
La agente que reúne millones para que la gran ópera sea posible
La argentina Elisa Wagner, que fue la representante de Pavarotti para América del Sur, cuenta el difícil oficio de organizar conciertos con grandes artistas
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“Si conseguís un millón de dólares, el contrato con Luciano es tuyo”, le dijo Tibor Rudas a Elisa Wagner, una joven publicista nacida en Buenos Aires, criada en Venezuela e instalada en Nueva York quien, para ese entonces, entre fines de los años ochenta y comienzos de los años noventa poco y nada sabía del negocio de representar cantantes líricos.
La visión de Rudas fue proverbial a la hora de desarrollar espectáculos populares fuera de los escenarios convencionales de la lírica”
Tibor Rudas, en cambio, sí contaba con la experiencia, y vio en ella la chispa para dedicarse al rubro. Rudas era el agente del más grande tenor de todos los tiempos, el empresario que produjo el éxito legendario de los tres tenores que, después de aquel famoso concierto en las Termas de Caracalla, dio inicio a un tipo de espectáculo que comercializó la música clásica a un nivel tan masivo como nunca antes se había visto. “Soy el hombre más odiado en el mundo de la ópera, pero soy el más amado por las grandes masas”, dicen que solía decir el agente húngaro que devino megapromotor del entretenimiento musical luego de un pasado en el circo, como acróbata, más tarde en Las Vegas y los hoteles con casino.
La visión de Rudas fue proverbial a la hora de desarrollar espectáculos populares fuera de los escenarios convencionales de la lírica y de convencer a Pavarotti, tarea que le llevó unos años, de que en ese camino atraparían a la gallina de los huevos de oro. Y fue también proverbial para la joven a la que bautizaría como “la chica Pavarotti” cuando, al conseguir el millón de dólares, se transformó, desde México hasta la Argentina, en la representante de Luciano para toda Sudamérica.

Desde el primer concierto que organizó con Pavarotti para 17.000 personas en el Campo Argentino de Polo, allá por 1991, pasando por José Carreras en el Luna Park, Kiri Te Kanawa, Anne-Sophie Mutter, Yo-Yo Ma, Jessye Norman, June Anderson, Deborah Voigt, Dmitri Hvorostovky y Renée Fleming, hasta la actualidad con Anna Netrebko, Jonas Kaufmann, Roberto Alagna, Elina Garanca, Aida Garifullina, Kristine Opolais y Javier Camarena, el sello de Elisa Wagner ha sido sinónimo de grandes nombres clásicos.

¿Hay acaso un porqué para esa exclusividad de nombres rutilantes? “¡Absolutamente! –responde–. Para hacer lo que yo hago hay que conseguir muchísimo dinero y para llegar a esas sumas hay que contar con las estrellas, trabajar en la primera línea porque en Sudamérica sólo se reúnen esos volúmenes de público cuando lo que se ofrece es el nivel más alto del mundo. Así de claro, así de sencillo”.
De Zeffirelli a Pavarotti
“Cuando llegué a Estados Unidos en 1983 tuve la suerte de que un íntimo amigo mío me invitó a la casa de Franco Zeffirelli. Era la época en que preparaba su gran Aida en el Met y filmaba Il giovane Toscanini con Liz Taylor”, cuenta Elisa sobre el comienzo de una amistad que durante muchos años le abrió las puertas no sólo de la lujosa villa en Positano (donde el director de la multipremiada Traviata cinematográfica reunía a las más encumbradas celebridades del arte, el ballet, el cine y, por supuesto, la música, entre ellos Leonard Bernstein y su idolatrada Maria Callas), sino que también le abrió las puertas al fascinante mundo de la ópera, nada menos que la ópera proyectada por la exuberante lente de Zeffirelli, de cuyo esplendor quedó embelesada. “Comencé con los más grandes. Y me quedé con los más grandes –recuerda con una sonrisa sin rastro del acento porteño que perdió de chica, estudiando en el British School de Caracas donde se educaban los norteamericanos en Venezuela–. Empecé en esta actividad en 1988 porque Franco me pidió que lo ayudara a conseguir financiamiento para un proyecto que tenía con música de Vivaldi. Me fui a Venezuela con ese objetivo: allí encontré un mecenas, obtuve una suma en dólares y armé el plan de trabajo para ese Vivaldi que, si bien no se hizo, me bastó de inspiración e impulsó para quedarme en la ópera para siempre”.

Con Pavarotti, por su parte, todo era superlativo: la belleza de la voz y de los imponentes agudos con los que vibraban teatros líricos y estadios repletos, la vitalidad de la música que interpretaba, el carisma que irradiaba su personalidad, la sonrisa luminosa e inconfundible, la emoción, el éxito y también la popularidad. ¿Pero qué exigencias demandaba ese éxito fenomenal en cada uno de los conciertos del millón?
“Por lo pronto, instalarme en la ciudad que fuera, seis meses antes de la fecha para elaborar unos contratos que tenían más de veinte páginas y organizar la logística local que implicaba desde la orquesta, el programa, la publicidad y la venta de tickets hasta los hoteles, la seguridad y privacidad, la movilidad y el esparcimiento durante todos esos días. Luciano llegaba con un equipo de catorce a dieciséis personas, dos guardaespaldas y dos choferes alemanes entrenados como si fueran de la CIA. El despliegue para recibirlo era enorme. Pedía desplazarse en un modelo específico de Mercedes Benz y si no tenía exactamente ése… lo cancelaba todo. Podías ofrecerle la mejor limusina del planeta, pero él solo quería ese auto porque tenía las medidas y el asiento que le gustaba para sentarse al lado del conductor. Una vez, como no lo conseguía de ninguna forma, tuve que alquilárselo a un privado a cualquier precio porque de ese requisito pendía la realización de un proyecto de más de un año de trabajo. El Sheraton le cumplió la condición de cambiar la bañadera por una ducha de pie en la suite presidencial; el mayordomo debía salir de compras apenas llegaba para proveerle la heladera de los mejores productos porque le encantaba cocinar su propia pasta; viajaba en un jet donde jamás podía faltarle una rueda del mejor parmesano y, excepto cuando había concierto, por las noches jugaba al póker con su team. Pavarotti fue único… Ningún otro ha llenado arenas de 70 mil personas ni por ningún otro se han pagado tickets de quinientos dólares. Luciano tenía un tipo de presencia que hoy ya no existe”, admite con un dejo de nostalgia.
¿Caprichos de divos o verdadera necesidad? Elisa asegura que cuando se trata de caprichos, hay de todo en este ambiente, pero que su regla consiste en que durante una gira nunca admite más de tres y que el último debe ocurrir preferentemente antes de salir a escena para que les suba la adrenalina y canten con mucha pasión. “Natalie Cole exigía que pegáramos carteles con la leyenda ‘¡No brócolis!’ en cada rincón del backstage porque odiaba el olor del vegetal o que le comprara palomitas justo cuando debía subir al escenario porque le había dado un antojo. En su equipo todos eran blancos y realmente trataba muy mal a la gente. A veces –explica– uno se da cuenta de que el artista canaliza su inseguridad en deseos repentinos, supersticiones o malos tratos”.

De la otra campana, sin embargo, se suele acusar de maltratos a los agentes y a los teatros que, en su afán de obtener el mayor rédito del tiempo de que disponen de los cantantes, explotan y descuidan sus voces. “A veces los directores ni se enteran de lo que pueden sufrir vocalmente –reconoce–, de las cuerdas que se estropean, del descanso y la recuperación que necesitan. Por eso yo trato de viajar con ellos que son como mis hijos, estar allí para cuidarlos, gestionar los permisos de reposo, estar atenta al desgaste físico cuando los régisseurs insisten en ensayar hasta el agotamiento escenas que se saben de memoria. La ópera es una guerra de egos de modo que, otra vez la inseguridad: cuando hay un conflicto, siempre nace en la persona insegura”.
¿Basta en Sudamérica un destino musical como el Teatro Colón o es necesario otro atractivo? “El Colón es una maravilla por su acústica, pero la verdad es que Buenos Aires está al final del mundo y eso implica un viaje demasiado largo que solo se justifica con una gira que aproveche la distancia con un mayor rendimiento económico. En Europa, por el mismo dinero, todo queda cerca, o sea que hay que convencerlos de viajar para tres o cuatro conciertos o con algo diferente. A Jonas Kaufmann por ejemplo lo traje con su familia, lo llevé a las cataratas, a Machu Picchu, a las pirámides de Yucatán, porque me interesa que conozcan, que sepan de nuestra cultura y de la historia del público al que le están cantando. Anna Netrebko fue de compras a la feria de Recoleta y a una casa de zapatos de tango, lo mismo que Elina Garanca que quedó fascinada con la noche de milongas. Cuando traigo a un gran cantante, lo tomo como algo personal, quiero que se lleven una gran experiencia de nuestros países”.
Y es que el mercado de la lírica es reducido en estas latitudes, a diferencia de las europeas, y el esfuerzo de los productores por llevar un nombre a una audiencia más amplia, no es algo infalible. Grabar discos de música popular, invertir sumas en publicidades, inventar cosas nuevas y tratar de imponer una imagen en los medios… nada asegura el favor de las multitudes. “Anna Netrebko, fuera del nicho de la ópera donde es tan famosa, recién ha empezado a ser más conocida por la guerra en Ucrania y su relación con Putin. Andrea Bocelli podría acercarse a algo multitudinario pero lo suyo es otra cosa, él hace Pop-ópera. En realidad, sólo Pavarotti llegaba al millón de dólares y hoy no hay nadie de esa magnitud porque más allá del talento y el don musical, a las estrellas las erige el público.”
En marzo de 2006 iba a comenzar la gira de despedida de Luciano Pavarotti. Elisa cuenta que cuando estaba en camino al aeropuerto en New York, le avisaron que regresara porque no se sentía bien. “El comienzo y el final de cada proyecto suelen ser fantásticos —reflexiona—, pero en el medio pueden suceder cosas dolorosas por los artistas, o cosas agotadoras por los vaivenes políticos y económicos de los países con los que se trabaja, de allí que hay que sentir una gran pasión por esto.”
¿Es ése el secreto de esta profesión? “Es tener el sí dentro de uno contra viento y marea —afirma—, es saber que no hay obstáculo que con paciencia no puedas vencer. Yo soy esas personas que represento y a ellas les debo mi respeto y admiración. Sé que trabajo con los mejores y que con ellos no me pueden decir que no, que sólo necesito la pasión, el charme y los nervios de acero porque, pase lo que pase, el show must go on.”




