Literatura americana, poetas tangueros,pastillas y amores perros. El mundo privado de Manuel Moretti y una banda deculto al borde del shock radial.
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Antes del segundo giro de llave, Manuel Moretti me dice que sólo toma de la holandesa y que al kiosquero de la cuadra se le acabó el stock. Así que mientras espera la moto de Pop Art con una copia recién horneada de Sistema nervioso central, el nuevo disco de Estelares, yo me meto en el Coto del Abasto para buscar un par de botellas verdes. Ya no quedan. Entre las góndolas, lo llamo por teléfono y le pregunto si no se anima con alguna otra marca. "No, no tomo otra", responde, terminante. Manuel puede ser un tipo inestable con las mujeres, puede tener el alma rota por titubear en los momentos decisivos y volcar su política del desencuentro en un atajo de canciones preciosas y terapéuticas, pero parece tener las cosas bastante claras en términos de preferencia cervezal.
Al final lo que buscábamos está en la despensita de la vuelta, y son tres litros de rubia fría como heroína de Chandler; a la altura de la tercera, entre las canciones nuevas y el vacío estomacal, estamos sumidos en ese estado de melancolía benigna en el que uno cae al conversar con Manuel a la hora de las primeras estrellas. Y es una sensación parecida a la que producen los temas de Estelares en cuanto uno baja mínimamente las defensas: un cosquilleo ligero pero persistente en el abdomen y una empatía luminosa con la tristezacotidiana.
"Siento que el Abasto es exactamente el lugar donde tengo que vivir de acá a, por lo menos, un disco más", me dice Moretti. La medición del tiempo en discos puede ser un sistema más que efectivo para un tipo al que las canciones le salvaron la vida. En el living del PH que comparte con su colega Víctor –integrante de Los Peyotes–, Manuel se distiende al borde de una mesa en la que se apilan tres volúmenes sustanciales de literatura yanqui contemporánea: El mundo según Garp de Irving, La geometría del amor de Cheever y Americana de Don De Lillo. Un editor de Radar no podría haberlo hecho mejor. El cuadro se completa con una botella de whisky, algunos cigarrillos, letras manuscritas y el piano junto al colchón tirado en el suelo con las sábanas revueltas: estamos en una canción de Estelares.
Mientras algunos músicos componen canciones para habitar otros mundos, Manuel intenta componer un mundo privado digno de habitar sus canciones. Es un bohemio, un narrador que se enamora de sus viajes y sus traumas, de los beatniks y las películas de Cassavetes, de los poetas del tango y las noviasperdidas. Aunque no lo parezca, no hay muchos rockeros que se tomen en serio esas cosas al momento de crear, o que asuman que su obra les debe todo a esas experiencias.
"Para mí va a ser siempre así", dice él. "Las cosas que más me han interesado en la vida son: el arte, las mujeres y las grandes ligas deportivas. El mundial de handball, el Tour de France, Moto GP... Después, sí, los libros, las películas, las canciones… Tanta emoción."
Las canciones de Estelares –piezas simples de guitarra y algo de piano, métrica de rock clásico y rudimentos melódicos de tradición platense– cuentan historias sencillas de amores imposibles, espacios anacrónicos adonde van a extraer rastros de heroísmo y belleza. "Muchas de mis canciones tienen esa épica de trascender: estamos rotos, pero sorteémonos. Algo así", ensaya Manuel un par de días después de nuestro primer encuentro, en un cafetín de la esquina de su casa, mientras me pide que cambiemos de lugar para quedar frente a la ventana, de cara al tránsito crepuscular del barrio de Luca y Gardel. "Alguien me decía que las canciones de Estelares, pese a hablar casi todo el tiempo de desencuentros, son optimistas, transmiten una especie de fe, de horizonte diáfano."
Nacido y criado en la ciudad bonaerense de Junín, hijo de una maestra y un transportista público, curtido como volante creativo en las inferiores del club BAP (ahí donde empezó Bernabé Ferreyra), Manuel se mudó con su familia a Capital a mediados de los 80. La curiosidad adolescente, antes que a los discos de Tom Verlaine y a las películas de Manuel Romero, lo llevó a las drogas. Mientras consumía de las ilegales, tuvo un episodio con fármacos que, hoy, él relee como un quiebre definitivo en su personalidad. "Mi vieja estaba muy deprimida –un error muy grave que cometió mi viejo– y el psiquiatra, para estabilizarla, le dio Alopidol. Y yo le afanaba las pastillas, las tomaba y, al no tener un cuadro clínico de inestabilidad, me producían el efecto contrario. Fueron como cuatro o cinco meses que jugué con eso, y me fui. Le vi la cara a la locura. Colapsé."
Aturdido en el departamento que ocupaban en Pacheco de Melo y Agüero, Manuel encontró una decrépita guitarra de tres cuerdas y empezó a rasgarla de un modo intuitivo, con esa secreta sensación heroica que proveen los pozos de adolescencia. La arañó, la zarandeó, extrajo un par de acordes, trató de escuchar lo que la guitarra le devolvía y, al poco tiempo, en el segundo semestre de 1986, compuso "Ardimos", un tema que permanecería veinte años inédito (hasta ahora, que llegó para cerrar Sistema nervioso central) y que prenuncia –con acordes básicos y una deriva eléctrica semitántrica– el patrónemocional de Estelares, al punto que acabaría bautizando su tercer disco. "Las canciones me trajeron de vuelta", concluye Moretti hoy. "No me preguntes por qué."
Poco después de eso se mudó a La Plata, donde comenzó su vida de empleos, universidad (cuatro años de Dibujo en Bellas Artes), amigos y bandas de rock. "Yo era intratable en esa época, al menos eso es lo que dicen los amigos que vivían conmigo. Gritaba, estaba muy volado. Y grababa. Tengo todavía esoscasetes. Lo asombroso es que hay melodías ahí. Hay melodías y hay palabra."
Su primera banda fue Licuados Corazones: un nombre casi gore que define el estado de ánimo del cantante en aquella época (89-90). Disuelta esa primera experiencia, Manuel se reunió con el guitarrista Víctor Bertamoni y fundó la sociedad musical en la que se sostiene Estelares. Pero primero fueron Peregrinos, un grupo de rock tanguero, lírico, dotado de cierta épica criolla, al estilo de Los Visitantes del comienzo (y en simultáneo). En diciembre de 1991, Peregrinos ganó un concurso de rock platense organizado por el bar El Boulevard del Sol, en una áspera final en el mítico teatro Lozano (donde empezaron los Redondos) frente a bandas como Peligrosos Gorriones y Míster América (desde entonces existe una especie de interna local entre Moretti y Francisco Bochatón).
Pero a la vez que seducía a la ciudad, Manuel saboteaba el proyecto. Peregrinos fue rehén de los días tempestuosos de su líder y acabó desarmándose en un año (cuentan en las cuevas de las diagonales que, después de leer la autobiografía de Miles Davis, Manuel hizo cambios en la formación y trató en vano de hacer un rock más pretencioso).
De todos modos, su camino autoral estaba trazado y la experiencia de Peregrinos –seguida de un par de temporadas en el tango– se ve hoy como la prefundación de Estelares. A Manuel le había impactado el Calamaro de Nadie sale vivo de aquí y, a la par, absorbía influencias de toda índole: Floreal Ruiz, Nino Bravo, Homero Expósito, Bob Dylan, Sandro, Neil Young, Roberto Arlt… Pero la transformación profunda estaba dada por experiencias personales. "Uno sabe que es un misterio hasta para uno mismo", dice hoy. "Y la idea es tratar de sacar de uno lo mejor, no los fantasmas más espantosos. Yo en la época de Licuados Corazones quería ser corrosivo, quería molestar, estaba desesperado. El clic se lo debo a una novia que tuve, Eira, que me hizo ver muchas cosas: inicié una etapa de un melanco sano, un aprendizaje total a partir de una ruptura. Entendí que si envolvía en oscuridad una canción era paragenerar claridad. Yo ya no quiero generar mayor oscuridad de la que hay en el mundo."
Por eso la obra de Estelares –Extraño lugar, Amantes suicidas, Ardimos y Sistema nervioso central– es un tributo al dolor y a los misterios del mundo. "El auténtico dolor, el que se comprende, descansa en un lugar de bien", dice Moretti, que se revela algo ansioso por la respuesta pública que pueda tenersu nuevo disco. Sabe que el potencial que tienen sus canciones en días de compulsión melódica –La Mega tomada por temas como "Nunca quise" y "Campanas en la noche"– es alto. "Quiero que este disco lo escuche todoel mundo", confía Manuel, padre de Juana, una beba de seis meses que por ahora vive en Junín. "Yo sé que, ante el reconocimiento, la vanidad me baja. La vanidad me ataca cuando siento que la gente no me comprende."
En Sistema nervioso…, el segundo álbum de Estelares que produjo Juanchi Baleirón (y en el que participan Jorge Serrano y el Pity Alvarez), las visiones de viajes, revolcones y pasiones asimétricas se mezclan en la rutina de un músico que todavía busca su destino. El melodramático, autorreferencial y adhesivo "Ella dijo" narra la intimidad de un flirteo condenado a no ir más allá de la cama. "Un show", en tanto, ubica la acción en la trastienda de un recital y en la deliciosa trampa de una groupie. "Esa letra la escribí acá, en esa mesa, tomando un café a la mañana."
Ahora entiendo por qué, al comienzo de la charla, Manuel me pidió que le cambiara el lugar para sentarse frente a la ventana. Y él me lo confirma –los ojos le vagan hiperkinéticos más allá del vidrio–: "Comparto la opinión de Dylan: la mejor manera de captar imágenes es en movimiento. En la época de Amantes suicidas y Ardimos, yo estaba en un quinto piso que daba a las hogueras de las petroquímicas de Berisso y Ensenada. Y ahí me salían un montón de canciones. Como para este disco eso no lo tenía, sabía que tenía que salir a encontrarlas. Es como dice Andrés: las canciones las compongo caminando, entonces algunos versos se me van. Tal cual".
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