Plásticos en escena: algo peligroso

Ernesto Schoo
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17 de mayo de 2003  

La columna del 12 de abril último se ocupó de los pintores que mostraban en sus telas, o bien escenas de obras de teatro, o bien las intimidades del escenario, esa parte de la representación que permanece oculta para el espectador.

Se hablaba allí de Degas y de Toulouse-Lautrec como los mayores exponentes del género, apenas cultivado entre nosotros por Thibon de Libian, Alberto Rossi y no muchos más. Cabe hoy referirse, someramente, a la intervención directa de los artistas plásticos en la actividad teatral, en la condición de escenógrafos o decoradores.

Los antecedentes históricos abundan. El célebre crítico francés Pierre Francastel encontró pruebas concluyentes de que los espectáculos medievales -misterios, alegorías y cortejos principescos- derivaban sus puestas en escena de la imaginería religiosa: miniaturas, códices, frisos esculpidos, retablos y, en su momento, la pintura al óleo.

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¿Qué es el retablo grandioso del Cordero Místico, de los hermanos Van Eyck, en la iglesia de San Bavón, en Gante, sino una soberbia representación teatral? Lo mismo ocurría con las Anunciaciones, las Natividades, el Vía Crucis y los martirios de los santos.

El Renacimiento continuó la tradición: Leonardo da Vinci fue creador y concertador escénico de las grandes ceremonias en la corte de Ludovico el Moro, duque de Milán, y Rafael y hasta el huraño Miguel Angel aportaron lo suyo a otros tantos príncipes de la época.

En tiempos barrocos, la familia Bibiena se dedicaba por igual a pintar frescos en los palacios de los poderosos y decorados -complicadísimos- para el teatro. En el siglo XIX, Ludwig de Baviera encargaba a los escenógrafos de sus teatros, en Munich, el diseño de sus fastuosos castillos y la decoración de sus salones.

Un poco más cercano aún, el legendario Serge de Diaghilev llamó a los pintores más notables de comienzos del siglo XX, Picasso incluido (el telón de boca de "Parade", los decorados y los trajes de "El sombrero de tres picos"), para ambientar las creaciones de sus Ballets Rusos.

Hacia 1960, Marc Chagall creó, para el Metropolitan de Nueva York, una "Flauta mágica" de indiscutible belleza cromática pero que, según los críticos, abrumó un tanto el desarrollo escénico. El artista plástico que mejor se ha entendido con el teatro, en nuestra época, es el inglés David Hockney, de quien hace dos años se vio una bellísima "Turandot" en el Argentino de La Plata.

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El ejemplo más próximo que tenemos los argentinos es el del gran pintor Héctor Basaldúa, escenógrafo titular del Teatro Colón durante casi treinta años. Raúl Soldi también hizo decorados para numerosas películas argentinas, y para una "Bohéme" en Colón, y "Las mujeres sabias", de Moliére, en el San Martín.

Hace poco se vio en el San Martín una polémica versión de "La casa de Bernarda Alba", con escenografía -no muy feliz, en mi opinión- del pintor Guillermo Kuitca. En realidad, más que una escenografía propiamente dicha era la reproducción, en escala gigantesca, de una de sus pinturas.

Ese es, justamente, uno de los problemas que surgen cuando se lleva a escena el boceto de un pintor, por muy célebre que sea: ¿cómo ajustarlo a las dimensiones y las necesidades del escenario, teniendo en cuenta las muchas, complejas leyes que gobiernan la mecánica teatral? En los talleres de escenografía de los grandes teatros están los técnicos especialistas, capaces de adecuar los esbozos -a menudo magníficos desde el punto de vista cromático, o de la originalidad visual- a las exigencias de la realidad.

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