
Luis Sagasti: “Descansar en la voluntad de quien considerás superior es cómodo”
En La realidad absoluta, su reciente libro, el escritor bahiense se entrega a ensayos que entrelazan la pequeña y la gran historia
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“Ningún organismo vivo puede mantenerse cuerdo durante mucho tiempo en condiciones de realidad absoluta”, postuló alguna vez la narradora estadounidense Shirley Jackson. Luis Sagasti (Bahía Blanca, 1963) toma la frase como epígrafe de su nuevo libro, titulado, precisamente, La realidad absoluta. Libros suyos previos como Los mares de la luna (1996), Bellas artes (2011) o el más cercano Cybertlön (2018) prueban que leer a Sagasti es siempre leer de un modo nuevo; en cada línea el tema “tercamente se bifurca en otro”, con proverbial deriva borgiana. Así, toda cosa aludida es muchas otras y se despliega en micro ensayos que enlazan episodios históricos, observaciones cotidianas, poesía, materiales mixtos. Del cine a la música, del arte plástico a la astronomía, de la biología a la matemática, del cielo a la selva, de Alighieri a Pollock, de Beethoven a Queen, de Herzog a Coppola, esa “música del azar” -parafraseando a Auster- indaga desde las incógnitas de la condición humana hasta el misterio de la muerte: “Acaso porque bien dentro de nuestra psiquis se encuentre alojado el saber ancestral de quienes volvieron para contarla”.
Sagasti habla con la voz didáctica del docente que es en Bahía Blanca, donde vive y enseña, desde hace décadas, a universitarios y adolescentes. En la conversación despliega fascinantes rarezas reales como las que plasma en sus libros, y nunca deja de contar historias. Y, en ellas, a su vez, la Historia: la de las colonias en África, la de la Argentina y los bombardeos de Plaza de Mayo, la de los ríos amazónicos que navega Fitzcarraldo.
-Partís de un textual de Shirley Jackson sobre la imposibilidad de vivir demasiado tiempo en “condiciones de realidad absoluta”. ¿Por qué esa frase como epígrafe y esa figura como título?
-En principio, me impactó la idea. Me hizo pensar en cuáles serían esas condiciones. Conceptualmente, ¿qué sería la realidad absoluta? Quizás una experiencia del desamparo: metafísico, teológico, filosófico e incluso afectivo; o algo no necesariamente malo: experiencias extáticas que están más allá del lenguaje, lúdicas, creativas. En cualquier caso, aun cuando podríamos considerarla gozosa, la realidad absoluta sería algo acotado: un instante, a lo sumo un rato… Hay una película de Woody Allen donde se habla de un hombre que quedó idiota porque había tenido un orgasmo de dos horas. Creo que, en fin, ese estado, como dice Jackson, podés soportarlo solo un ratito.
-En tu libro aparece esta idea cuando te referís a la infancia, en el sentido de que en los chicos no hay un más allá de las personas, de las cosas mismas…
-Sí, en la infancia estás como en un presente en estado puro. Hasta que, en algún momento, tus padres te sitúan; aparece el otro, el deseo, algo que te falta… pero no quiero hablar de psicoanálisis. Las experiencias infantiles se continúan en la adultez, por ejemplo, con la poesía. Eso de abandonarse de lleno a la otra cosa. Casi todos intentamos volver, mediante nuestro arte o lo que sea que hagamos, a esos estados de plenitud que uno tenía en la infancia.
-“Con el número dos nace la pena”, decía Marechal.
-Claro, y cuando empieza la pubertad, lo que emerge junto con el deseo proyectado hacia el otro es el tiempo. Cuando te desarrollás sexualmente, al desear a alguien, empieza a labrarse el tiempo lineal, y un hecho nos lleva al siguiente. En la infancia, en cambio, como en el juego, el tiempo es acción pura, animalidad.
-Cortázar lo refiere en el Johnny Carter de “El perseguidor”, cuando dice que el tiempo deviene elástico e impreciso cuando él recuerda una melodía.
-Eso es precisamente el estado de arte o de juego: no hay noción cronológica. Yo lo recuerdo así cuando de joven jugaba al básquet o, hace poco, cuando veíamos la final del Mundial: ese tiempo escapaba a cualquier medición, a cualquier categoría; una vivencia que no es ni linda ni fea. La plenitud del involucramiento desdibuja esas cuestiones. Le pasa al músico; son estados que todos vivimos en algún momento. Estados de presente. Yo los vivo también cuando doy clase, porque amo dar clases. Creo que el verdadero amor es eso: abandonarse a una persona o una vocación o lo que fuera.
-Hay varios elementos que reaparecen a lo largo del libro, por ejemplo abejas, constelaciones, travesías; pero hay algo que los vincula a todos: la geometría.
-Lo que me interesa del orden geométrico es que la línea recta no existe en la naturaleza, es una impronta cultural. Lo único recto en la naturaleza es el haz de luz. Entonces, ahí aparece el vínculo de la luz, la rectitud y la razón. Porque, para que haya razón, hace falta una tercera instancia. Dicho de otro modo: un animal es acción y reacción; lo que nos constituye como seres humanos es una linealidad racional: pasa esto, hago esto otro, ocurre eso tercero. Y eso, otra vez, tiene que ver con lo temporal, con la línea humana, intrínseca a la razón; no es acción y reacción puras, no es animalidad. Siguiendo con lo anterior, eso aparece cuando crecemos; es externo. Cuando en mis clases los chicos participan de un tema, al principio son autorreferenciales, pero la idea es razonar por fuera de tu experiencia. Esa racionalidad te permite abstraer y abarcar conceptos. No siempre ocurre: hay personajes ya adultos que están siempre ellos presentes, por sobre toda racionalidad.
-En un siglo XXI marcado por autócratas, ¿podemos pensar que la idea misma de la razón abstracta ha desaparecido? ¿No hay una tendencia a empatizar más con los Calígulas que con la razón analítica?
-Es un tema que a mí me interesa mucho, por eso incluyo en el libro al coronel Kurz, de Apocalypse Now. O sea: si nadie es un par tuyo, entrás en esos estados de demencia a lo Calígula. Pero, claro, yo tendría cuidado también, porque, al señalar a uno en particular, estás salvando al sistema. Hitler no explica por sí solo el nazismo. No estoy inventando nada, pero creo que quizá la gran dicotomía del mundo moderno es el enfrentamiento entre la racionalidad instrumental, es decir, la idea de obtener ciertas cosas sin importar el medio, y la racionalidad normativa. Descansar en la voluntad de quien considerás superior es bastante cómodo; es de perezoso, si se quiere. Probablemente sea algo más frecuente de lo que uno desearía. Pero hay extremos. Por ejemplo, la aceptación de contradicciones tan notables como “yo soy el Estado y lo voy a destruir” solo se justifica desde un odio hacia cualquier otra clase de posibilidad.

-Tus textos tienen una característica esencialmente polisémica: concentran sentidos en párrafos largos, profusos, minuciosamente tallados, con muchas terminales y conexiones abiertas. ¿Eso emerge espontáneamente o responde a un método?
-Las dos cosas. Hay ciertas ideas que a mí se me presentan, y desde ellas surge una deriva que no busqué. A veces eso pasa yendo tras cierta musicalidad interna que entonces provoca algo inesperado en una frase. Y ahí puede aparecer la exageración o un pequeño detalle. También me pasa cuando doy clase, lo cual es un problema, porque no logro sintetizar [risas]. Las ideas vienen fluidas, la asociación o las circunstancias me salen naturalmente y escribo todo lo que aparece para no olvidarme, pero la escritura en sí no es tan fluida; me lleva trabajo.
-Hay una palabra que se puso de moda: distopía. ¿El futuro es hoy más negro que el percibido en el pasado o esa mirada es generacional? ¿Te parece que los más jóvenes perciben lo mismo?
-Creo que hoy vivimos un cambio social y cultural brutal que no tiene antecedentes en la historia humana: ni en profundidad ni en velocidad. Quizás los chicos no lo ven porque nacieron de este lado de la red. Pero ojo: yo a mis alumnos les pregunto: “¿Creen que vendrán épocas mejores?” Y la mayoría te dice que no, que todo va a ser peor o igual. Sin embargo, no se refieren tanto a cuestiones políticas o económicas. Lo que les asusta, que es lo que a mí no me asusta, es el calentamiento global, el cambio climático. Ellos lo ven como algo inminente. En cambio, el hecho de que esto se parezca cada vez más a un capítulo de Black Mirror no parece preocuparles demasiado.






