
Puesta creativa para "Idomeneo"
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Representación de "Idomeneo, re di Creta", "dramma per musica" en tres actos K. 366 (1781), con música de Wolfgang Amadeus Mozart y libreto de Giovanni Battista Varesco, sobre "Idomenée", de Antoine Danchet. Con bailarines del Cuerpo Estable, Coro (dirección: Miguel Martínez) y la Orquesta Estable del Teatro Colón dirigidos por Steuart Bedford. Régie y coreografía: Alejandro Cervera; escenografía: Jorge Ferrari; vestuario: Mini Zuccheri; iluminación: Eli Sirlin. Cantantes: Raúl Giménez (Idomeneo), Patricia Gutiérrez (Electra), Adriana Mastrángelo (Idamante), Laura Rizzo (Ilia), Ricardo Cassinelli (Arbaces), Lucas Debevec Mayer (voz de Neptuno) y Gabriel Renaud (Gran Sacerdote). En el Teatro Colón. Irá, además, los días viernes 14, domingo 16, miércoles 19 y viernes 21.
Nuestra opinión: muy bueno
Resulta reconfortante ver representada en nuestro primer coliseo una ópera de la importancia de "Idomeneo" con la dignidad que merece, con innovadora creatividad e imaginación que no desnaturalizan el mensaje mozartiano, en una temporada lírica que registró altibajos notorios.
"Idomeneo" llega a escena con claro y certero sentido del espectáculo, pero también con buenas voces, un elenco parejo al que se suma un coro bien manejado y un grupo de bailarines que garantizan plasticidad y movimiento en la escena, que de otra manera hubiera pecado de estaticidad.
Completa el cuadro una escenografía escueta, geométrica, sin despliegues costosos, con el apoyo de diapositivas y buen manejo del color y la iluminación.
Es preciso aclarar que se trata de "ópera seria", de capital importancia en la carrera de Mozart ,un punto de partida decisivo por su fuerza dramática, síntesis de todos lo esfuerzos anteriores en materia de lenguaje orquestal, de expresión vocal y coral.
"Idomeneo" es, así, una expresión intensamente dramática tratada con absoluta libertad, que conlleva un cambio fundamental en más de un sentido, sobre todo en la emancipación respecto de los recitativos acompañados con clave y en las canciones confiadas a sus personajes, en las que se descubre el carácter de cada uno de ellos. Para no pocos especialistas, se trata de la introducción de cambios revolucionarios antes que reformas.
Transparencia orquestal
Se advierte en todo el desarrollo de la ópera de Mozart una fluidez antes desconocida, una elaboración musical que evidencia intención aguda y trazo seguro, con claro propósito dramático. De ello dio cuenta, desde el comienzo, una orquesta coherentemente dirigida por Steuart Bedford desde la medulosa obertura, gracias a lo cual el espíritu del compositor estuvo presente en toda la representación. El sonido orquestal se mantuvo parejamente equilibrado, sin densidades que comprometiesen su transparencia, y lo mismo ocurrió entre el foso y la escena.
Con un elenco de voces parejo, en el que cada cantante estuvo bien compenetrado del carácter de su personaje, y con papeles muy expuestos en arias extensas, "Idomeneo" tuvo en Raúl Giménez un protagonista en la cúspide de su rendimiento interpretativo. Sus intervenciones tuvieron el sello de la personalidad y el señorío escénico de los grandes cantantes, con voz potente, nítida, rica en matices y sin fisuras. Giménez se mueve en la escena con absoluta naturalidad, aun en los pasajes más exigidos, en los que Mozart no ahorra exigencias vocales para sus personajes. Escenas como las del encuentro con Idamante -su hijo- o sus diálogos con Arbaces fueron dichas no sólo con convicción, sino, además, con humano realismo. El tono de su voz y su gesto estuvieron impregnados del sombrío peso de la culpa y la fatidicidad de un destino inexorable marcado por los dioses que, por otra parte, los brillantes recursos escenográficos se encargaron de enfatizar con apariciones de monstruos amenazantes.
En cuanto al papel de Idamante, en tiempos de Mozart cantato a un "castrato", fue aquí confiado a la excelente soprano Adriana Mastrángelo, que se desempeñó con suficiente holgura y agilidad vocal, impecable en todo su registro, unida a una clara solvencia actoral. Su Idamante fue convincente en la conmovedora aria "Iré..." ( Andró ramingo e solo.. .) y palpitante de fervor amoroso por Ilia (Laura Rizzo), quien, a su vez, comunicó una vibración rica en sensibilidad emotiva a su personaje, y ello ocurrió desde su aparición en el primer acto, en el que relata su desventurada condición de princesa troyana cautiva. En "Se il padre perdei..." su línea de canto tuvo acentos de convincente ternura, como al comienzo del acto tercero.
Un carácter bien definido tuvo el personaje de Electra (Patricia Gutiérrez) en cuanto al dramatismo que en todo momento comunicó su gesto y su voz, si bien en el sector agudo -en el primer acto- ésta no alcanzó a tener parejo grado de nitidez expresiva. Particularmente expresiva fue la escena de su furia final ante la resolución del conflicto adversa a sus fines.
Aunque en un papel secundario, Ricardo Cassinelli asumió su Arbaces, amigo de Idamante, imponiendo en largos recitativos su experiencia y su consumado oficio, con innegable desempeño actoral.
Concentrada fuerza dramática
Una escena ampliamente lograda fue el gran cuarteto del acto tercero, que con concentrada expresión y fuerza dramática cantaron Giménez, Gutiérrez, Rizzo y Mastrángelo. La voz tonante del Lucas Debevec-Mayer, como oráculo del dios Neptuno, se hizo oír con graves acentos para dirimir la grave situación planteada ante el sacrificio de Idamante. En una breve intervención, Gabriel Renaud (que reemplazó en esta oportunidad a Carlos Duarte) cumplió su papel de gran sacerdote de manera convincente.
Sin duda alguna, la concepción del talentoso Alejandro Cervera, en su doble condición de "regisseur" y coreógrafo, dio especial dinamismo a la escena, que de otra manera hubiera estado desprovista de visualidad atrayente. El eficacísimo cuerpo de bailarines -con excelente preparación física- que dio expresión a sus ideas, con un vestuario cuyo diseño y color en cada situación subrayaron el carácter y el ritmo de la acción, contribuyó, asimismo, a darle a ésta la fluidez que la dramaturgia de Mozart requiere. Singular sugestión tuvieron el sigiloso paso del dios Neptuno en algunos momentos de la obra y el empleo de diapositivas cuyas figuras parecieron surgidas del entusiasmo narrativo por las islas griegas de un Jean Giono, con un colorido que coincidió en cada momento con el tono emocional de la acción.
Fueron realmente impresionantes las apariciones del monstruo del mar, elevado sobre la escena, y con un atavío rojo que llega a cubrirla por completo como manifestación de un terrible y amenazante poderío, y las del dios Neptuno en el tercer acto.
Otro aspecto de indudable eficacia fue la intervención del coro en escenas cruciales de la ópera, con gestos que tuvieron reminiscencias del coro griego, si bien en algunos momentos -en el primer acto- se advirtió cierto desfase con los tempi indicados desde el podio.
Por la concepción de la puesta en escena, las voces, el dinamismo y la fluidez logrados por una régie unida a una batuta autorizada, "Idomeneo" constituye uno de los mejores espectáculos de la temporada.






