La breve vida y la obra olvidada de Ödön von Horváth
“No se vive solo de Brecht”, escribió Roberto Calasso sobre Ödön von Horváth (1901-1938), uno de esos escritores centroeuropeos que “mezclaba en su sangre muchas de las naciones del Imperio” y se definía a sí mismo como “un típico negocio austrohúngaro”. Horváth, nacido en una familia de la nobleza húngara, es una de las grandes figuras relegadas del teatro del siglo XX, con una obra, según Calasso, no menos corrosiva que la del autor de Madre Coraje, aunque por formación y por su sentido de la forma se lo pueda tener por su negativo. El efecto de distanciamiento –si lo había– se producía por el variado manejo del lenguaje en “grandes comedias populares sobre la estupidez humana”. Vale la pena seguir la lupa de Calasso sobre ese mundo. Al ensayista y editor italiano se le debió la nueva puesta en circulación de Sándor Márai, además de haber publicado a Karl Kraus, Joseph Roth y Elias Canetti.
La literatura tiene en su colección biográfica muchas muertes a destiempo. La de Horváth parece un adelanto del futuro absurdo teatral: después de abandonar Alemania (apenas Hitler llegó al poder sus obras fueron quemaron públicamente), el dramaturgo volvió a Austria y más tarde –escapando del avance nazi– se instaló en París, a la espera de inmigrar a Estados Unidos. El primer día de junio de 1938 caminaba por los Campos Elíseos cuando se levantó una tormenta eléctrica. Murió aplastado por la rama de un árbol que se vino abajo durante el temporal.
El limbo en que quedó Horváth no es original. Ya antes pasaron por él Roth y otros centroeuropeos
Un autor en todo caso vale por su posibilidad de seguir siendo leído, a pesar del tiempo transcurrido, como si fuera contemporáneo. El limbo en que quedó Horváth no es original. Ya antes pasaron por él Roth y otros centroeuropeos, también desaparecidos en sincronía con un mundo –toda una cultura– a punto de extinguirse. A falta del teatro, la gradual aparición de las novelas de Horváth en castellano permite ir conociendo su narrativa. Después de Juventud sin Dios, ahora llega Un hijo de nuestro tiempo (Nórdica), libro que salió de imprenta cinco días después de su muerte. Basta leerlo para entender por qué Peter Handke admira ese estilo sintético, de introspección enrarecida, casi conductista, que maneja Horváth, tan emparentado con el de sus primeras novelas.

Un hijo de nuestro tiempo propone la inmersión directa en una primera persona de frases cortísimas, que el protagonista parece ir diciéndose a sí mismo a medida que avanza en sus peripecias. Lo radical es que esa suerte de monólogo joyceano minimalista pertenece a un soldado, uno de los tantos desempleados que fueron a alimentar las huestes del nazismo al que Horváth no necesita darle nombre. “Apto –dijo el capitán médico, y el futuro me tocó en el hombro. Hoy aún lo noto”, dice su voz mental al recordar el momento en que ingresó a la tropa.
La manera en que Horváth refleja como cronista su tiempo –anota la traductora Isabel Hernández en el posfacio a la edición del libro– se deriva del talento casi documental para reproducir “cómo funciona el lenguaje fascista a nivel militar, pero también en el ámbito civil”, cómo esa clase de discursos se hacen camino “sin ninguna resistencia intelectual”. Pero, aunque las sintiera en el aire de su tiempo, Horváth no podía profetizar las aberrantes enormidades que no llegaría conocer. Su libro sería en ese caso irrespirable. Un hijo de nuestro tiempo tiene alusiones directas a Hitler (“me ascendieron a cabo, y eso debe significar algo”, dice el soldado, una frase calcada del führer) y otras tantas a las acciones nazis (sobre todo las rápidas escenas en la Guerra Civil Española), pero el ronroneo sonoro del personaje es más humano que el de los inminentes criminales futuros. Algunos detalles pueden leerse en clave existencialista: por ejemplo, en la visita y seducción que el soldado hace a la viuda de su capitán, que murió en un ataque tan incomprensible que parece suicidio. En la carta del superior muerto que le lleva a la mujer se lee una diatriba contra la vida militar: “Perdóname, pero ya no encajo en estos tiempos”. También él soldado tendrá, a pesar de su automatismo, margen para ser influido por esa frase y alcanzar cierta redención. No hace falta aclarar por qué el libro de Horváth sigue siendo preciso y actual para los hijos de una época tan posterior.





