
“No por ser el hijo de Casero puedo hacer cualquier cosa”
A boca de jarro: Nazareno Casero
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Nazareno, una gran revelación decía en septiembre de 1997 un título de LA NACION referido a su debut cinematográfico en Buenos Aires viceversa, de Alejandro Agresti. Entonces, el hijo del actor Alfredo Casero tenía sólo 11 años y se revelaba con su interpretación de Bocha, un chico de la calle que acompañaba a la protagonista, Laura (Vera Fogwill), por la ciudad.
Después de esa experiencia y de otras, como los programas Cha cha cha y Culpables (por el que fue nominado al Martín Fierro), Nazareno Casero llegó ahora a la avenida Corrientes para subirse al escenario del teatro Concert todos los fines de semana junto con su padre y con Rodolfo Samsó (más conocido como Alacrán) en Casero, la opción de barrio. Una serie de cuadros a la medida de sus hilarantes intérpretes, si algo demuestra el espectáculo es que Nazareno comparte con su padre cierto don: basta con que se pare ahí, frente al público, para hacer sonreír, sin necesidad de mucho más.
"Acá no es que cada uno trabaja y después se va a su casa –explica, relajado, minutos antes de la función–. Este es un grupo de amigos. Conozco a todos y todos me conocen a mí. Cuando mi viejo hacía Sólo para entendidos, de cuatro fines de semana yo venía a verlo tres. Me siento cómodo: laburo en varias partes de la obra; estoy al principio, después cuento un chiste... Aparezco lo suficiente..."
–No de más...
–Claro, hasta ahí. Además, el espectáculo me gusta porque todas las semanas cambia. Amigos que me vinieron a ver vuelven otro día y me dicen: ¡Es otra cosa! Siempre estamos preparando algo nuevo. La base es la misma, pero decimos cosas diferentes. A veces lo llamo a mi papá, le pregunto qué le parece si hacemos esto o lo otro y él me dice: Dale, dale... Pero no improvisamos sin base, porque si empezás a tirar fruta y la gente no se ríe, estás hasta las manos. Los veo a papá y a Rodolfo y pienso: ¿Qué van a hacer ahora? Me cuesta no reírme cuando estoy en el escenario con ellos. Ayer, por ejemplo, Rodolfo rompió el bombo que toca en una parte y yo no sabía dónde meterme.
–¿Es difícil seguirlos?
–No sólo para los actores, también para la producción. Por ahí, un día a mi papá se le ocurre pedir un sifón quién sabe para qué y hay que conseguirlo. Por eso, ahora, detrás de bambalinas hay de todo: sifones, cornetas... de todo.
–¿Cuándo debutaste?
–A los 9 años, en un show de mi viejo con su banda, la Halibour (Fiberglass Sereneiders), en el teatro Opera. Delante de 2000 personas, me levanté y recité una poesía. Lo raro es que en el momento no me di cuenta, pero después me moría de nervios.
–¿Además de actuar, también hacés música, como Alfredo?
–No, yo no toco. Pero tampoco soy actor, ¿eh?: soy aprendiz. Me gusta decirlo así, estoy aprendiendo
–¿Con la idea de seguir?
–No sé muy bien qué quiero hacer. Por ahora, estoy agradecido a Dios, o a quien sea que haya que agradecerle, de que un pibe de 17 años tenga la posibilidad de laburar en teatro y de tener un par de propuestas para cine. Eso ya me parece muy importante. Después, me falta un largo trecho por recorrer, para mejorar.
–Desde arriba, ¿se ve al público?
–Yo me olvido. Estoy ahí, con quien me toque, trabajando. Quizás en alguna parte en la que le toca hablar a Rodolfo solo, me corro a un lado y entonces, sí, llego a ver a la gente y tomo un poco de conciencia. Pero trato de no hacerlo, justamente por esa razón: cuando tomás conciencia, reculás. Pero, bueno, por otro lado cuando la gente se ríe es gratificante, significa que estás haciendo las cosas bien.
–¿Te han hecho críticas?
–Yo, antes que nadie. Soy muy autocrítico, me doy con un caño. Y no sólo en esto: también miro una foto familiar y digo: ¡Pero mirá qué cara de...! Por eso, trato de reforzar todo, de hacer todo un poco mejor. Sé que me faltan miles de kilómetros y que la mejor manera de aprender es mirar. Además, nunca estudié teatro: mi viejo es mi maestro.
–¿Te contagia sus tics?
–Algunas cosas tengo. Incluso puedo llegar a robarle algo. Es mi papá: más allá de que es mi maestro, lo veo en casa, comemos juntos, convivimos. Me gusta mucho laburar con él. Y eso que me dice de todo, ¿eh?, me pone límites. No por ser el hijo de Casero puedo hacer cualquier cosa. Pero arriba del escenario sí me da lugar para inventar y me sigue a muerte. Por verlo desde chico en teatros y estudios, más o menos aprendí ese sistema. Resulta, aunque no ensayemos mucho porque mi viejo vive la mitad de la semana en Puerto Madryn.
–Debe ser cada vez más cómodo...
–Como una zapatilla nueva. El primer día, te duele la pata, pero después se va amoldando. Mientras tanto, yo me sigo subiendo al escenario... ¡y que tiren piedras!
Rawson
Vive solo, en el Barrio Rawson, en el triángulo delimitado por la Facultad de Agronomía, la avenida San Martín y el Club Comunicaciones, de cuyo equipo de fútbol es hincha. "Antes lo seguí a todos lados, todos los sábados. Pero ahora no puedo porque trabajo acá –explica–. No era socio, pero la verdad es que con los chicos habíamos hecho un agujero en el alambrado. Lo cerraron y tuvimos que abrir otro. Es un club increíble, grande."






