El infierno de la inflación, con el sello de Joseph Roth
Quizás el hecho más destacado de 1929 haya sido la crisis económica mundial que estalló el 24 de octubre cuando se hundió la Bolsa de Wall Street. Ese fue el comienzo de la Gran Depresión que afectaría a todo el mundo. En una escala muy menor, hubo dos hechos menores interesantes y no tóxicos en la Alemania de la República de Weimar. El gran director Joseph von Sternberg empezó a filmar El ángel azul, la película que impuso a Marlene Dietrich; y se publicó la novela Izquierda y derecha, de Joseph Roth (1894-1939), que acaba de reeditarse en español (Ediciones Godot). Cuando apareció este libro, Roth era un autor poco conocido. Un año más tarde, su novela Job, inspirada en el personaje bíblico homónimo, se convertiría en best seller. Marlene Dietrich diría que era su novela favorita y le daría fama internacional al autor.
Roth había nacido en Brody, una aldea habitada por judíos, en la región de Galitzia. En esa época, el territorio era parte del imperio austrohúngaro (hoy se divide entre Rusia y Ucrania). El novelista guardó un recuerdo idealizado de esos pueblos y del “crisol de nacionalidades, orígenes y lenguas” imperial. Su curiosidad, su profesión de periodista y su condición judía lo convirtieron en un gran viajero sin arraigos. Con los años, desilusionado de la izquierda y la derecha, sería monárquico. En la década de 1930, escribió sus obras más importantes, La marcha Radetzky (1932) y La Cripta de los capuchinos (1938), en las que desarrolló la grandeza y los conflictos del mundo de los Habsburgo.
Los lectores locales de Izquierda y derecha se sorprenderán de la actualidad de esta novela casi centenaria en la Argentina de hoy: está centrada en la tragicomedia del poder; el infierno de la inflación, el dólar oficial y el paralelo; y sus perversidades. Roth sigue los altibajos económicos, sociales y sentimentales de la rica familia Bernheim, dueña de un parque con enanos de cerámica. El grupo familiar está formado por Félix, el padre arrogante; “su señora” hermosa y tonta; y los hijos de ambos, Paul, Theodor y Bertha (personaje menor).
Paul adopta la arrogancia paterna, pero la sustituye por una atracción irresistible cuando le conviene. El narrador lo presenta como un ser de gran belleza, pelo rubio, alto, muy inteligente, de formación y gustos clásicos, gran bailarín, muy buen atleta, pianista, con don de gentes y un encanto arrollador. El hada mala lo maldijo al nacer con una ambición que le da los frutos deseados para mostrarle su vanidad. Al comienzo, hay una voz narradora. sin nombre, que, sin ser personaje, utiliza la primera persona. Roth logra que el lector se olvide de ella.
Theodor, de pelo oscuro sin genio ni belleza, odia a Paul, porque su prestancia lo borra socialmente. Es inevitable que Theodor se haga miembro de una banda de extremistas de derecha: Dios Y Hierro, que sólo acepta arios. El futuro le reservará la redacción de un diario democrático y liberal. El humor de la mirada de Roth crea, con irónica distancia, climas de comedia, así como escenas, reflexiones y charlas de sabor amargo. Hay aforismos dignos del siglo XVIII francés y diálogos que merecerían un escenario, como el enfrentamiento de Paul y Theodor, cuando el primero regresa de la guerra con uniforme, actitud, y heridas que le dan la apariencia de un dios o un héroe generoso. Por su parte, Theodor, que evitó el frente, se prepara para el encuentro fraternal poniendo un revólver en el bolsillo del pantalón.
El tercer personaje, el más enigmático y sabio, por momentos deus ex machina del relato, es el imponente Nikolais Brandeis, hombre de negocios que todo lo puede porque nada le interesa. Tiene una grandeza que le permite llegar a lo más alto, porque le da a la realidad el valor efímero que tiene. Al final le dice a Paul: “Conquistar algo no requiere ninguna fortaleza. Todo está corrompido y se entrega sin más. Pero abandonar, abandonar, de eso se trata”. Y Nikolai sabe hacerlo. Así, va de ciudad en ciudad; completamente libre. Se convierte en nadie y vuelve a dominar todo desde lo alto, porque desde allí ve la verdadera dimensión de él mismo, de sus amantes, de los Paul y Theodor Bernheim y sus mujeres. “Los puertos de todo el mundo me esperan”, se dice.








