
Una crónica de la noche del lunes
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Zarpado, pero zarpadísimo, el que me cambió a la banda más peligrosa del mundo por un grupo tributo a los Guns liderado por Leo Mattioli teñido de rubio. Debí suponer que la mano venía así por el diálogo que tuve con Héctor -el reemplazante de Roberto desde la última crisis de nervios del acreditador de prensa más agreta de la galaxia- antes de ir al show.
MANCUSI: Héctor, eh, cómo andás. Mirá, ando buscando una entradita para los Guns. Sé que es difícil la cosa pero aunque sea una sola, en la popular...
HÉCTOR: Dale, pasá mañana. Tengo ocho para vos.
M: ¿Ocho? ¿Qué onda?
H: Por ser vos, guachín (risitas de fondo). ¿Tu vieja no quiere ir?
M: ¿Mi vieja?
H: See. Doña Mancusi. ¿Se copa?
M: Mi vieja escucha Julio Iglesias.
H: Julio Iglesias, Gansanróusis... es todo la misma mierda. Decile que pase mañana a buscar 32 entradas, para que venga con las amigas.
M: ...
H: ¿Vos sos amigo de Poter también, no? Decile que tengo 64 plateas bajas para él.
Y así sucesivamente, hasta ofrecerme a mí y a mis allegados un total de 478 localidades, cosa que no se veía desde que Keane tocó en River (en esa oportunidad logré tapizar dos paredes del monoambiente con entradas de cortesía). Porque claro, el tipo sabía que iba a tener menos convocatoria que un unplugged de Napalm Death con Pablo Lescano si nos enterábamos que en vez aquel carilindo movedizo del ’93 venía este gordo tosco que se pasó los últimos 17 años empeñado en arrebatarle el campeonato mundial de escondida a Anna Frank.
Luego de una salchicha de carne de unicornio y oso panda revestida en pan hecho con lágrimas de arcángel y trigo traído especialmente de Melmac en una limusina intergaláctica manejada por Mónica Bellucci en baby doll (mi pancho debía ser eso, a juzgar por el precio astronómico), quise camuflarme para entrar de queruza al backstage pero mi idea de calzarme un pantalón de cuero, ponerme una galera y soltarme los rulos adelante de la cara no fue la mejor: por algún motivo que no logro dilucidar me abarajaron al grito de "¿qué mierda hacés vos acá?" y me dieron cuantiosos puntapiés en la colita. Acto seguido me volví a disfrazar de Mancusi, le di cuatro pesos a un mono de seguridad y pasé.
Lo primero que vi fue a Axl en un kimono cremita jugando al frisbee con un salchichón. El tipo lo tiraba, se lo chantaba en la jeta a un gil al que le pagaba 15 mil dólares por mes sólo para soportar sus salchichonazos, se desparramaba de la risa y repetía la operación hasta que lo llamaban a tomar la leche. La escena me resultó desopilante, porque me desopiló bastante, como hacía rato no me desopilaban (antes de eso andaba más bien opilado, pero por suerte me Axl me sacó la opilación).
En eso lo perdí de vista y me crucé con Sebastian Bach, quien se untaba vigorosamente los jamones con margarina a efectos de entrar en su viejo pantalón de cuero. Le mandé saludos para su tío Juan y me miró con una cara muy similar a la que pone un hippie cuando está mirando Bob Esponja de pepa y de repente le preguntás si pagó el monotributo.
Luego de incendiar ocho móviles policiales en protesta por el eterno set de Bach, la gente se calmó cuando se apagaron las luces y salieron los Guns. Pasó "Welcome to the Jungle", pasó "Rocket Queen", pasaron los clásicos... y en eso voló un vasito de plástico que despertó la ira radicalizada del gordo, que llamó al traductor y le dijo al público "eh caretas, si se zarpan revoleando mierda, corta la bocha que los quemo, putos" (luego nos enteramos que la organización había contratado como traductor al cantante de La Repandilla para abaratar costos). Tratando de recrear el episodio de la visita anterior en el que le arrojaron un toallero al escenario, un desobediente le tiró un calefón funcionando. "Rescatensén", insistió, a lo cual le respondieron lanzándole una motosierra, un tigre de bengala decorado con unas guirnaldas re mononas, un Peugeot 504 con deuda de patente y a Juan Román Riquelme. "Bah, ya fue", dijo Axl, y siguió con el concierto.
Tres horas después los falsos Guns seguían tocando y la idea de una pizza de muzzarella de La Continental se hizo carne en mí, por lo cual decidí dar por terminada mi estadía en la cancha de Vélez y dirigirme a mi humilde morada, donde me dediqué a comer, a jugar al jueguito de los patos en el Family y a rascarme el pupo con un alambre, todo al mismo tiempo. No puedo decir que no fue una buena noche.




