Veinte años de sonrisas
La "banda" de teatro surgida del off porteño en los años 80 festeja hoy su aniversario con un sainete musical policial, compuesto por Kevin Johansen
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Así como Batman, Hijitus y otros "grandes" de la historieta, los Macocos tienen su propia jerga. Por eso denominan a su espectáculo como un "policial musical macocal". Y es un juego al que se prestan miles de jóvenes y ya no tan jóvenes, que los siguen desde que debutaron en 1985, en el bar Locos de Buenos Aires. Ellos son Daniel Casablanca, Martín Salazar, Gabriel Wolf y Marcelo Xicarts. Este nuevo trabajo se titula "Súper Crisol (Open 24 horas)", y lo comparten con ocho artistas provenientes de la comedia musical. Desde 1998 son una carta fija en la programación de los teatros oficiales, por eso estrenan en el Teatro Presidente Alvear.
No es la primera vez que se meten con el género musical ni con otros artistas en escena. Ya lo habían hecho con "Androcles y el león" y "Fábula de la princesa Turandot". Hicieron el casting ellos y de ahí aparecieron los nombres de Walter Canella, Viki Almeida, Jorge Maselli, Mariano Rey, Cecilia Códega, Cleria Zangari, Karina Darino y Fernando Avalle. Además, tienen un conjunto de tres músicos, organizado por Kevin Johansen, todos dirigidos por el quinto macoco: Javier Rama. Cuando hay producción, hay producción. "Trabajar con el Complejo (Teatral de Buenos Aires) te da la posibilidad de hacer una producción grande. Uno sueña sin límites lo que quiere hacer", dice Casablanca, el macoco petiso.
"Uno viene acá y propone: veinte bailarines, una orquesta, 70 góndolas... Después, los productores te reubican y te dicen: «Tenemos ocho bailarines, tantos músicos, seis góndolas...» Ahí es cuando orientamos la imaginación hacia la producción que tenemos", agrega Marcelo Xicarts, el macoco grandote.
"Super Crisol..." es también parte de la inquietud del grupo por la investigación histórica del teatro. Esta vez, decidieron revivir el sainete en su forma lírica, pero readaptada a las formas actuales. "Hace muchos años que tenemos la idea de hacer un sainete. Desde «Los Marrapodi» nos dimos cuenta de que era el género que más nos cuadraba y en el que confluían las razas. Hoy también pueden confluir distintas razas y nacionalidades. Antes, estos personajes se movían en el lugar donde vivían. Ahora, en el lugar donde laburan... y donde, casi viven. Esa es la gran diferencia. Sus problemas eran relacionales y ahora son laborales. Entonces decidimos hacer un musical porque teníamos ganas de volver a una estructura de show que hace tiempo que no trabajamos", explica Martín Salazar.
Y fueron muchos meses investigando historias de inmigrantes y husmeando en sus problemáticas. "Siempre es igual. El que viene de afuera llega escapándose. Pero cuando llega, creyendo que es el paraíso, se encuentra con las dificultades culturales, de idioma o con el racismo", comenta Casablanca. El tema del racismo también fue tratado con humor y autocrítica en el multipremiado musical norteamericano "Avenue Q". Uno de sus temas principales es "Todos somos un poquito racistas". "Los bolivianos y peruanos que venían para mandar plata a su país quedaron anclados sin poder regresar por el cambio monetario. Se desarraigaron totalmente. Los chinos ya no vienen a la Argentina para pasar a los Estados Unidos. Ahora vienen los de China continental, que siempre quieren regresar y les cuesta mucho más la adaptación", explica Xicarts.
Esta tipología de personajes circula por el supermercado chino Super Crisol, cuyo dueño es inducido a abrir las veinticuatro horas, por codicia. Pero allí se sucede una serie de asesinatos, que son investigados por cuatro extraños detectives. Los personajes son variopintos: el verdulero es un travesti paraguayo; el carnicero, un rumano ciego, y el repositor y guardia de seguridad del comercio es un argentino de esos que dan vergüenza. "Todos se culpan entre ellos, sobre todo porque el otro es diferente. Pero ninguno hace una lectura de que puede haber tenido culpa. Era un riesgo cómo burlar razas que no son propias, qué derecho tiene uno de hacer eso. Pero la idea es hacerlo desde un humor sano, inteligente y de responsabilidad para todos. No se salva nadie, aunque al argentino le damos una vueltita más porque nos sentimos con más derecho de castigarlo", explica Casablanca. "El argentino ejerce discriminación indiscriminada, quiere deshacerse hasta de todos los argentinos. En Buenos Aires, el margen de lo legal y lo ilegal es muy borroso", agrega Xicarts.
Pero este supermercado puede ser visto sólo como tal por algunos y como un mundo o un país por otros. Porque Los Macocos no es un grupo que se queda con una sola lectura simple. "Estuvimos investigando un poco de filosofía y esto borroso tiene que ver con el auge del modernismo, porque uno creía en el progreso. Hoy en día esto no existe. Vos tenés un amigo en la secundaria que se llama Adrián Suar, que nunca estudió nada y, de repente, es una estrella. Lo que pasa con el posmodernismo tiene que ver con eso. No hay un progreso o una industria donde vos pensás que podés llegar a adquirir ese sueño. Hoy si agarrás ese sueño es por casualidad", explica Salazar. "O a fuerza de trabajo", agrega Gabriel Wolf.
Fórmula infalible
Su fórmula es el despliegue de un humor con ingenuidad e ironía, utilizando técnicas de clown y varieté. I Incorporaron el rock, los efectos especiales y las proyecciones. Son egresados del Conservatorio Nacional de Arte Dramático y, cuando empezaron eran tres: Casablanca, Salazar y Joaquín Romero, hoy fallecido. Siguieron "Macocos Chou", "Macocos, mujeres y rock", "Macocos, adiós y buena suerte", "Macocrisis", "La fabulosa historia de los inolvidables Marrapodi", "Los Albornoz" y "Continente viril", entre otros. Veinte años juntos. Algunos de sus seguidores del Centro Cultural Rojas ya son padres de familia. "Brindar un gran espectáculo es una manera de festejar el cumpleaños con el público. Hay gente que nos sigue a todos lados desde hace muchos años", dice Salazar. "Seguimos porque la gente se divierte y nosotros también", agrega Xicarts. "Nunca abandonamos nuestra camaradería de anfitriones. El público viene y entra en nuestra casa. Sólo que ahora la trasnoche nos mata", concluye Casablanca.




