Sobre ángeles y demonios
Desde siempre, los poderosos de este mundo (y los que creen serlo) han sabido que no hay arma más letal para desinflar sus pretensiones y señalar sus errores y abusos que la risa. Y los cómicos lo saben, también desde siempre: si temibles son los chistes que circulan de boca en boca, y las caricaturas difundidas gráficamente, cuánto más punzante es el aguijón si se lo descarga en público, frente a centenares de personas cuya reacción unánime puede ser comprobada al instante. Los grandes dictadores no han podido soportarlo, jamás, como lo prueban censuras y persecuciones llevadas, a veces, hasta el crimen.
Los vaivenes de la política argentina, sobre todo en los últimos setenta años, probaron ser terreno ideal para el cultivo del género, cuyo fundador histórico sería el inmortal Pepino el 88, José Podestá. Allá por 1880 y algo, en la pista del Circo Humberto Primo (Moreno y Cevallos) aparece este payaso que, al compás de la milonga y mientras barre la pista con una escoba, comenta satíricamente la actualidad. El apodo se debe, es sabido, a los remiendos que, en la espalda y algo más abajo, inscribían esa cifra en su amplio mameluco.
Si bien el sainete, el género chico criollo y, algo más tarde, la revista porteña nunca abandonaron la sátira política como seguro disparador de las risas del auditorio -cómplice agradecido de la travesura-, habrá que esperar al complejo, vituperado decenio del treinta para reencontrar, en el habla tartajosa y el andar dolorido de Pepe Arias, otro genio del monólogo intencionado. Tan intencionado que (dada, además, una semejanza notable en el timbre de voz y el ritmo de la elocución) Perón se empeñó en silenciarlo.
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Tan sólo a partir de los famosos años sesenta, en los diminutos tablados del café concert, resurgió el género, en variadas encarnaciones que han llegado a nuestros días: fundamentalmente, Tato Bores (cuyo ámbito natural fue la TV), Antonio Gasalla y Enrique Pinti. Tres personalidades muy distintas, pero coincidentes en el cultivo de un estilo que marca una diferencia tajante con sus equivalentes norteamericanos, cuyo modelo sería el célebre Lenny Bruce.
El monologuista político argentino parte de su autoconfirmación como buena persona: es casi un ángel, pícaro pero nunca perverso, que se vale de esa condición para juzgar el estado del país y de sus protagonistas. El norteamericano se presenta, en cambio, como un despojo más de la fauna urbana: critica porque conoce el paño desde que lo tejieron; es jugador fullero, bebedor y mujeriego; se las sabe todas porque las ha practicado todas, y no le van a vender ningún buzón porque él ya lo vendió antes. Algo de esto se vio el año pasado, como un rasgo original, en "El blues del showman", donde el joven actor Pepe Monje, sobre libro de Bobby Flores y dirigido por Rony Keselman, propuso un monólogo "de actualidad" muy distinto. Dicho no por un ángel ni por un demonio, sino por una persona cualquiera, del montón, vagamente asqueada de su propia vida. Es un camino interesante, abierto a los monologuistas del futuro.
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