
“Billy Elliot es muy mágico para mí, creo que es lo mejor que hice en mi vida”, dice Alejandra Perlusky con el rostro iluminado, con esa misma ternura con la que anima al niño protagonista a soñar en grande. La mujer detrás de esa profesora de ballet incorrecta y cascarrabias –pero de buen corazón– que interpreta en la adaptación local del musical escrito por Lee Hall, con música de Elton John, tiene una historia que conecta profundamente con la de Billy Elliot. De chica, Perlusky tenía todas las cualidades para desarrollarse en el ámbito de la danza clásica; incluso, una maestra que la incentivaba a seguir ese camino artístico, pero, a diferencia de lo que sucede en la ficción, la negativa de su madre la llevó a abandonar eso que tanto anhelaba.

La vida le dio revancha a través de la actuación y, en segunda instancia, del canto, y, a fuerza de talento y de maestros incondicionales que iluminaron su trayecto, se convirtió en una pieza clave de la escena teatral argentina que se mueve en las sombras de la popularidad. Estuvo en Astor, Piazzolla eterno; Pretty Woman; Mamma Mia!; Benito de la Boca; Cabaret; Falsettos; Desde el sillón; Primeras damas del musical; Casi normales; Chicago; Sueño de una noche de verano; La ópera de tres centavos y My Fair Lady (con producción de Alejandro Romay, padre de Diego y Omar Romay, quienes producen Billy Elliot), entre muchas otras. Trabajó –y vivió– en España y en México; fue coach vocal de Sofía Morandi en el Cantando por un sueño que se realizó durante la pandemia y hoy se luce como la señorita Wilkinson, papel que le valió una nominación a mejor actriz en musical de los Premios Pinti, dedicados al teatro comercial.

—¿Cómo fue ese “no” de tu mamá cuando eras chica?
—De los 5 hasta los 12 o 13 años, la edad de Billy, quería ser bailarina clásica. Mi primer amor fue el ballet y mi mamá me dijo: “De ninguna manera voy a permitir que sufras”, porque el ballet está asociado al sacrificio extremo. Tenía una profesora de danza del barrio e iba todos los días a tomar clases enfrente de la placita de Martínez. Un verano me anotaron en un seminario de técnica de la danza clásica del Colón. Ahí dije: “Che, esto es lo que quiero para mí”. Me acuerdo que iba vestida un poco como Billy, con medias de fútbol, y venía la profe y me decía “sacate esto”, y yo le preguntaba “¿por qué?”, pero me encantaba. Es contrafáctico; no sabremos nunca si me hubiese ido bien o no, pero tenía muchas condiciones y todo el target de bailarina clásica. Cuando mi mamá me dijo que no, la odié por un tiempo.
—¿Qué hiciste entonces?
—Abandoné la danza por enojo. Dije: “Listo, se terminó”. Después, cuando ya era actriz, volví a entrenar. Tomé clases de jazz porque ya estaba grande para el clásico, pero tenía una base de bailarina clásica espectacular que me recontra ayudaba. Es curioso, es lo que más estudié y nunca me dediqué a bailar.
—¿En qué momento empezaste a actuar?
—Cuando estaba haciendo el secundario, estudiaba teatro con Carlos Kaspar y dije: “Quiero ser actriz”. Cada vez que me metía a los ensayos de teatro en el colegio, era la nena más feliz del mundo y ese fue mi motor y mi brújula. Dije: “Tengo que seguir haciendo esto”. Terminé el colegio y me fui a estudiar con Rubén Szuchmacher, que es mi actual director en Billy; 30 años después me toca trabajar con él; nunca antes me lo había vuelto a cruzar. Es como un reencuentro de primeros amores; con el ballet y con Rubén. Por eso Billy es muy mágico para mí, y también creo que es lo mejor que hice en mi vida. Después, ingresé al Conservatorio Nacional a estudiar la carrera. El canto llegó más tarde.
—¿Fue Pepe Cibrián quien descubrió tu talento para cantar?
—Sí, yo tenía 19 años y estaba en una obra suya con un rol que era puramente de actriz. En un ensayo, él iba pasando a nuestro lado y cuando nos tocaba el hombro teníamos que cantar. Fue algo medio de milagro, porque cuando me tocó a mí, salió el sonido y todos me miraron diciendo: “Ale, ¡estás cantando!“ Nadie lo podía creer. Faltaba una semana para el estreno y Pepito escribió una canción simple para mi personaje. Todo fue muy mágico y por separado. En ningún momento dije: “Quiero ser actriz de comedia musical”. La vida me fue llevando sola.
—¿Ahí te dieron ganas de explorar esa faceta como cantante o siempre estuvo ligado a la actuación?
—Mi base, donde más firme me siento, siempre es en la actuación. Yo me considero actriz. Después, canto y bailo. Y bailar, que fue lo que más hice, es lo último.

—En Billy Elliot se conjugan esas tres cosas. ¿Tiene un condimento especial?
—Es la primera vez que me toca bailar tanto. En musicales como Casi normales, Chicago, Mamma Mia! o Aladín, será genial, que hice en 2005 en este mismo teatro, bailaba poco. Tampoco es que acá baile tanto. En realidad, la danza y el virtuosismo están en Billy, lo que se tiene que ver en mí son resabios de danza, como que en algún momento de mi juventud bailé, que es lo que me pasó en la vida real. No es que vas a ver a una bailarina eximia. Sí, se mueve la señora, pero viene de una base de danza de tiempo atrás. Incluso, me costó aprender volver a bailar, moverme, coordinar. Hay mucho esfuerzo detrás de lo que se ve, y no solamente en mi caso. Son horas de ensayo, de que no me salga, de volver a hacerlo y simplificarlo porque no me sale o porque me queda feo. Una es muy exigente también.
—Además, es tu primera experiencia trabajando con un elenco infantil.
—Es espectacular. Nunca pensé que me iba a tocar tan profundamente ver a un niño cantar, bailar y actuar. La responsabilidad y la entrega que tienen son una lección en mi cara; así hay que ser. Me iluminan, me enseñan. En un momento, mirá qué ilusa, dije: “Vamos a tener que estar atentos a los Billy” porque no tienen experiencia. En realidad, somos los adultos los que nos equivocamos; ellos son impecables, intachables, no se olvidan la letra, tienen un nivel de concentración espectacular. Son grandes maestros. Lo responsables que son y la alegría con la que trabajan. Uno con los años va perdiendo un poco la alegría y ellos son un ejemplo, están todo el tiempo sonriendo. Mateo [Tognolotti], por ejemplo, es uno de los niños que más veo sonreír. Está volando, sonríe y yo me descompongo del llanto. O Franco [Molozaj], también, lo veo bailar y me hace caritas, y Joaco [Joaquín Mondino Formichelli] en la lectura de la carta me destruye; los tres tienen una sensibilidad, una entrega y una responsabilidad admirable.
Los maestros de la vida

—¿Qué maestros, así como Billy tiene a su profesora de ballet, te marcaron a vos el camino y te alentaron a cumplir tus sueños?
—Carlos Kaspar fue la persona que me impulsó y me empujó a ser actriz en el colegio haciendo obras súper increíbles que después hice profesionalmente, como La ópera de tres centavos en el San Martín, Antígona Vélez y otras cosas tremendas. Él me dijo: “Vos tenés que ser actriz”. Y el otro día me acordaba de que mi profe de matemática me regaló la nota porque me la había llevado a marzo y me dijo: “Está bien, total yo sé que vas a ser actriz”.
—¿Con tu mamá lograste reconciliarte?
—Sí. Después, con el tiempo te das cuenta de que tiene que ver con el miedo, con la protección de una madre. También, por los prejuicios de que el artista siempre se va a morir de hambre y que es difícil vivir del arte. En realidad, es difícil vivir de cualquier cosa, pero tenía que ver con ese concepto más antiguo de ir a la facultad a estudiar una carrera tradicional, algo con salida laboral.
—Estuviste en numerosos proyectos teatrales, pero hay una cuestión, a veces, con la popularidad, que le esquiva al actor de teatro musical. ¿Es así?
—Yo soy el claro ejemplo de una actriz que está en las sombras. Tal vez le decís a alguien mi nombre y si no es del palo del teatro no sabe quién soy. Soy un bicho de teatro y ese es mi lugar; no me veo siendo popular. Si viene como consecuencia de un trabajo, sí, pero nunca fue mi motor ser famosa.
—¿Pero existe la sensación de merecer más reconocimiento, más allá de la fama?
—Lo que pasa es que estamos viviendo en una época donde si no tenés muchos seguidores en las redes sociales o no estás en alguna plataforma, medio que no existís, no sos nadie. La sensación que tengo es que resulta difícil hacerse ver cuando las reglas del juego cambiaron. Para el casting de Pepito [Cibrián] hice la fila de una cuadra con mi foto impresa y completé una ficha; hoy te dicen “pasame un reel”. Si no te vas aggiornando, te quedás afuera, y yo no me fui aggiornando y me quedé un poco afuera. Tal vez es un error de mi parte; tampoco sé cómo hacerlo. No sé qué contenido subir. ¿A quién le importa lo que yo hago? “Hola, acá cocinando”. Me siento un poco grande para hacer eso. No está en mi naturaleza; me siento un aparato. Salvo que lo haga desde el humor, pero seria, haciéndome la linda, me descompongo de la risa.

