
Una travesía emotiva
Climas y atmósferas que tocan el ánimo del espectador
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"El faro" Argentina, 1997-98), producción de Artear, Prime Films, Film Factory, Odorisio, Naya, Promofilm y Suez. Guión: Eduardo Mignogna, con Santiago C. Oves, José A Felez, Graciela Aguirre. Fotografía: Marcelo Camorino. Dirección de arte: Abel Facello. Montaje: Juan Carlos Macías. Intérpretes: Ingrid Rubio, Ricardo Darín, Jimena Barón, Norma Aleandro, Florencia Bertotti, Norberto Díaz, Ricardo Passano, Boy Olmi, Mariano Martínez, Jorge Marrale, Paola Krum. Dirección: Eduardo Mignogna. 120 minutos.
Nuestra opinión: excelente
Bastan pocos segundos para advertir que Eduardo Mignogna se juega por un film de climas y por la creación de atmósferas en las que el ánimo del espectador queda atrapado en un torrente de emociones. "El faro" es la crónica de un viaje real y de un viaje interior; un recorrido en tiempo y en espacio, de Montevideo a Buenos Aires y de la piel al alma de sus personajes -dos hermanas jovencitas y una serie de caracteres inolvidables- y al aliento del espectador. Un recorrido doble finalmente, el de Meme, la hermana mayor, que sufre por la pérdida de sus esperanzas, y de Aneta, la menor, una niña, cuyo camino es el aprendizaje para llegar a grande.
El comienzo, entre fragmentos de imágenes, es un accidente de automóvil. Mueren todos, quedan sólo las niñas, Meme herida por fuera, con una cicatriz en la pierna, y por dentro, con la noción de que, más que por una cojera exterior, debe pasar por un calvario de pérdidas y finales. Aneta, en cambio, viaja de la noche a la luz. En el presente último de Meme llueve. Meme crece de golpe tras el accidente porque debe ayudar a la hermanita a volverse adulta como Dios manda. El relato se organiza por flashbacks.
Sobre la historia planea un hálito de resignación y de tragedia, como si en aquel accidente el destino hubiera olvidado un equipaje: Meme.
"El faro" es una película sencilla, emotiva, de relato diáfano, entradora y llena de sabiduría. Es una película extraordinaria.
En la trama, el faro quiere ser guía de estos viajeros y la brújula donde los extraviados se alivian. No sería difícil entender que Meme es el faro, un objeto al que ve rengo como ella y con el que siente tanta afinidad. El faro llega a la aventura de vivir imaginada por Mignogna desde un personaje, Boris, que se había pensado para Federico Luppi, con el que no arreglaron cachet. Boris no fue reemplazado por Andy (Ricardo Darín), un personaje nuevo, sino intertextualizado entre las palabras de éste, con la voz de un mandato que sobrevuela lleno de credibilidad. (¿Será que los muertos son sabios cuando hablan desde la memoria? ¿Será que confiamos en la palabra de Luppi, aunque no esté en las películas? ¿Será que las metáforas, el lenguaje indirecto, llegan hasta el fondo cuando están constantemente resignificadas?) Es difícil elaborar esta crónica, que quiere racionalizar la fórmula de la película, sin que se humedezcan los ojos y nos llenemos de moco. Es imposible salir de la emoción que evoca su recuerdo, con seres tan creíbles, tan borgianamente irrecuperables, hechos sólo de memoria, ellos mismos y la materia de ellos que queda en nuestro espíritu.
Actrices excepcionales
Son notables los recursos del director para trabajar con una adolescente -la incomparable actriz española Ingrid Rubio- y con una niña pequeña -la debutante Jimena Barón, tan natural, tan adorable-, con quienes realiza un ejercicio de interpretación de resultados más que convincentes. Basta recordar el larguísimo plano secuencia en que las dos chicas, sentadas una al lado de la otra en un ómnibus, pasan por todos los estados de ánimo, saltan de un tema a otro, cantan, juegan. El juego y las palabras son herramientas que dominan el texto fílmico. El juego es el lenguaje de la pequeña Aneta y se entiende en el largo diálogo (se dice que era más largo y debió cortarlo el director por obligaciones de la duración total del film) que idénticos enunciados -el "veo veo"; "El tiburón", una canción- se resemantizan continuamente con nuevos modos de enunciación y nuevas significaciones, dentro de la aún escasa verba de la niña.
En esta articulación entra también la preocupación de los diálogos por trabajar fórmulas dialectales admisibles y precisas que van del habla uruguaya al decir porteño y al acento español.
Hablábamos más arriba de metáforas: Mignogna prefiere el desplazamiento de las significaciones y se sitúa siempre en el espacio de "lo no dicho": unos zapatos abandonados en el comienzo, la homosexualidad de un personaje jamás nombrada, una muerte que no hace falta identificar, el trofeo de amor hecho polvo que todos comparten frente al río en Villa Victoria. Trabaja asimismo por el refuerzo de la narración con escenas de vibración contenida, pero intensas: es el caso de la elocuente escena de sexo imposible entre Meme y Andy, de un esforzado dramatismo y la más melancólica y desoladora que este crítico recuerda haber visto en mucho tiempo. Una situación por demás necesaria para completar una gama de caracterizaciones humanas de verdad impresionante.
Es posible que, en un film tan susurrante e íntimo, tras el crecimiento de Aneta y de ser reemplazada la pequeña Jimena Barón por Florencia Bertotti -Aneta en la juventud-, sienta el espectador un distendimiento que alarga la acción: es que cuesta mucho saber que aquella Jimena no va a regresar a la pantalla y que a Florencia le es difícil remontar. También porque se instala un tema nuevo, el chico de la pelota, justificado en la necesidad de cerrar con él la película y de dejar expuesta a Aneta a una vida llena de sol.
El rendimiento de los actores sorprende por su unidad. La inconmensurable Ingrid Rubio -con sólo 22 años- es un recreo lleno de energía y de dramática melancolía. No es nuevo señalar que Ricardo Darín tiene ángel y que es dueño de profundos sentimientos de los que sólo ese ángel es dueño. Jimena Barón es un descubrimiento. Norberto Díaz no sorprende, maravilla con su sentimiento contenido y su porte de apacible testigo del dolor, en realidad el faro sobre la tierra. El juvenil don Ricardo Passano da una clase de buen humor y se fuma un "porro", por pura gentileza con Ingrid. Y la irreemplazable Norma Aleandro, la buena amiga que alegoriza el papel de la madre necesaria, pero ausente.
Los aspectos técnicos, puro esfuerzo, nada de digitalización computadorizada, están al servicio de la totalidad: la sedosa luz de Camorino, los "crochés" y sombreritos de Ingrid Rubio y el vestuario de Beatriz di Benedetto, el montaje de Macías y todo lo demás.




