
Germán Sopeña. Memorias que no recuerdan la pérdida, sino la vida
Un día antes de morir, el recordado periodista le dejó a una de sus hijas un legado que la ha inspirado desde entonces
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(Estancia La Cristina, Santa Cruz).- El viernes 27 de abril de 2001 mi papá llegó tarde de trabajar. Se sentó en la cocina, como tantas veces, y yo lo acompañé. Aunque lo envolvía esa serenidad suya tan característica, estaba apurado: al día siguiente debía madrugar para volar desde San Fernando hasta Santa Cruz.
Yo cursaba el primer año de la carrera de Comunicación. Quería ser como él: escribir, preguntar, conocer el mundo. Esa noche me regaló un libro que aún conservo: Así hablan los que escriben, de Alfredo Serra, un compendio de entrevistas a escritores como Umberto Eco, Mario Vargas Llosa, Borges, Sabato, entre otros hombres de letras. El regalo le pareció oportuno para una aspirante a periodista. Lo que no sabía es que sería el último regalo, y quizá uno de los más significativos. Lo acompañó con una de sus típicas frases, breves y certeras: “Quien piensa bien, se expresa bien”.
Esa línea lo retrata entero. Para él, lo esencial era pensar con claridad; la palabra, oral o escrita, era apenas la consecuencia. No sorprende que en uno de sus libros, La libertad es un tren, haya escrito: “¿Qué es la libertad? Poder pensar. ¿Dónde se piensa mejor? En un tren”. Otra vez, el pensamiento como brújula vital.
Cercano a la caricatura del hombre cartesiano, papá fue, en esencia, un personaje del mundo de las ideas. Y en esa noche aparentemente común, con un libro sobre la mesa y una frase al pasar, me dejó la herencia más poderosa: la convicción de que pensar bien es la forma más exacta de vivir.
Han pasado veinticinco años desde aquella última frase. Y me he permitido prolongarla, como le hubiera gustado al viejo: pensar bien es imperativo, pero también vale la pena preguntarse ¿por qué pensamos lo que pensamos? El mundo se volvió vertiginoso, y en esa velocidad se hizo aún más crucial la capacidad de comprender nuestras propias ideas, de enfrentarnos a ellas con honestidad. Porque pensar bien no es solo ordenar palabras: es aprender a dialogar con uno mismo en medio del ruido ensordecedor de la época.
Me descubrí incontables veces imaginando cómo habría interpretado los vaivenes del mundo con su mirada crítica y curiosa. Giros inesperados, historias que él ya no pudo narrar: desde el atentado a las Torres Gemelas, la entrada en circulación del euro y la creación de Facebook, hasta la crisis financiera global de 2008, el surgimiento del bitcoin, la transformación del periodismo, la elección del primer Papa latinoamericano, la pandemia de Covid 19, los movimientos sociales por el feminismo, la diversidad y la conciencia climática, y, más recientemente, la incorporación de la inteligencia artificial en nuestra vida cotidiana.
Tampoco conoció algunos de los momentos más decisivos de la historia argentina contemporánea: desde el colapso del modelo de la convertibilidad y el “corralito”, hasta el surgimiento del kirchnerismo y su impacto cultural, luego del macrismo y la reciente irrupción de Javier Milei en la política nacional. La persistencia de la inflación, junto con las discusiones sobre el rol del Estado, la dolarización y la relación con el FMI. En fin, no conoció la incesante búsqueda de futuro de un país que él había recorrido de norte a sur.
¿Qué diría Germán Sopeña de todo esto? ¿Qué preguntas haría? ¿Qué críticas lanzaría? ¿Qué maravillas celebraría? Las incógnitas permanecen, pero lo cierto es que su legado sigue vivo: ha enseñado que pensar bien no es solo un ejercicio intelectual, sino una forma de estar en el mundo, una suerte de llave maestra para comprender algunos de los tantos debates abiertos que nos atraviesan.
El martes pasado, 28 de abril del 2026, con motivo del 25º aniversario de su fallecimiento, nos reunimos en Estancia La Cristina, en Santa Cruz. Mi hermana Marina y yo —radicadas en Estados Unidos desde hace años— trajimos a nuestros hijos, sus cinco nietos, a la Patagonia por primera vez. Ellos hicieron muchas preguntas sobre su abuelo, y sentimos que, al fin, se había tendido un puente entre generaciones.
Porque algo de él sigue vivo en el aire patagónico. Ahí, el viento custodia memorias: guarda gestos, voces, risas, sueños. Acarrea lo que no queremos olvidar y lo trae de vuelta. Pero esas memorias no vienen a recordarnos la pérdida, sino la vida. Una vida que amó con precisión, con una mezcla de coraje y ternura. Y que dejó una huella indeleble, no solo entre quienes lo conocimos, sino también entre muchos de quienes solo tendrán que imaginarlo.
El mundo siguió girando sin él, sí. Pero su mirada les enseñará siempre a detenerse y contemplar.
Que estas palabras sean un abrazo extendido en el tiempo para sus cinco nietos. Que el legado que nos dejó siga vivo en cada paso que damos, en cada vida que tocamos. Y que cada vez que sople el viento -en la Patagonia o en cualquier rincón del mundo-, sepamos que no es solo viento: es la memoria que vuelve, que cuida, que permanece.
No es pasado.
Es inspiración.






