Lecturas: La gran epopeya fantástica argentina de Liliana Bodoc
Con Las crónicas del mundo, novela póstuma completada por sus hijos, se cierra Tiempo de dragones, la trilogía final de la autora
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La súbita muerte de Liliana Bodoc (Santa Fe, 1958-Mendoza, 2018), meses antes de alcanzar los sesenta años, pareció arrastrar consigo un profundo vacío, una suerte de abismo inesperado para sus numerosos lectores, acaso nada ajeno al componente emocional de sus ficciones.
Así de inesperada había sido también su irrupción en la escena literaria, menos de dos décadas antes, con la primera parte de una trilogía titulada La saga de los confines en la que reformulaba, con elementos fantásticos o más precisamente maravillosos, los tiempos de la conquista; es decir, el asalto del territorio americano por parte de los europeos, con su infernal estela de muerte y destrucción. Los nombres eran otros, pero los puntos en común resultaban inequívocos y estaba claro que la visión de la escritora no tenía nada de complaciente. Asimismo, resultaba evidente que su literatura había venido a ocupar un sitio que al menos en el ámbito local estaba vacante, y que no se trataba de una anécdota pasajera.
Tiempo de dragones es el título general que Bodoc eligió para el que terminaría siendo su último opus, otra trilogía – en rigor, debía contener una cuarta entrega– y cuyo último volumen acaba de aparecer. Las crónicas del mundo es el título de este tercer episodio, bastante más extenso que los dos anteriores (La profecía imperfecta y El elegido en su soledad), lo que hace pensar que la concepción inicial de la obra acabó concentrándose o completándose en él. Lo singular radica en que el libro quedó interrumpido por la muerte inesperada de Bodoc, y fueron sus hijos Romina y Galileo los que encararon, poco más tarde, la tarea de concluirlo.
Luego de incursionar en terrenos más “realistas” y desembarcar de lleno en la literatura infantil, la trilogía final resitúa a Bodoc en el ámbito del fantasy, o de eso que alguien bautizó, más cerca del determinante influjo de autores como J. R. R. Tolkien, como “épico fantástico”, donde los elementos mágicos o sobrenaturales dialogan con lo mítico, pero a la vez con lo histórico.
El argumento de Tiempo de dragones –que originalmente iba a desdoblarse en un film cuya realización quedó trunca– no es fácil de resumir y, por cierto, tampoco de acompañar, aunque una síntesis tentativa podría ser la siguiente: la armonía entre humanos y dragones se ha roto tiempo atrás, pero una profecía, a cumplirse en el año 1000 del Calendario Quinto, establece que aquella convivencia pacífica se restablecerá; para que ello suceda es necesaria la intervención de un Elegido.
En Las crónicas del mundo se narra, entonces –para decirlo vagamente y no frustrar las expectativas del lector–, el destino final de esa profecía. Pero lo de Bodoc es bastante más que la imposición ansiosa de la peripecia: es un mundo completo que se despliega en infinidad de personajes y situaciones. Es sin duda desde esa perspectiva que su literatura resulta mucho más rica y compleja.
Aunque repleta de tintes morales, la epopeya de Bodoc no es en modo alguno moralizante. Podría decirse que con un par de excepciones –Nulán, Anuja– casi no hay escalas cómodas en su recorrido, dado que la abrumadora mayoría de sus personajes principales –que son muchos– posee no dos caras, sino múltiples facetas, y que estas suelen tener un sólido arraigo o justificación. En contadas ocasiones podemos estar seguros de su nobleza absoluta o de su transparencia, y allí reside tal vez su rasgo más inquietante. No se ha subrayado lo suficiente, en torno a esa cuestión, el neto influjo shakespeariano de la obra, en relación al modo intrincado, siempre polivalente, en que el Bardo inglés supo apropiarse del imaginario romano y de sus intrigas de palacio.
A propósito de ese verbo –apropiarse–, fue Mariana Enriquez la que en su momento sugirió que eso era lo que Bodoc había decidido hacer con modelos como Tolkien o Ursula K. Le Guin (quien llegaría a retribuirle su admiración): apropiárselos, y subvertirlos. Tomar un género europeo por excelencia –el fantasy– y utilizarlo para contar otras historias, y también otra historia con mayúscula.
Si hay un mote imposible de delimitar es el de la llamada “literatura juvenil”, al margen de los condimentos con que se pretenda sazonar ese cóctel –¿el romance? ¿la aventura?– para mantenerlo en línea. En todo caso, si la literatura de Bodoc se presta a ser encuadrada en él, solo permite confirmar –con su diversidad de tiempos, espacios y personajes– hasta qué punto un lector adolescente es un lector pleno, a veces con capacidades que se han adormecido en los adultos, por mucho que carezcan de la experiencia de vida de estos y de la profundidad empática o de determinadas referencias o contextos.
En relación con el estilo –aquí reencauzado de manera homogénea por los hijos de Bodoc, sin que se aclare la proporción de su intervención–, la fragmentación es para la autora de Los días del venado no solo un trazo o un lenguaje sino un núcleo narrativo: no hay linealidad porque los puntos de vista se ramifican, pero de igual modo a que no existe un relato único. El sentido se conforma en zigzag, en una especie de collage, como si se tratase de piezas sueltas que de a poco van hallando su lógica.
Ese fluir de la narración en el tiempo y en el espacio se torna en Las crónicas del mundo –algo que puede extenderse a toda la trilogía– en bastante más que una simple elección formal. La novela misma es una interrogación sobre ambos misterios, o mejor dicho, sobre la manera en que tiempo y espacio interactúan y definen nuestra experiencia. “Recordar y presagiar es lo mismo”, se insiste una y otra vez en las páginas de Las crónicas del mundo, esta obra final de Bodoc. O en otros términos: el pasado y el futuro danzan y se entrelazan, y en sus resquicios se abre paso el presente incierto.

Las crónicas del mundo. Tiempo de dragones III
Por Liliana Bodoc
Plaza&Janés
570 págs. /$4299

El elegido en su soledad. Tiempo de dragones II
Por Liliana Bodoc
Plaza&Janés
256 págs./$3299






