
Requiem para el Che, el muerto más vivo de la fotografía
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El 31 de agosto a las 15.15 se registró el siguiente diálogo en una de las salas del museo Malba, sito en el barrio porteño de Palermo (chico).
–¿Está muerto?
–Sí…
–Es que parece que estuviera vivo…
–¡Es que está vivo! ¡Está vivo!
Las dos mujeres conversan frente a una de las fotografías más icónicas del siglo XX: el retrato grupal del revolucionario capturado y muerto en manos del ejército boliviano en 1967. La imagen del Che Guevara sin vida, que recorrió las teletipos y que fue impresa por todos los diarios del mundo, está ahora en el Malba como parte del diálogo entre el acervo del museo y las obras que forman parte de la colección de Eduardo Costantini. Pero no se trata de una imagen intervenida o una obra pop hecha a partir de una fotografía (como las del brasileño Claudio Tozzi que la rodean) sino de la imagen fuente, una copia vintage del rollo original tomado por el reportero gráfico Freddy Alborta. De hecho, lleva firma y dedicatoria: “Para mi amigo Juan Pangol con afecto. La Paz, Bolivia”. Es un regreso poco promocionado del guerrillero, cuya imagen convoca tanto al imaginario global de lo latinoamericano como Frida (devenida Gioconda en este atractivo recorrido planteado por Marita García), al tiempo que desliza un comentario sobre el “vandalismo” adaptado a blockbuster de Banksy en La Rural. El fotógrafo e historiador de la fotografía Facundo de Zuviría reconstruye el camino que siguió la imagen hasta suscitar el dialogo de las mujeres frente al muerto-vivo. Es la copia que Freddy Alborta había elegido para colgar en su casa de La Paz y que obsequió luego a Juan Pangol, quien la tuvo en Salta desde 1992 hasta que el rumor de su venta llegó a oídos del experto que recomendó la compra a Costantini poco antes de la pandemia.
La autoría sobre la foto de Alborta se había borroneado hasta que, otro argentino, el artista conceptual Leandro Katz, realizó un seguimiento que lo llevó desde una agencia de noticias en Estados Unidos hasta La Paz a principios de los 90. Su obsesión con la imagen del legendario muerto-vivo terminó por entrelazar esta fotografía con Gardel y Borges en la película El día que me quieras, cuyo proceso creativo se revela en el libro Los Fantasmas de Ñancahuazú. Pero en 1967 a Katz lo había deslumbrado tanto aquella fotografía que daba la vuelta al mundo (y que para Beatriz Sarlo marcaba el precipitado fin de los 60) como el ensayo que John Berger escribió a los pocos días: “Ya no puedo volver a mirar al Cristo de Mategna sin ver al Che”. Fue Berger quien estableció la genética artística de esta imagen impar en la huella de La lección de anatomía del Dr Nicolaes Tulp (Rembrandt, 1632) y Lamentación sobre Cristo muerto (Mantegna, 1475). Así, after Berger, los cirujanos neerlandeses y barrocos se entrometen en la selva boliviana y el Che muere bajo la ley visual del Quatroccento. Acaso no haya mayor prueba de las deudas de la fotografía con la pintura clásica que este encuadre con el que Freddy Alborta supo que captaba un instante histórico sin otro cuidado que el de su oficio. Guevara parece aquí llevado de regreso al daguerrotipo con ese rictus viviente (“¡Es que esta vivo!”) como si quisiera ser testigo de su paso a la inmortalidad en el arte.
Katz escribió que Berger contó y cantó sobre esta imagen. Pero por más ritmo que su escritura tuviese al autor de Ways of seeing no se le daba por grabar guajiras ni rumbas, sino que en estas correspondencias con pinturas clásicas establecía una suerte de partitura. Qué misterio entonces decodificarla. Acaso suene como la letanía concreta que Cecilia Biagini y Federico Orio tocaron esa misma semana en Norma Mía!, un espacio minúsculo de Villa Crespo rodeados por obras de Juan Del Prete. Ella, extrañando un violín hasta volverlo un objeto insonoro; él, percutiendo un cajón con piedras, echando mano a recursos insólitos. Desde una prehistoria o el futuro de la música, ellos tocaban el sonido de lo muerto-vivo, un réquiem abstracto para una fotografía revolucionada por la pintura.




