
El atardecer como puesta en escena
"Remedios para calmar el dolor". Dramaturgia y dirección: Adrián Canale. Con Corina Bitchman y Carolina Tisera. Coreografía: Paola Belfiore. Luces: Sergio Costecich y Adrián Canale. Asistente de dirección: Mariana Jaiquil. En Puerta Roja, Lavalle 3636, los sábados, a las 19.30. Duración: 60 minutos.
Nuestra opinión: bueno
No es fácil descubrir Puerta Roja. Precisamente porque es eso: un portón rojo enorme que se destaca en la cuadra por su iluminación. Adentro de este gran galpón se respira teatro. Pero lo más llamativo para quienes concurren a ver "Remedios para calmar el dolor" es que, para llegar al espacio escénico de la obra, hay que atravesar la sala y salir al patio de atrás. Frente a ese discreto jardín formado por una "c" de canteros, arbolitos y plantas, con un auténtico y frondoso techo de parra, las gradas y sillas que conforman la platea.
La obra comienza con luz de día y culmina cuando cae la noche. Y eso no es fortuito. Adrián Canale, autor y director de la propuesta, tiene de esas visiones teatrales que van más allá de un trazado de puesta convencional. Tampoco opta por la ruptura por obligada fidelidad al "under". Simplemente arma su maqueta con el brazo de la poética y la belleza. Nada mejor que esa parra, de la que cuelgan los cabellos de una de las protagonistas; o el atardecer, o los olores del jardín, o las caricias que ofrece la selección musical para crear esta historia no sólo sensible sino afectiva. Canale usufructuó de la mejor forma este ámbito ideal, donde hizo mover cómodamente a sus dos actrices.
La obra habla de la vida, de la muerte, los sueños, los anhelos, los caminos sin final y todo aquello que queda trunco. Eso se ve en la relación que llevan dos vecinas y amigas, que se juntan todas las tardes a la hora de la caída del sol para conversar sobre botánica. Las plantas son la metáfora de sus mundos y esta dialéctica las descarna. A su vez, las flores de Bach son los remedios con los que pretenden curar no sólo todos sus dolores, sino también los recuerdos y los anhelos que recibieron estocadas mortales del tiempo.
Una de ellas, Violeta, habla en cocoliche. Es una tana que disimula con un ímpetu casi hiperquinético aquellos dolores aludidos y el amor contenido. La otra: Leonor, habla a partir del desgarro, y a través de textos hechos (de Osvaldo Lamborghini y Hebe Uhart). Esta dialéctica es la que potencia su relación y el camino ineludible al que serán conducidas. Las interpretaciones son más que correctas, pero corresponde destacar la soltura y visceralidad de Carolina Tisera, una actriz para tener muy en cuenta.
Es importante aclarar que este espectáculo se suspende por lluvia y que, sobre el final de la obra, el espectador podrá degustar algunas uvas.
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