Franco Poggio, de Gran Hermano: de su infancia en San Juan a la difícil etapa que atravesó y su gran historia de amor
Luego de ser eliminado, el modelo habló con LA NACION sobre su paso por la casa y qué fue lo que más sufrió
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Para muchos, Franco Poggio es conocido por su novio, el influencer Lizardo Ponce. Sin embargo, él tiene su propia historia, que compartió de manera sincera en diálogo con LA NACION. En la charla, el último eliminado de la casa de Gran Hermano habló sobre sus primeros pasos en su San Juan natal, el llamado que lo trajo a Buenos Aires y qué significó para él su paso por el reality.
—¿Cómo te tratan estas primeras horas afuera de la casa?
—Re bien, estoy muy tranquilo. Hasta ayer estaba incomunicado, es un proceso que va poco a poco, pero estoy tranquilo y muy acompañado.
—¿Qué te llevás de la casa?
—Me llevo un montón de cosas. Es un desafío, una experiencia única en la que aprendí muchísimo y conocí a muchísimas personas. De cada uno me llevo algo, pero ahí adentro la palabra clave es “adaptación”. También aprendí a valorar los recursos que afuera uno siente que son normales, la verdad es que se trata de una experiencia única.
—Se te veía con un temple sereno adentro de una casa que era una jungla, ¿solés ser así?
—En la casa hay diferentes perfiles, diferentes personalidades. Esta es una edición que va muy fuerte y yo no soy de discutir, de gritar, de pelear o de pinchar al otro. Mi juego siempre fue por otro lado, yo no comparto las agresiones ni la violencia que se vive adentro del reality, y estoy cien por ciento seguro de mí mismo. Me fui muy confiado en lo que mostré, más allá de que hay personalidades muy fuertes, en la casa resulta muy difícil mostrar algo que no sos.
—¿Sentís que quizá te faltó tiempo para hacer otro tipo de jugadas?
—Este es un Gran Hermano en el que todo empezó muy rápido y se tocaron temas muy difíciles. Yo fui muy fiel a mí mismo y a lo que siento. Y no es cuestión de ahora salir y decir “me faltó explotar”, porque el juego siempre te va llevando y te va abriendo al lugar al que querés ir y hasta dónde querés llegar. Yo soy una persona tranquila y no voy a ir al choque, a menos que me tenga que defender, pero nunca con gritos o agresiones. Yo creo que se puede tener una discusión desde otro lado, pudiendo marcar las diferencias con cada uno.
De abogacía a modelo
—¿Cómo fue tu infancia y ese momento en el que terminaste el colegio y tuviste que decidir qué hacer con tu vida?
-Nací en San Juan, que es una ciudad relativamente chica. Fui a un colegio de salesianos, siempre fui muy estudioso. A los 18, cuando salí del colegio, estaba muy indeciso con la carrera que quería estudiar. Estudié un año de abogacía en Mendoza, pero siempre de muy chico me imaginaba estar en una ciudad grande. Si me pongo a mirar para atrás, descubro que siempre me gustó modelar, es más, cuando era chico incluso le pedía a mi mamá que me sacara fotos. Y así fui creciendo...
—¿Y cuándo arrancó el modelaje?
—Mientras estudiaba en Mendoza, me llegaron propuestas de modelaje. Yo sabía lo que quería lograr, confiaba mucho en mí mismo, sabía que iba a trabajar como modelo y que iban a aparecer las redes sociales. Entonces como en el interior es más difícil, cuando me llamaron de Buenos Aires me vine para acá, aunque no conocía ni a la ciudad ni a muchas personas, pero vine, trabajé dos días seguidos sin presupuesto, y pensé: “Me encanta, me apasiona”. Ahí volví a Mendoza, hice el clic y regresé a Buenos Aires.
—¿Y tu familia qué opinaba de tu interés por modelar y tu mudanza a Buenos Aires?
—Mi familia siempre me apoyó desde el día cero. Ellos tienen el dicho de que en una etapa “los hijos pasan a ser hijos de la vida”. Me cuidaron, me aconsejaron y siempre confiaron en mí. Pero también es muy importante confiar en uno mismo y decir: “Me quiero comer el mundo”.
De su primer novio a su gran amor
—¿Tuviste alguna historia de amor en San Juan?
—Sí, hubo un noviazgo en San Juan, fue mi primer amor, pero todo muy oculto porque tenía miedo de que me juzgaran, miedo del “qué dirán”, de mis amigos, de mi familia. Siempre lo viví desde el miedo, el temor. Pensé en un momento que no lo iba a decir nunca, que era solo una etapa, pero a medida que fui creciendo y fui a terapia, atravesé un proceso en el que me di cuenta de que no estaba mal lo que estaba haciendo. Yo no le hacía daño a nadie, sino que todo era amor. Y qué importante es exteriorizarlo en el momento en el que uno se siente preparado, porque no es de un día para el otro, no es ir y decir “soy esto”, “me gustan los chicos”.
—¿Cómo fue para vos entonces?
—Siento que es un proceso que va muy ligado a la confianza con uno mismo, con la terapia, con el poder aceptarse. Eso mismo, poder aceptarse es clave.
—Claro, el poder aceptarse a uno mismo y el rol de la familia...
—Creo que es muy importante también poder transmitirle esto a esos padres que quizá son más cerrados o que tienen otra mentalidad, que no está pasando nada. Es vital transmitirle a los más chicos que no están haciendo nada malo, que básicamente eso que les pasa es amor. Es importante que nadie los apure y que recién lo cuenten cuando estén preparados y si alguien se aleja, porque el miedo es que tus amigos se alejen, significa que ese alguien no es tu amigo. El que verdaderamente es tu amigo se va a quedar.
—¿Qué es hoy Lizardo Ponce para vos?
—Lizardo es el amor de mi vida, es mi compañero. La verdad es que cuando me vine a vivir a Buenos Aires, yo no estaba buscando pareja; sin embargo, nos encontramos de la manera menos esperada, en mi primera marcha del Orgullo. Yo iba re camuflado, los dos nos encontramos, y ahora somos muy compañeros. Él, más allá de ser mi novio, también es mi familia. Somos un equipo y vamos para adelante. Me estoy enterando de a poco de toda la campaña que hizo desde el afuera y estoy muy agradecido. Este también fue un desafío como pareja y estamos muy unidos. Sé que tengo un gran compañero a mi lado. Él es el amor de mi vida, mi equipo.
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