Pinti, el intérprete del mal humor
"Candombe nacional", de y por Enrique Pinti y elenco. Música: Alberto Favero. Vestuario: Renata Schussheim. Escenografía y luces: Lino Patalano. Coreografía y dirección general: Ricky Pashkus. Teatro Maipo.
Nuestra opinión: bueno.
Enrique Pinti emprendió, hace ya tiempo, la ardua tarea de soportar sobre sus bien acolchados hombros la responsabilidad de ser el intérprete del mal humor de los argentinos. Un mal humor más que justificado, a la luz de los desaciertos acumulados en los últimos tiempos por sucesivos elencos gobernantes ("desgobernantes", cabría decir), pródigos también en "bloopers" de variado calibre. Cuando Pinti estrenó, a comienzos de 2000, "Pericón.com.ar", la administración De la Rúa daba sus primeros pasos y el cómico aseguró, al final del espectáculo: "Si creés que con los que se fueron me he quedado sin libreto, estás muy equivocado". Tenía mucha razón; más, tal vez, de la imaginada por él en ese momento.
A esta altura, el fenómeno Pinti merece no sólo la atención del cronista de teatro, sino también -quizá, sobre todo- la de sociólogos, psicólogos y politólogos. Este mismo diario dedicó, en su edición del domingo último, una nota especial, dentro del área de cobertura política, al debut del cómico en el Maipo, poniendo el acento en las reacciones del público. Nota que casi exime de describir aquí lo que pasa en el escenario. "Candombe nacional" reitera el acostumbrado esquema de la revista porteña: números de canto y baile alternando con los de letra, el plato fuerte de la velada. Si en algo se diferencia de sus antecesoras, es en la oportuna intervención de Ricky Pashkus como eficaz director general, con diestra utilización del espacio. No en vano Pashkus es un distinguido coreógrafo.
Luces y algunas sombras
Pinti es digno heredero de una tradición antiquísima de sátira política y comentario de actualidad, con antecedentes en la Roma imperial, y aún más remotos. En el ámbito local, desciende del legendario Pepino el 88 y del inefable Pepe Arias, formadores del canon de este género. Pero tiene su estilo muy personal, que lo diferencia netamente de la elegancia mordaz de Tato Bores, de la sutil perversidad de Gasalla y de la frivolidad ornamental de Perciavale. Pinti representa, con su hablar pasmosamente veloz y el metralleo implacable de las palabrotas, el sentido común de las charlas de café entre amigos o conocidos. Con agudeza e ingenio, capta el sentimiento popular frente a los desmanes y los disparates del poder, y reproduce la forma verbal cotidiana con que ese sentimiento se expresa. Es capaz de multiplicarse en personajes variados y entrañables, pero no se diluye en ellos sino que permanece centrado en sí mismo, en su corpachón -tan ágil, sin embargo- y en su porteñismo esencial.
De ahí se derivan sus virtudes, que son muchas, y algunos defectos, que son pocos pero que, al reiterarse en los últimos años, merecen señalarse. Pinti tiene irrefrenable tendencia a ser didáctico (por algo es maestro normal): no deja que el espectador saque conclusiones, le impone las propias, con un índice en ristre.
Sin duda, otorga voz a lo que ese espectador está pensando, pero no le propone otro ángulo distinto desde el cual contemplar la realidad (sería injusto no reconocer, sin embargo, la sensatez de su advertencia en cuanto al riesgo de desvirtuar los cacerolazos a fuerza de repetirlos sin ton ni son). E incurre en una peligrosa (desde el punto de vista artístico) asunción de la rabia como componente básico de su discurso: se enoja de veras en el escenario, hasta perder -en parte- el control indispensable que el actor debe ejercer sobre sí mismo, en tanto encarna una mentira que, no obstante, dice una verdad. Y es a esa verdad a la que responde con entusiasmo el espectador, arrastrado por el carisma de Pinti, su indudable autenticidad, su gracia tan personal.
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