El teatro Espacios: la inolvidable movida ochentosa de Palermo

Batato Barea y Vivi Tellas, en Actos de Pasión (1986)
Batato Barea y Vivi Tellas, en Actos de Pasión (1986)
Pablo N. Waisberg
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12 de mayo de 2020  • 19:13

China Zorrilla regresó con una pequeña bandeja y me convidó con un té, el de las cinco. Apenas rebotaban los reflejos del otoño del 82 en el living de su departamento de la calle Uruguay. Yo había cometido la audacia de invitarla a ser parte del abono doble de inauguración de Espacios, el teatro y centro de actividades creativas de Bulnes 1350, donde, con Adela Goldberg, nos proponíamos despertar de la modorra a Palermo Viejo apelando a una programación inédita . Fue esa tarde cuando, casi tímidamente, China me preguntó si desde la dirección artística yo me arriesgaría a dejarles probar -a ella junto a Carlos Perciavalle-, una propuesta que los tendría sentados, solo leyendo y -me advirtió- "aun algo peor": "En algún momento, vamos a cantar. Y ni Carlos ni yo sabemos hacerlo".

Veinticinco años más tarde, el 3 de octubre de 2007, en las vísperas de un nuevo reestreno de la obra de Mark Twain con la que compartimos el lujo de aquella inolvidable y exitosa aventura ochentosa -esta vez en el Teatro El Nacional-, era así como ella la contaba en una entrevista de La Nación: "En uno de mis viajes a Nueva York vi El diario privado de Adán y Eva y, de inmediato, me dije que deseaba participar de una puesta en escena en Buenos Aires. Pasó algo de tiempo y le dije a Carlos [Perciavalle] que deberíamos hacerla aquí, en Buenos Aires. En 1982, debutamos con la pieza en el Teatro Espacios, luego pasamos al Liceo, donde la representamos durante varias temporadas, y finalmente la llevamos a Punta del Este, siempre con gran éxito de público."

El abono se completó con Alfredo Alcón y sus poemas (Lorca, Machado, etcétera), Pepe Soriano y El loro calabrés; y un recital del Cuarteto Zupay, para el que debimos reservar una butaca que ocupó un inspector del Ministerio del Interior, cuya misión era tildar la correspondencia de lo cantado con lo anunciado en el programa. No fuera cosa que se infiltrara María Elena Walsh con su "Canción de cuna para un general". Es que cuando se produjo la inauguración de Espacios, el 30 de junio de 1982, apenas habían pasado 16 días desde la rendición en las islas Malvinas. Con Daniel Rabinovich como padrino y Facundo Cabral y Hugo Varela como anfitriones en la previa , la avalancha de estrellas, espectáculos y acciones creativas de calidad en varias disciplinas, disparó una estupenda e imparable repercusión en el público y hasta un reconocimiento de la revista Summa , en su ranking internacional, por la excelencia del diseño -café francés incluido- felizmente concebido por el amigo y arquitecto Roberto Converti.

Juan José Campanella con Fernando Castets presentaban sus obras off Corrientes y Como en las películas , Lizardo Laphitz dirigía Ceniza , con Emilia Mazer y obtenían el Premio Moliere. Manuel Iedvabni dirigía El círculo de tiza caucasiano , de Bertolt Brecht. Santiago Doria traía La pucha , de Oscar Viale, con Anahí Martella y Miguel Ángel Diani, seleccionada para el Festival de Nancy. Se presentaba Chau Misterix , de Mauricio Kartun. También se sumaba como director Agustín Alezzo. Y Rubén Szuchmacher dirigía a Marga Grajer cantando La voz humana , de Cocteau. Desde el Colón llegaba también Emeterio Cerro, con La juanetarga , explorando lenguajes no convencionales. Mientras, Fidel Moccio, con Ana Itelman en danza y Julio Ordano en juegos dramáticos, desarrollaban un ciclo disruptivo para la época: El despertar del proceso creativo . Y Norberto Levy ponía en acto su cautivante invitación a conectarse con El asistente interior .

Para los más chicos, Carlos Martínez traía El teatro negro de Salta y Walter Yonsky sus hallazgos del cancionero latinoamericano. Y para adultos, entre tantos otros, Patricio Esteve presentaba Toda luna es atroz . Y Gabriela Acher, Humor se escribe con Acher . También pasaron, en distintos roles y proyectos, Daniel Marcove, Mario Schajris, Daniel Melero, Saúl Cherro, Roberto Zlochisti, Nora Iniesta, Hugo Paredero, Ana Quiroga, Laura Falcoff, Jean Pierre Noher, Juan Freund, Alicia Dolinsky, Gastón Breyer, Guillermo de la Torre, María de Cousandier, Ricardo Carrizo, Elba Degrossi, Lía Jelín, Patricia Echegoyen, etc. Y coordinados por Gustavo Giordano descollaron, entre muchos, el Quinteto Tiempo, Jaime Torres, Esteban Morgado, Suna Rocha, Raúl Carnota, y también grupos de rock, de música andina como Mitimaes y de música de la India. Las provocaciones avanzaban desde las nuevas corrientes, tanto entre los performers teatrales, con Vivi Tellas y Batato Barea, por ejemplo, haciendo Actos de pasión y El escándalo de la serpentina , como entre los que venían ya arrasando desde la plástica, con Guillermo Kuitca, Marcia Schvarz, Juan José Cambre y Jorge Gumier Maier a la cabeza.

A 38 años de su creación, poner en valor la movida ochentosa de Espacios sirve también para actualizar y darle sentido a la fuerza del deseo y a la pujanza inclaudicable desafiando tiempos difíciles, cuando la convicción, el compromiso y la perseverancia, siguen siendo determinantes para crear faros clave de irradiación de arte y cultura, como el que significó aquella maravillosa historia de la calle Bulnes (hoy rediviva, con otra fachada y bajo el nombre de Auditorio Cendas) que Alfredo Alcón, como protagonista y uno de los íconos insoslayables del espíritu del lugar, solía recordar desde tres episodios que hoy lo siguen pintando de cuerpo entero. El primero, cuando horas antes del debut, me confesó su pesadilla de la noche anterior, en la que ya frente al público, advertía que se le habían olvidado y desdibujado, hasta hacerse absolutamente ilegibles, los textos de los poemas que tenía en su atril como ayuda memoria y que, en medio de su desesperación, no había encontrado nada mejor que desmayarse en pleno escenario. El segundo, cuando después de la última función de abono -ambas habían resultado espléndidas- le propuse continuar en temporada en Espacios y me preguntó, con absoluta franqueza, si creía que todavía quedaba gente con ganas de verlo. Solo hizo falta darle aviso a la prensa y las interminables colas por las entradas no solo fueron la mejor respuesta a su duda. También le resolvieron, al menos por un tiempo, la amenaza de nuevas pesadillas. El tercero, cuando como resultado del desbordante interés del público por escucharlo, aceptó ubicar en el escenario, sentados junto a él en almohadones, a quienes no hubieran conseguido butaca en la platea. Postales de una época. Inolvidables. Porque, qué duda cabe, hablan de nosotros. Y de algo que nos ayuda a recordarnos fabricando juntos buenos momentos para la gente. No es poco.

Anahí Martella, en La pucha (1982-83)
Anahí Martella, en La pucha (1982-83)

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