felices porque es un programa buena onda que creció. Ni siquiera nosotros teníamos alguna expectativa cuando nos convocaron y, de repente, se formó una linda comunidad. En la calle nos dicen que les gusta mirarnos porque se divierten y se van a dormir con una sonrisa. También la gente del ambiente nos mira mucho. Entonces fue mágico lo que sucedió.

—¿Y a qué creés que se debe todo eso?
—Tiene que ver con la dupla que funcionó con Tartu, que es un compañero espectacular; funcionamos de manera hermosa, nos miramos y nos conocemos. Nos remamos los chistes por más tontos que sean. Es lo más; lo adoro. Esta dupla tuvo mucho que ver con mi comodidad, porque si hay algún tipo de tirantez, uno no brilla de la misma manera.
“Como pez en el agua”
—¿Y cómo te llevás con la conducción?
—Me siento como pez en el agua en la conducción. Ahora, además, estoy en Sálvese quien pueda durante dos semanas reemplazando a Yanina (Latorre) que está de vacaciones. Me gusta porque me da horas de vuelo y es un programa diferente, con otra atención y tensión. Y tengo que resolver solita sin tenerlo a Tartu al lado. Está bueno saber que puedo sola… Es la tercera vez en el año que la reemplazo y estoy agradecida porque es muy generosa.
—No es la primera vez que conducís...
-Había hecho conducción, pero nunca tuve la posibilidad de hacer un programa diario. Siempre tuve el deseo de conducir, pero no pensé que alguien me iba a dar la oportunidad de hacerlo todos los días. De muy joven estuve en Fox Sport y después en América hice Emparejados, pero iba los sábados y domingos. Me descubrí muy cómoda en el lugar en el que estoy hoy. Me dijeron que fuera yo misma y que no me fijara tanto en el tecnicismo de la conducción y creo que eso es lo que funciona. También me parece que llegó en un momento de mi vida en el que yo me quiero. Se nota cuando estás con un amor propio y no tenés tantas dudas a la hora de decir, de hacer, de moverte. Había fantaseado mucho con lo que vivo hoy, pero no creí que fuera a suceder. Y mis colegas me dicen que estoy muy bien y lo siento como un mimo.
—Dijiste que te querés y parece algo que se da por hecho, pero no es fácil de lograr, ¿no?
—Es verdad. Estoy en un momento en el que me quiero y, entre otras cosas, tiene que ver con la edad. En este ambiente todo el tiempo tenemos la comparación inmediata con otras personas y te das cuenta de que, en realidad, el quererse y valorarse depende de uno. Hay que ir empujando... Creo que así fue mi vida. Soy una mujer que vive sola acá porque soy mendocina y toda mi familia está en Mendoza. Entonces, miro para los costados y no tengo quién me ayude. Estuve toda la vida en pareja y pude descansar en ella y sentirme acompañada. De repente me separé y me encontré sola con mis dos niños, llevando una casa delante, con un perro, viendo cómo laburar. Nada que no le pase a una mujer que está sola, obvio, pero no tenía una red de contención cerca.
—¿Y ahí qué te pasó?
—Ahí empecé a resolver muy sola y me sorprendí cuando entendí que podía. Entonces empecé a confiar, a valorarme, a registrarme, a quererme y a sentirme cómoda con la que soy y cómo soy. En ese momento llegó esta conducción. Supongo que a todos nos sucede y a algunos les lleva más tiempo, otros nunca lo logran y otros lo tienen ya desde muy jóvenes. Para mí fue todo un camino.
De Mendoza a Buenos Aires

—Viniste a Buenos Aires cuando eras adolescente, ¿cómo fue adaptarte a una ciudad tan grande e insertarte en el ambiente artístico?
-Iba caminando por el estacionamiento de un shopping y apareció Pancho Dotto en un auto, frenó al lado mío y se bajó. Él estaba con Dolores Barreiro, recuerdo. Me dio su tarjeta y me dijo que fuera a verlo y lo hice. Tenía 15 años. Unos meses después me volví a Mendoza porque era muy chica. Hasta que tomé la decisión de instalarme en Buenos Aires y mis padres me acompañaron. Hoy lo pienso y me parece una locura. Me fascinaba este mundo.
—¿Ya habías hecho algo en Mendoza relacionado con el modelaje o la publicidad?
—En Mendoza había hecho algunas fotos para algún catálogo de marcas locales, pero no lo había soñado tan contundente como para pensar en vivir en Buenos Aires siendo tan chica. Por suerte me salió todo bien y sobreviví sin problemas. La base de educación que me dieron mi mamá y mi papá era tan fuerte que siempre fui una mina muy recta, muy laburadora, y si algo se ponía raro, yo me iba. Soy muy aplicada en esas cosas... Tengo una familia muy hermosa y pasé una infancia muy espectacular, pero me di cuenta de que, tarde o temprano, iba a moverme de Mendoza. Mi personalidad iba a hacer que no me quedara estancada ahí.

—Fue una gran decisión entonces...
-Sí. Por muchos años no me fue bien y laburé como promotora, hice publicidades, fui vendedora, pero nunca me volví. Cuando me vine estaba en segundo año de la secundaria, así que dejé el colegio porque hice un casting y quedé en una novela que se llamaba Dulce Ana, con Patricia Palmer. Con los horarios de las grabaciones no podía ir a la escuela, así que terminé unos años después, en una nocturna.
“No soy ambiciosa”
—¿Y cómo se dio la oportunidad que te abrió las puertas de este mundo?
—Al principio no fue fácil y pensé que, aunque no laburara de lo que vine a buscar, este era mi lugar. Soy una mina muy aplicada, pero no soy ambiciosa. Empezaron a salir desfiles en boliches... Esos en los que iba una modelo muy famosa y el resto estaba de relleno. Con un desfile ganaba más que estando ocho horas como promotora. Para mí era ir a buscar el mango para pagar el alquiler y de repente aparecía mi fotito en alguna revista y me llamaron para hacer teatro. Después fui tapa de una revista. Fue un poco sin querer. La primera obra que hice fue La risa está servida, con Sergio Gonal, en Mar del Plata. Al año siguiente me convocó Nito Artaza para una revista en la que estaban Nicole Neumann con Moria Casán y también trabajé con Emilio Disi en comedias. Luego apareció la televisión e hice varias tiras en Polka y en Telefe. Y seguía en teatro haciendo obras populares porque claramente es donde me siento cómoda.

—Tu hija Esperanza también quiere ser modelo, ¿qué pensás? Porque tiene más o menos la edad en la que vos empezaste...
—A mí me encantaría que a mis hijos les gustara otra cosa... Algo con más estabilidad para que no tengan que depender de nadie. Es lo que deseo como mamá. No es un prejuicio, pero no es un trabajo fácil. Fausto quiere ser arquero, como su papá y su abuelo. Y el mundo del fútbol tampoco es fácil y son pocos los que llegan. De todos modos, no les voy a coartar nada y Fausto hace fútbol, y Esperanza estudia comedia musical, pero no la dejo ir a castings ni hacer campañas para las que la han llamado.
—¿Y ella no te dice nada?
—Ella se enoja un poco cuando se entera, pero yo quiero que vivan su niñez y su adolescencia en tiempo y forma porque son etapas muy cortas; la adultez, en cambio, es larguísima. Yo no siento que a mí este trabajo me haya interrumpido nada, pero claramente habré crecido distinto a cualquier chica de 15 años porque a esa edad ya vivía sola, me mantenía y tenía otras preocupaciones. Era otra época también.
—Y Fausto quiere ser arquero, decías...
—Sí. Su papá y su abuelo siempre jugaron en el puesto de arquero. Luciano jugó en Argentinos Juniors y cuando llegó la adolescencia se fue para lo artístico, pero dicen que era muy buen arquero. Y la verdad que a Fausto nadie se lo fomentó, creo que ni sabía que el padre había sido arquero, y un día se levantó y dijo: “Quiero ser arquero”. También está jugando en una escuelita de Argentinos Juniors y lo acompañamos en su deseo, pero no fomentamos. Son muy chicos todavía: tiene 11 y Esperanza 13.
Encuentros y desencuentros

—¿Cómo está tu relación con Luciano Castro? Hubo varios reencuentros y desencuentros familiares en estos años.
-Sí, hemos pasado momentos de armonía, diálogo y de compartir. Y otras veces no se pudo y nos hemos desencontrado, y hemos pensado distinto, y hemos actuado distinto. Pero después nos hemos vuelto a entender. Nada que no suceda en una pareja de padres separados. Ahora estamos en un momento de armonía. De todas maneras, tratamos de que lo que nos sucede a los adultos no salpique a los chicos. No somos perfectos, pero lo tenemos muy claro y lo intentamos. Para los chicos, la vida es bella y en eso estamos de acuerdo. Los problemas son nuestros y los hablamos, y aun en los momentos en los que prácticamente no nos queremos ni mirar a los ojos, nuestros hijos ni se enteran. Y cuando nos cruzamos nos miramos y nos sonreímos. Después, tenemos otros momentos en los que podemos compartir y reírnos un rato. En eso estamos ahora.

—¿Cómo sigue tu historia de amor con Chatruc?
—Estamos muy bien. Fue algo sorpresivo porque yo estaba soltera desde hacía dos años y con cero ganas de ponerme en pareja. Estaba siendo muy feliz en mi soledad y no buscaba nada. Ya lo conocía porque frecuentábamos el mismo grupo de amigos. Soy muy amiga de Panam y él también es muy amigo de la pareja, entonces nos cruzábamos en cenas, en salidas y demás. Siempre nos reíamos mucho.
—¿Te gustaba algo de él?
—Me gustaba cómo pensaba y su humor y, de repente, empecé a decir: “Ay, mirá Chatruc, qué interesante” [risas]. Y supongo que a él le pasó lo mismo. Como estábamos los dos solteros y lo disfrutábamos, empezamos con el chiste de que si a los 50 los dos seguíamos solos, nos íbamos a poner de novios. Fue una especie de contrato y chiste va, chiste viene, se aceleraron los tiempos. Aunque él cumple 50 este año y a mí me falta un poco más. Estamos viviendo esta relación día a día.
—¿Se habla de convivencia?
—De ninguna manera. A no ser en mi adultez muy adulta, no volvería a convivir con nadie... Quizá cuando mis hijos vuelen de casa sí, porque envejecer con un compañero es lindo, pero hoy no volvería a convivir. Tratamos de hacer una vida de novios. Nuestros hijos se conocen porque podemos llegar a compartir algún momento, pero no ensamblamos. Tal vez algún día tengamos ganas de irnos todos de vacaciones, pero no por ahora. Empezamos a salir hace muy poco, a fines del verano pasado.
—¿Entonces cuándo se ven? ¿Cómo se organiza?
—Aprovechamos el momento en que estamos sin niños y me gusta ser novia y que cada uno tenga su ritmo de vida y su trabajo. Por supuesto, acompañándonos. Él es un hombre muy íntegro, muy satisfecho con su vida y ya tener un compañero así es espectacular. Es difícil hoy encontrar a alguien que te cuadre en muchos sentidos como para pensar en invertir tu tiempo a esta edad. Y también tengo en claro que no sufro más por amor. Vivo un amor lindo, día a día. Y si se termina, sé que sola puedo. O a lo mejor esto dura toda la vida. No le pongo expectativa.



