Reseña: La fórmula preferida del profesor, de Yoko Ogawa
En Memento, a comienzos de siglo, Christopher Nolan utilizó de manera sorprendente como hilo narrativo de una película la amnesia de corto plazo, oscilando entre el presente vacío y el pasado causal. En la novela La fórmula preferida del profesor (2003), la literatura se revela menos arriesgada: un matemático retirado que sufrió un accidente recuerda únicamente lo que sucedió en los últimos ochenta minutos de su vida. La memoria es uno de los temas centrales en la obra de la japonesa Yoko Ogawa (Okoyama, 1962), una autora que es super bestseller en su país. Ya en La policía de la memoria –publicada hace un año en castellano– lo había dejado en claro, de manera alegórica, en una antiutopía poética y algo obvia.
Pero en este libro, Ogawa –que también tiene una introducción a las matemáticas, en realidad un diálogo con un especialista sobre la belleza de los números– apunta al cruce de generaciones. En La fórmula preferida del profesor aparecen cálculos, problemas, el béisbol, pero también –como si hubiera previsto la película que tuvo luego lugar– una sensibilidad a medida de guiones menos precisos que melodrámaticos. La novela es narrada por la asistenta que fue enviada a cuidar al profesor del título y la relación que se establece también con el hijo de ella, al que el hombre –con esa falta de memoria que bordea la incorrección– rebautiza “raíz cuadrada” por la chatura de su cabeza. Ogawa no se destaca por su originalidad, pero tiene la ventaja colateral de que su libro participa de una sociedad con psicologías y hábitos culturales tan propios que sorprende sin buscarlo.
La fórmula preferida del profesor
Por Yoko Ogawa
Tusquets. Trad.: J.F. González
312 páginas, $2800








