
¿Una nueva argentinidad? Del “somos los mejores” al orgullo de hacer las cosas bien
En la estela del Mundial, analistas reflexionan sobre si hay una transformación en el modo en que nos vemos a nosotros mismos
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Los argentinos parecen atravesar una transformación en la manera de pensarse a sí mismos. Del arquetipo de la viveza criolla, la improvisación y el talento individual podríamos estar pasando, de acuerdo a la mirada de algunos analistas, a una generación de referentes -el caso más gráfico es el de la Selección Argentina- que combinan competencia, método y respeto por las reglas.
Generalizar es siempre un riesgo y conceptualizar qué es ser argentino también. Sin embargo, hay consenso en ciertas características que, en el imaginario, nos definen: pasión, entrega, sufrimiento, valoración de los lazos sociales y la impresión de que el mundo está atento a lo que se hace en este rincón de la tierra. Para Borges, ser argentino es un acto de fe y, sobre todo, sentirse argentino; antes, Sarmiento destacó un rasgo concreto: “Tienen una alta conciencia de su valor como nación; todos los demás pueblos americanos les echan en cara esta vanidad, y se muestran ofendidos de su presunción y arrogancia”.
Con percepción del pulso social, el actor Guillermo Francella –protagonizó Homo Argentum, donde interpreta a 16 arquetipos del ser nacional- entiende que tenemos un ADN ligado a la intensidad, la resiliencia, la picardía, la cercanía afectiva y la forma sanguínea de vivir la vida. “Bichos raros”, sintetizó la cantante Lali Espósito ante una multitud en Madrid.
En una de sus columnas dominicales en este diario, Jorge Liotti analizó en junio pasado cómo el presidente Javier Milei está “frente al acertijo de la nueva argentinidad antipolítica”. Tras una secuencia de eventos masivos convocados por asuntos no estrictamente políticos, señaló: “Hay un intento de desintermediación y autogestión, que luce civilizado pero que en el fondo denota un grado progresivo de anomia”.

El Mundial de fútbol, sin duda, reavivó la argentinidad. Para algunos, puede haber ahí un punto de inflexión. “La Argentina pasó de intentar ser aceptada por el mundo a sentir que tiene algo propio para ofrecerle. Y ese giro cambia todo: tanto la manera en que nos miran desde afuera como la forma en que nos miramos nosotros”, señala el economista Fernando Moiguer, titular de la consultora Moiguer.
Figuras como Lionel Messi, Emanuel Ginóbili, Franco Colapinto o el equipo de Lionel Scaloni, dice Moiguer, aportan otra cosa. “Aparece otro arquetipo: personas que siguen siendo talentosas, competitivas, intuitivas y apasionadas, pero que parecen haber incorporado algo que durante mucho tiempo estuvo ausente del imaginario argentino: el método, el proceso, el respeto por las reglas y cierta consideración por el otro”.
Y señala otro síntoma: hace unos años, quienes viajaban al exterior regresaban analizando qué debíamos tener para ser aceptados por el mundo. “La argentinidad se subsumía a la idea de ser ciudadanos globales desde la periferia. Nos dábamos un poco de vergüenza. Hoy, pasa lo contrario. La globalización se mantiene, pero ahora lo que se pone en valor es lo verdadero, lo situado, lo que tiene territorio. Es en lo propio, desde lo diferente, donde la Argentina se planta y es desde esa posición que se vuelve valiosa para el mundo”.
El sociólogo Pablo Alabarces, sin embargo, prefiere ser prudente. “Hay modos muy variados y plurales de ejercer la argentinidad, y los contextos futboleros son excepcionales. Pasar tres partidos de fútbol ganando en los últimos 10 minutos es un hecho deportivo, producir sobre eso una metáfora nacional es un exceso. Los argentinos aprendimos a sufrir no por razones futboleras; la pasamos mal porque en 50 años hay crisis periódicas. Y estoy haciendo un corte temporal desde la dictadura. El sufrimiento es experiencia cotidiana”.
Loris Zanatta, historiador y ensayista italiano que conoce en profundidad a la Argentina, apunta que “el hecho de volver a hablar de argentinidad revela un problema identitario no resuelto”, mientras que el antropólogo y sociólogo Pablo Semán pide cautela y sostiene: “Todavía hace falta estudiar si realmente cambió el sentido de Nación”. En cambio, Guillermo Oliveto, fundador de la consultora W, observa la “génesis de algo nuevo” que sintetiza así: “Se está pasando de la creatividad intratable a un apasionado talento admirable”.
Deseo y realidad
La idea de argentinidad se actualiza mediante relatos, símbolos, personajes y experiencias compartidas. Por eso el Mundial resultó un punto clave pero también -previene Semán- peligroso como herramienta de interpretación. “Aparecieron imágenes de la nación deseada, la comunidad deseada. No la que realmente es, sino la que se busca. Una nación que se percibe a sí misma distanciada de la política, unificada en valores que tienen que ver con el reconocimiento del esfuerzo, de la capacidad y con ciertos grados de solidaridad colectiva”. Pero advierte: “No podemos tomar al Mundial como un laboratorio que nos permite pensar la idea de comunidad nacional”.
La mayoría de los consultados coinciden en que el fenómeno más interesante no es que el fútbol haya creado una nueva identidad, sino el hecho de que habría ocupado espacios vacíos. “Separar la argentinidad de lo político tiene que ver con cierto decaimiento -dice Alabarces en este sentido-. Si el fútbol ganó terreno tiene que ver con la ausencia de otros espejos o relatos de futuro más atractivos, que impacten más en la vida cotidiana. Es más fácil reconocerse en le fútbol que en identidades políticas o laborales”. Añade, además, que el fútbol se ha vuelto cada vez más transversal. “Hoy, más allá del Mundial, agregó públicos. Es un fenómeno global sin recorte clasista”.
Zanatta coincide: “Cada vez habrá más toma de distancia de la política”. En su lectura, salvo el paréntesis de Raúl Alfonsín, cuando “se podía recuperar la fe en la política”, la caída recurrente del salvador o del mesías de turno lleva a la antipolítica. Introduce, además, el papel de la religión. “La visita del Papa en noviembre puede representar algo importante, porque el campo nacional popular, que va mucho más allá de un partido, siempre se organizó alrededor de la religión”.
Oliveto aporta otra perspectiva: “No estoy tan seguro de que la sociedad haya tomado distancia de lo político. Más bien, se desintoxica de la cooptación”, señala. La idea de que la adversidad forma parte del carácter argentino aparece con fuerza en su interpretación. Pero, para él, la pasión no tiene por qué equivaler a sufrimiento. Recupera la idea del ensayista Nassim Taleb de “poner el cuerpo” y añade: “El argentino ha asumido una condición de sobreviviente eterno. Nacer y desarrollarse en la adversidad genera un espíritu de lucha que, puesto en un terreno fructífero, florece más fuerte. Hay algo de espíritu aguerrido, jugado, una capacidad de procesar la complejidad”.
Recuerda que, en 2022, el Diccionario Collins eligió la palabra “permacrisis” para describir un mundo caracterizado por una sucesión permanente de crisis. “Los argentinos saben de eso; está acostumbrado a vivir en escenarios donde las reglas cambian, los pronósticos fallan y la necesidad de reaccionar rápidamente es permanente”.
Oliveto apunta que, históricamente, al argentino se le adjudicaba una “creatividad intratable”. Se le elogiaba lo espontáneo, el repentismo, el talento personal, pero todo acompañado de tres aspectos negativos: la imprevisibilidad, la dificultad para ser parte de un proceso colectivo y la baja empatía. Eso estaría cambiando. “Hoy la ‘nueva argentinidad’ incluye respeto, cumplimiento de las reglas, diálogo agradable fuera de la competencia, mesura en las declaraciones públicas tanto en el suceso como en la adversidad. Todo eso corre la nube que opacaba el registro y hace emerger el magnetismo de una pasión que se juzga única”. Es decir, no se trata de perder creatividad. Se trata de hacerla compatible con reglas.
Una vieja obsesión
Zanatta sigue esta transformación desde una mirada menos optimista. A pesar de los cambios aparentes (“de un paradigma comunitarista a uno individualista, de uno anticapitalista a un fanatismo de mercado”) no cree que necesariamente se haya producido una ruptura profunda. “Pareciera un cambio radical… pero no lo veo así”, sintetiza. “El fenómeno Milei puede leerse como una actualización de viejos mecanismos identitarios, como ‘un Perón de los ricos’. Una idea mesiánica, la sobredosis de identidad, la misma búsqueda de ser los primeros. Hay pasión que en Milei es agresividad. Pareciera ser rencor, frustración. Claro que todo forma parte de la vida, pero por qué una sociedad debería considerar que sus integrantes tienen más pasión que otros. La pasión, cuando se convierte en una explicación de todo, puede terminar justificando la agresividad”.
Zanatta vuelve sobre una tradicional aspiración nacional, la de la Argentina potencia, el destino manifiesto, la sensación de que el país está destinado a ocupar un lugar que el mundo no le reconoce. “’¿Qué dicen de nosotros?’ ‘¿Cómo nos ven? ¿Por qué no nos reconocen como creemos merecer?’“, repite. Permanece esa atención a aquello que dicen de nosotros, como si la mirada ajena tuviera el poder de definirnos. También, la necesidad de sentirnos los más fuertes o los mejores. “La sensación es que deben demostrarle al mundo lo que valen. Y luego viene la reacción, porque no sucede siempre que reciban ese reconocimiento”, dice Zanatta.
El historiador toma un símbolo argentino, el tango: “Es la imagen del arrabal, que no está en ningún lugar, y de la nostalgia. La argentinidad se repite en esos elementos, una nostalgia que no termina de encontrar su objeto. Uno puede tomar esta imagen con auto-ironía y eso es algo extremadamente creativo. Pero también tomarlo de manera agresiva, y eso termina siendo una autolesión”.
Moiguer señala que la Selección de fútbol consiguió algo que la política partidaria no logró: atravesar la grieta. “Ha tenido la lucidez de gambetear a cuatro presidentes de ideologías diferentes. Es un equipo que trata de construir lo común. Esa es una diferencia importante respecto de la acción política partidaria, que quiere la grieta porque solo construye identidad a partir de negársela al adversario”.
Oliveto comenta que acaso los viejos atributos argentinos no desaparecen, sino que pueden empezar a combinarse de otra manera. El concepto que utiliza para describir ese proceso es el de “arquetipo”. Para Carl Jung, recuerda, los arquetipos eran construcciones simbólicas que habitaban en el inconsciente colectivo y habían sido gestadas en tiempos inmemoriales. Las civilizaciones las heredaban de sus antepasados. Su función era orientar la conducta. Si esa lectura sirve para pensar la Argentina, Messi, Scaloni o Ginóbili no serían simplemente deportistas exitosos, sino representaciones de un cambio en aquello que una sociedad considera digno de imitación. No se trata solamente de que los argentinos hayan cambiado la manera de hablar de sí mismos. Podría estar cambiando aquello por lo que quieren ser valorados.


