
Sutilezas de un músico refinado
Recital de Sting (voz, bajo), acompañado por Chris Botti (trompeta), Manu Katche (batería), Dominic Miller (guitarra), Jason Matthew Rebello (piano, voces), Mark Eldridge (teclados, sintetizador, programación) Russ David Irwin (percusión, voces). Teloneros: Sheryl Crow y La Portuaria. Estadio de Vélez. Nuestra opinión: Muy bueno
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Es un placer vivir un martes de esta manera. Es una noche agradable de enero, el estadio de Vélez está colmado por 26.000 personas y en el campo no hay ningún amontonamiento de gente ni esos apretujones que deshidratan o provocan bajones de presión: cada uno está ubicado en una butaca, cómodamente establecido, para escuchar a Sting.
Esta es la mejor manera de escucharlo. Sobre todo en este momento tan particular de su carrera, donde la placidez le gana a la excitación, donde la corrección se impone a la improvisación. Vale decir: no hay riesgo, pero su apuesta, hoy, no pasa por ahí. La música de Sting está en otro camino, reflexivo e introspectivo, y el mejor formato para recorrerlo es el de la canción.
Por eso siempre hay una buena melodía, arreglos ajustados y letras mayoritariamente esperanzadas o "para arriba", lo que no quiere decir alegres. De ninguna manera. El tono es casi siempre íntimo, confesional, aunque interprete temas de su etapa de mayor agitación, la de los tiempos de The Police.
Todo lo que hace hoy está inmerso en lo que podría llamarse la búsqueda de la canción perfecta , o algo así. Ya no le interesa la explosión rockera (cuasi punk y con muchos condimentos reggae) de sus primeros pasos musicales, cuando su trío cambió algunas reglas de juego. Tampoco se inclina por la improvisación al estilo jazzero, a la que supo jugar a mediados de los ochenta, cuando llevó a sus filas a Branford Marsalis y otros músicos del género.
La actualidad de Sting es "Brand new day", no sólo porque es su último álbum, sino porque el concepto que desarrolló en él (y que ya había insinuado en "Mercury falling") está fuertemente marcado por el trabajo de cuerdas (o colchones de teclados) que aplacan cualquier desliz de decibeles. Melodías, puras melodías.
Canciones bajo el sol
La jornada comenzó con La Portuaria, que regresó hace un par de meses con álbum nuevo, del que presentó algunos temas en plena tarde (cuando el sol caía sobre el estadio) y repasó varias de esas buenas canciones de Diego Frenkel, como "Los mejores amigos", "Mañana nunca se sabe" o el clásico "Selva".
Después (todavía a plena luz del día y puntualmente a las 20), apareció Sheryl Crow.
Además de ser una buena cantante y de estar acompañada por una buena banda (sobre todo el guitarrista Peter Stroud, con técnica y sonido muy limpios), compone buenas melodías.
Sus canciones son siempre agradables, aunque en general queda la impresión de que les falta punch para contagiar al público un poco más de efusividad. Pero funcionó como preludio ideal para la música de Sting, que subió al escenario apenas cinco minutos después de lo anunciado (21.30), después de reunirse en su camarín con Hebe de Bonafini y otras Madres de Plaza de Mayo que, extrañamente, no subieron al escenario.
Comenzó con el flamante "A Thousand Years" y siguió con el lejano "If you love somebody set them free". Lo más nuevo y lo más viejo de su cosecha solista, en una combinación que se daría durante todo el concierto.
Pero el concierto, más allá de incluir muchos temas de The Police, no tuvo momentos de gran excitación. Todo lo que hoy toca Sting va camino a la calma. Tal vez una alegre calma, pero en todo momento hace sentir que está cumpliendo lo que se propone, que no quiere sonidos de más ni de menos.
Y eso no es sencillo y la banda lo hace a la perfección. Es que la seguridad de Manu Katche (un virtuoso) en la batería se complementa perfectamente con la intensidad de Sting al comando del bajo; el pianista Jason Rebello es un auténtico malabarista frente al teclado, la guitarra de Dominic Miller es implacable y el trompetista Chris Botti es todo un lujo, ya sea ocupando el lugar de la segunda voz o en solos perfectamente medidos.
Los pequeños movimientos
El show de Sting es pura calma. Pura música. Todo está muy ordenado (hasta el público) y no necesita hablar demasiado (ni para arengar a la multitud ni para provocar gritos histéricos). Apenas si da la bienvenida y presenta a los músicos. Todo lo que tiene para decir está escrito en sus canciones.
Son movimientos sutiles, donde las melodías navegan sobre aguas que Sting conoce perfectamente bien, porque a las tormentas de años anteriores les puso un velo de tranquilidad y reflexión.
Todo está estratégicamente ordenado. Cada uno cumple un rol determinado. Cualquier contratiempo está fuera de lugar, porque todo funciona a la perfección y cada uno es un especialista en su terreno. Sting es un hombre meticuloso y sensible que no necesita (al menos en este momento) asumir riesgos que puedan alejarlo de la canción. Y en ese formato es un especialista.




