
El desconcierto de la ceguera
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"El desconcierto", de Guillermo Angelelli. Intérpretes: María Llambí Campbell, Enzo Ordeig, Ignacio Monná, Marcelo Curotti, Adrián Tomasevski, Moyra Agrelo, Danilo Werlen, Sol Canesa, Manuela García Silva, Hernán Veterano, Mariana Cabrol, Martín Casas, Natalia Marengo, Luciana Antonini, Luciana Ortega, Carla Pollacchi, Andrea Czarny, Victoria Facio, Flavia Vilar, Sofía Bonangelino y Mariana Brangeri. Diseño de luces: Hernán Veteramo. Diseño de maquillaje: Sabrina Merayo. Dirección: Guillermo Angelelli. Duración: 75 minutos. En El Excéntrico de la 18°, Lerma 420 (4772-6092), los sábados y domingos, a las 21.
Nuestra opinión: muy bueno
Es curiosa y a la vez inquietante esta propuesta de Guillermo Angelelli, que ingresa en el mundo de los ciegos no para reproducir la vida o los conflictos de los no videntes, sino para contar la situación que viven los habitantes de un barrio que, a causa de una lluvia contaminante, perdieron la vista.
Esta intromisión en la vida cotidiana de los vecinos de La Ceguera es una mirada indiscreta, casi impúdica, de una realidad que, por desconocida, resulta perturbadora y al mismo tiempo atrapante.
Los personajes son coreutas de un des-concierto y a la vez son protagonistas de un drama en el que no están ausentes el sufrimiento y la agonía personales. La presentadora o conductora es tuerta y viene a ser, por esta condición, como la guía del vecindario.
Sus voces tienen la misma distorsión que el mundo visible, que cada día, para ellos, va perdiendo la nitidez de sus contornos para transformarse en una imagen lejana e inaccesible. Pero esas voces adquieren mayor relevancia cuando cada uno empieza a contar su historia.
Hay momentos de un conmovedor patetismo y otros de una violencia desgarradora, como la que presentan las hermanas Fatídicas, víctimas conscientes de un sangriento juego, aparentemente infantil.
Con el pincel en la mano
Dentro de este lineamiento que escapa de una estructura argumental convencional, Guillermo Angelelli se detiene en la composición visual de las imágenes, alcanzando una estética conmovedora al utilizar los cuerpos de los actores entremezclados en la luz, la sombra y la penumbra.
También es oportuno el apunte musical, que da un marco sonoro apropiado con apenas unos compases de "Zamba para la tierra de uno", de María Elena Walsh, y el coro "Va pensiero", de "Nabucco", de Verdi. Campo auditivo al que se suman los sincronizados golpes de bastones.
Sumándose a estos logros, es notable el trabajo del elenco (22 personas en escena), con una composición de personajes extrañamente fellinescos, donde hay una fuerte presencia de la ceguera, pero también una deformación especial de los rostros que coloca a las criaturas en un submundo tenebroso.
Pero todo este resultado, aparentemente muy cercano a una visión goyesca, queda atravesado por la hechura plástica que resta valores morbosos para instalarse en una línea de sugestiva belleza.






