Variaciones sobre un desnudo
Todo Buenos Aires habla hoy del desnudo completo (así lo parece, al menos) y frontal de Lucrecia Capello en la polémica versión de "La casa de Bernarda Alba" presentada en el San Martín por la directora Vivi Tellas.
Después de los pioneros de "Hair" y "¡Oh, Calcuta!", treintaitantos años atrás, y de su numerosa descendencia, nadie, o muy poca gente, se escandaliza en estos tiempos por un desnudo en escena, incluyendo el masculino, comúnmente considerado más ofensivo. Ni siquiera un público tan pacato como supo serlo el nuestro, que presenció tranquilamente, en la temporada anterior, la carencia total de ropas -muy casta, por cierto- en la pareja joven de "El juego del bebé", de Albee, en el Maipo. Aunque contemporáneamente las autoridades de Santiago del Estero olfatearon azufre en una situación similar, en "El cartero", de Skármeta, y aplicaron una censura que, por suerte, hizo reír al resto del país.
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En su espléndido, indispensable tratado sobre "El desnudo", el famoso crítico escocés sir Kenneth Clark afirma: "Ningún desnudo, no importa cuán abstracto fuere, deja de suscitar en el espectador algún vestigio de erotismo, aunque sea la más leve sombra; y si no lo hace así, se trata de arte malo y de falsa moral".
Sir Kenneth se refiere exclusivamente a las artes plásticas, donde el medio empleado, pintura, mármol, bronce, marca una distancia entre el contemplador y el objeto contemplado, dentro de la cual caben los pretextos de la belleza pura, de la gracia de las formas, etcétera. Muy distinto es el caso del teatro, con la presencia real, física, concreta e inmediata del actor.
Hasta en el cine manifiestamente pornográfico existiría la posibilidad de argumentar una imaginaria neutralidad del ojo que mira. Pero el escenario impone una realidad ineludible: he ahí un cuerpo desnudo que se mueve, respira, acciona, se muestra públicamente ante cientos de personas que fueron educadas en el estricto pudor cristiano. De paso, conviene subrayar la trascendencia del desnudo en movimiento: la clásica revista musical, con sus coristas apenas cubiertas por plumas y lentejuelas, en sus comienzos exigió la inmovilidad de las mujeres, como estatuas, para evitar el cargo de exhibición indecente.
Esa misma proximidad -física y psíquica- implica, sin embargo, un correlato importante. El ejemplo más a mano es el de la hoy extinta La Organización Negra. Esa decena de cuerpos masculinos completamente desnudos, en movimiento, lejos de connotar "la más leve sombra" de erotismo, mostraba lo vulnerable de la envoltura humana, la inminente caducidad de criaturas acaso bellas pero inevitablemente mortales y sometidas a la entropía de toda la materia orgánica. Hablaba de la muerte y no del sexo.
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Y es ese sentimiento el que tal vez predomina en la consideración del famoso desnudo de Lucrecia Capello en "Bernarda Alba", que la actriz sobrelleva con notable dignidad.
En la medida en que las artes plásticas abandonaron hace mucho el criterio de belleza ideal sobre el modelo griego, ya no se trata de sensualidad sino de expresividad. En el escenario de la Sala Coronado lo que se ve es, al natural, en la vida real, y ya no en la tela, un magnífico desnudo pintado por Lucien Freud, cuya visión casi estereoscópica no perdona una arruga, una mancha en la piel, un achaque.
Aquí caben dos preguntas: ¿es soportable la visión directa, sin intermediación del arte del pintor, de un desnudo de Lucien Freud? (¿o de Francis Bacon, con sus hombres deformados y desollados?). Y, sobre todo, ¿es necesario mostrar desnuda a la Abuela? ¿No bastan los parlamentos que Lorca puso en su boca para reconocer su naturaleza dionisíaca? Pero esta columna prefiere ser fiel a la consigna de no incursionar en la crítica y se limita a dejar flotar sus interrogantes.
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