
Murió el gran escenógrafo y vestuarista Emilio Basaldúa, exdirector del Teatro Colón
Hijo del pintor Héctor Basaldúa; en cine trabajó en las películas Plata dulce y Los 7 locos y fue, tanto en teatro como en ópera, socio creativo de Sergio Renán
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Hoy al mediodía, casi en paralelo a la noticia de la muerte del director de orquesta Pedro Ignacio Calderón, se supo del fallecimiento del gran vestuarista y escenógrafo Emilio Basaldúa, quien a lo largo de su extensa trayectoria estuvo a cargo de la dirección del Teatro Colón. “Despedimos a un artista que supo construir mundos enteros con su mirada. Le agradecemos todo lo que le dio a este Teatro”, postearon desde la cuenta de Instagram del Colón ante la noticia de su muerte a los 83 años.
Nacido el 1° de noviembre de 1942, Basaldúa es un apellido ineludible de la historia del arte argentino. A su padre, Héctor Basaldúa (1895-1976) se lo reconoce especialmente como pintor, pero también como un notable ilustrador y escenógrafo. Había completado su formación en París en la década de 1920 en la escuela de André Lothe, con otros jóvenes como Lino Enea Spilimbergo y Antonio Berni. A su vuelta a Buenos Aires, trabajó en el Colón aportando una nueva mirada sobre el trabajo escenográfico.
Inevitablemente, aquella influencia lo marcó. Emilio Basaldúa aprendió desde chico a amar la música y buscar que los espacios respiren al ritmo del sonido, de las historias, de las partituras. “Me pasé mi niñez recorriendo los pasillos y talleres del Teatro porque mi padre fue director escenográfico durante tres décadas”, solía reconocer este porteño sumamente respetado y querido entre sus colegas.
Se graduó de arquitecto en la UBA y empezó a diseñar escenografías y vestuarios para teatro, televisión, cine y ópera. De hecho, pasó de ser director escenotécnico del Teatro Colón a desempeñar el cargo de director general y artístico de la histórica sala entre 2001 y 2002, en reemplazo de la gestión de Sergio Renán.
A poco de concluir sus estudios universitarios, viajó a Londres gracias a una beca. Junto a un grupo de colegas realizó trabajos experimentales de diseño y planificación para las futuras ciudades del 2000. Al regresar al país en 1970, se desempeñó como dibujante en el equipo de escenografía del Colón. Contratado por el Fondo Nacional de las Artes, realizó un audiovisual sobre el pintor Prilidiano Pueyrredón. Y al poco tiempo comenzó su vinculación con el cine: trabajó como ayudante de escenografía en Los siete locos, de Leopoldo Torre Nilsson.
Después de continuar con sus estudios en Florencia, volvió a la pantalla grande como escenógrafo de Fernando Ayala en Triángulo de cuatro (1974). A esa película siguieron, entre otras, Los viernes de la eternidad (1980), Plata dulce (1982), No habrá más penas ni olvido (1983), Una sombra ya pronto serás (1994) y Tango, el film de Carlos Saura nominado al premio Oscar (1998).
“El cine obliga a armar una panorámica de fotografías de edificios en escala y de decorados con utilería real, que pueden filmarse con el simple retiro de las paredes. Simbólicamente, para mí, de una manera algo casual, la arquitectura ha pasado a un segundo plano para dejar paso a la escenografía”, decía Basaldúa después de tomarle el gusto a su nuevo oficio de la mano de Ayala. También fue el encargado de diseñar la escenografía de La vuelta al hogar, de Harold Pinter y con dirección de Alejandro Maci, y de Incendios, de Wajdi Mouawad con puesta de Sergio Renán, entre otros montajes.

Para el CETC, el sótano del Colón dedicado a la experimentación, realizó la escenografía y el vestuario de Il combattimento di Tancredi e Clorinda, Pierrot Lunaire, El milagro secreto, Noche transfigurada, Trazas sobre trazas y La rosa. Fue Sergio Renán quien le dio la primera oportunidad de llegar a la sala grande del Colón, en 1993, cuando lo convocó para hacerse cargo de la puesta de La vida breve, que contó con régie de Emilio Sagi. Le siguieron La ciudad ausente (1995, régie David Amitin), Macbeth (1998, régie Jérôme Savary), El cónsul (1999, régie Gian Carlo Menotti), La Cenerentola (2012) y L’elisir d’amore (2015), ambas con puesta de Renán.
“El Colón me fascinaba”
En una charla organizada por la Fundación Proa reflexionó sobre los hitos de su propia formación. “A través de mi padre fui al Colón desde muy chico. El Colón me fascinaba mucho, pero me parecía inalcanzable. Como mi padre quería que tuviera un título, estudié arquitectura, que en los últimos años de facultad me aburrió mucho. Eso de que la arquitectura es ‘una mezcla de lo artístico con la técnica’ es medio mentira. En un punto creo que la escenografía es como una arquitectura construida ultrarrápidamente, algo que se levanta en 10 días y después desaparece”, apuntó.
A lo largo de su trayectoria, por esas piezas construidas en pocos días para desaparecer, obtuvo también el Cóndor de Plata (1994), el premio a la mejor dirección de arte del Festival de La Habana (1996) y el Konex (2001).
Si de joven se la pasó caminando por los pasillos del Colón, cuando asumió durante esa corta gestión no perdió ese hábito. “Quiero mucho a este Teatro por razones personales. Soy de hablar con la gente y de ir a los talleres donde todos los días veo a técnicos y artesanos que se las ingenian para sacar soluciones de la galera. Y no quisiera perder esa costumbre”, dijo a LA NACION apenas aceptó el desafío de dirigir la histórica sala tras el paso al costado de su amigo Renán.
Asumió tamaña responsabilidad en tiempos de corralito, de crisis económica, de demandas gremiales, de agitación en las calles, de cambios políticos. En medio de ese campo minado, se concentró en lo suyo: “No considero conveniente que una ópera sea repuesta per se sin alguna contribución original. Algo nuevo tiene que haber. Hay que evitar que el teatro o la ópera se vuelvan arqueológicos. Al mismo tiempo, tampoco hay que introducir elementos extemporáneos que pudieran impedir que se pueda vivir y respirar la música", confesó a poco tiempo de haber iniciado su gestión en el Colón.
En su contrato había propuesto que, dentro de sus honorarios anuales como director, estuvieran incluidos, sin costos extra, una escenografía y una realización de vestuario de su autoría. “Para mí, son un cable a tierra, una necesidad personal. No acepto que porque sea director del Colón no pueda hacer una escenografía. Me considero un artista que va a poner su mejor voluntad en esta tarea, pero no me quiero transformar en un empresario ni en un funcionario”, había aclarado por entonces.
Basaldúa será velado mañana, martes, de 16 a 21 en Malabia 1662, y su entierro se realizará en el Cementerio Alemán al día siguiente, a las 11 de la mañana.
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