El show inaugural del Mundial, un anticipo de lo que ocurrirá en la final con la “fórmula Super Bowl”
El Estadio Azteca de la Ciudad de México fue escenario de un breve espectáculo musical que marcó un cambio de tendencia para la tradición de este tipo de ceremonias
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No llegó a los 20 minutos. Y fue la ceremonia de apertura más corta de la historia de los Mundiales de fútbol, seguramente acotada en tiempo y espacio considerando el hecho también inédito de que esta vez el torneo se repartirá a lo largo de tres países diferentes.
Pero más allá de cualquier protocolo, el breve espectáculo dispuesto en el Estadio Azteca de la Ciudad de México en la apertura del Mundial 2026 debería verse como un anticipo y sobre todo un ensayo armado por los organizadores (la FIFA y sus poderosos sponsors) de lo que promete ser también una gigantesca novedad: el show musical que formará parte del partido final a jugarse en el MetLife Stadium de Nueva Jersey el domingo 19 de julio y se realizará en el entretiempo.

Sobran evidencias coreográficas y de puesta en escena para certificar que lo visto en la tarde del jueves en el Azteca fue un ejercicio de prueba muy contundente de lo que quieren los organizadores del Mundial en términos de espectáculo: llevar por primera vez al fútbol la letra y el espíritu de los shows de “medio tiempo” del Super Bowl, reforzando con la experiencia estadounidense el potencial inigualable que tiene la final de un Mundial. Por si hace falta recordarlo, es uno de los acontecimientos televisados más vistos en todo el planeta con una audiencia potencial de 1500 millones de personas, solo superado por los Juegos Olímpicos.
Este cambio de perspectiva salta a la vista de inmediato. Los cuadros presentados en el Azteca enterraron para siempre el modelo impuesto en la mayoría de las inauguraciones de los Mundiales en el siglo XX, caracterizado por la participación destacada de gimnastas y bailarines recreando imágenes y visiones en las que se unen las vivencias deportivas con los signos de identidad del lugar donde se congregan los jugadores de todo el mundo.
Ahora el movimiento está dominado por hombres y mujeres que danzan y se mueven al compás de la música. Y en este caso los ritmos dominantes (el reggaeton o la salsa, por caso) responden más a sincretismos sonoros, fusiones urbanas y operaciones de marketing que a identidades culturales genuinas de cada país, región o terruño.
Por eso nadie debería quejarse (al menos eso es lo que creen los organizadores) si después de la imponente entrada al campo de Lila Downs y un grupo de baile que desfiló con trajes evocativos de las culturas precolombinas mexicanas invadieran el escenario el venezolano Danny Ocean y el colombiano J. Balvin con dos expresiones híbridas de las que identifican hoy a la música “latina” manufacturada y fogoneada desde Miami (el reggaeton) o Nueva York (la salsa).
Los dos se desplazaron por el campo del Azteca de un modo muy parecido, aunque en escala más modesta, al empleado por Bad Bunny cuando atrajo todas las miradas en el show de “medio tiempo” más reciente de la historia del Super Bowl. Y cantaron, para dejar todavía más a la vista algunos incómodos contrastes, escoltados por varias bailarinas vestidas con atuendos tradicionales mexicanos.
Para el cierre salieron a la cancha la inevitable Shakira y el nigeriano Burna Boy ofreciendo la primera versión en vivo, frente al público futbolero, de “Dai Dai”, el tema elegido por la FIFA como canción oficial del Mundial 2026. El coro, en este caso, lo hicieron diligentes bailarines vestidos con equívocos equipos de gimnasia deportiva y coreografías más cercanas al “perreo” de algunos ritmos de moda que a la tradición de los Mundiales.
El despliegue de estos intérpretes dejó en segundo plano las fugaces apariciones de algunos créditos locales como Maná, Belinda y Los Ángeles Azules, que interpretaron sendos clásicos (“Oye mi amor” y “Por ella” junto a la base de una enorme réplica dorada de la Copa del Mundo emplazada a la altura del centro del campo como único símbolo futbolístico del show.
Casi una hora después, antes de que México y Sudáfrica salieran a jugar el primer partido, el show tuvo un momento adicional con el desfile de las banderas de los 48 países participantes y la presencia en el escenario de Andrea Bocelli y la cantante estadounidense de origen surcoreano Ejae (una de las ganadoras del Oscar a la mejor canción original de este año) compartiendo “DNA”, la rítmica composición pop en inglés bendecida por la FIFA como “himno oficial” del Mundial, que navegó (como el resto de las canciones) entre la interpretación en vivo y las voces en playback.

Para recordarnos que el partido inaugural se juega en México, la transmisión se abrió pocos minutos después de las 14.30 con un clip editado a toda velocidad en el que mujeres oriundas de distintas regiones del país saludaron al mundo en sus idiomas originarios, incluyendo dos menciones en español. La enorme Lila Downs, de inmediato, salió a la cancha y proclamó de hecho (a falta de discursos oficiales) la inauguración del Mundial. Todos nos quedamos con ganas de escucharla cantar algo mucho más auténticamente mexicano de todo lo que se escuchó en menos de 20 minutos.
El televidente común y corriente, que dedica cada cuatro años horas y horas de su tiempo frente a la pantalla para seguir el Mundial hasta en el más pequeño detalle, agradecerá mucho en el futuro (hoy no está disponible) la posibilidad de contar en su dispositivo con la opción del sonido ambiente. Los comentarios de las transmisiones argentinas (aún los más bienintencionados) resultaron casi siempre obviedades que distrajeron la atención y alejaron el foco de atención de los verdaderos protagonistas. Usar graphs y otros recursos visuales para sumar los datos necesarios a lo que se está viendo siempre es mejor.
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