
Imágenes de la deriva bolivariana, en la lente de Abd
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Las salas de La Francesa (como se conoce en San Miguel de Tucumán a la Sociedad Francesa) dejan ver su piel color ladrillo del siglo XIX: algo de mansión fantasma atraviesa a esta casona que empezó a construirse en febrero de 1879 y en cuya arquitectura, que terminó de definirse hacia 1925, se sostiene la sala de teatro más antigua de toda la provincia. Lo que hay esta noche calurosa de octubre es una inauguración múltiple en el marco de la X Bienal de Fotografía Documental, la manera que la ciudad ha conseguido para distinguirse de otros encuentros de fotografía y cultura visual en todo el país. Por caso, le toca convivir en la agenda con ArteBA, que se roba todas las miradas durante tres días en los que Buenos Aires se sueña mercado cosmopolita. A 1256 kilómetros por tierra de Costa Salguero, sin alfombra roja ni celebrities, la noche en el norte es muy oscura. La espesura al borde de lo invisible (un patio trasero al que ni la luna se asoma) se abisma en las escenas de “Fishermans” (Pescadores), la muestra que presenta el fotoperiodista Rodrigo Abd (nacido en 1976) en copias impresas en un soporte llamado BlueBlack. Son imágenes, expuestas en conjunto por primera vez en la Argentina, de una rara tribu contemporánea: los pescadores venezolanos empetrolados del Maracaibo. Personajes en los márgenes del segundo lago más antiguo del mundo y de la nave insignia del cenit y nadir chavista: Pdvsa.

En la noche tucumana, contra los ladrillos de paredes despellejadas que alguna vez visitó el legendario Georges Clemenceau (uno de los artífices del Tratado de Versalles), los pescadores que el ojo de Abd, distinguido con el Pulitzer 2013 por su cobertura en Siria, rescató del olvido brillan como un matiz, apenas, de la oscuridad petrolera. Siluetas que se recortan en un fondo viscoso producto de los derrames que le cambiaron el color a la superficie del lago más grande de América Latina y lo convirtieron en poco menos que un pantano. ¿Y qué se pesca en un pantano? ¿Y si no hay nada, o muy poco que pescar, se pueden seguir llamando pescadores a estos hombres de semblante duro y tiznado? Quizá... Hay rastros de este trabajo tan o más antiguo que la civilización en algunas de las fotografías. Está el retrato de uno de ellos con remera “Nike”, largas bermudas y dos manojos de pescados que acaso le sirvan de sustento, pero que se extinguen solos cuando las aguas bajan (tan) turbias. Como otros (y como la fotografía ya echó a correr su propio repertorio) se diría de él que es un Richard Avedon entre la globalización, el desastre ecológico y el derrumbe del oro negro como moneda de cambio. Se corrige: es un Ab(e)dón en todo caso. Imágenes al filo entre la vida y la muerte, del ecosistema o de la organización social. En “Malandros” ya reflejaba el mundo subterráneo del crimen a espaldas de la riqueza petrolera disfuncional y en “Piratas”, la conversión de los pescadores de atún en saqueadores de ultramar.
La serie venezolana se cierra con estos “Pescadores” que son puro punctum en la noche tucumana. Pero el gran fisherman es acá el fotógrafo que ha captado un modo de vida condenado al colapso y acaso un anticipo de una forma futura, dado el irrevocable rumbo de la toxicidad ambiente.
El arte de Abd es hacernos viajar en el tiempo. Es el Maracaibo embriagado por Pdvsa y es ahora, pero las caras se ven tan gastadas como aquellas que los pioneros de la fotografía registraron en la Gran Depresión de los años treinta. Las figuras danzan bajo la lógica de su lente y así una barcaza se congela por el rigor mortis de la fotografía, pero también porque la superficie la inmoviliza. Por efecto del derrame, la nave (contradiciendo a Fellini) no va. Petrolero, empetrolado, proletario. Todo eso entra en ese fantasma premoderno que son la barcaza y sus pescadores, antihéroes dark del Maracaibo. Arrastrados a la oscuridad total (los ojos emergen como joyas, último grito contra la Historia) en la deriva bolivariana.






