
Coral Fang
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Chupasangre
El retro punk californiano encontró a su nueva vampiresa
El punk-rock no tienen escrúpulos, o al menos no los tenía cuando Johnny Rotten gritaba “I am an anitchrist” [soy un anticristo]. Pasó tanto tiempo y tantos discos que la memoria traiciona a la hora de revisar cualquier nuevo intento por retomar la tradición elemental. Bajo esta sospecha, The Distillers gana por lejos el rubro de grupo hecho a imagen y semejanza de modelos conocidos. En esa zona de similitudes aparece en primer plano la bella y oscura Brody Dalle; su garganta debe tener las mismas dimensiones y virtudes que el aparato vocal de Courtney Love. Literalmente, Brody canta exactamente igual que la viuda de Cobain y hasta maneja sus típicas inflexiones prepotentes. ¿Esto es malo o es bueno? Si cada día es más fácil comprobar que el rock está hecho de clones [ahí están todos esos Elvis caseros perdidos en Las Vegas], la irrupción de Dalle y sus muchachos nerviosos no afectará ninguna discoteca armada en los 90. Ahora, si buscamos un gesto, sólo un gesto de verdadero fervor punk, es necesario desarmar el parlante y rastrear aquellos sonidos blindados de las cosechas 76 y 77. El tercer disco de la banda californiana no es un Blink-182 en versión femenina, pero ni siquiera alcanza para olvidar el último disco de Love. Igual, no hay pruebas de que para escuchar punk rock gritón haga falta tener muchos escrúpulos.





