El sentido de la vida. El valor de la actitud, una respuesta al destino
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El 16 de diciembre de 1923, Rainer María Rilke enviaba una carta a la condesa Margot Sizzo-Noris Crouy, cuando la madre de esta acababa de morir. Allí se leía: “El que no acepta de una vez con resolución, e incluso con alegría, la dimensión terrible de la vida nunca disfrutará de los poderes inefables de nuestra existencia, quedará marginado y, a la hora de la verdad, no estará vivo ni muerto”. Rilke (1875-1926) había nacido en Praga, entonces parte del imperio austrohúngaro, y sería uno de los grandes poetas líricos de todos los tiempos, trascendiendo las lenguas alemana y francesa, en las cuales escribía. Entre sus obras clásicas se encuentran las Cartas a un joven poeta, Elegías de Duino y El libro de horas. Su única novela, con formato de diario íntimo, es Los cuadernos de Malte Laurids Brigge. La condesa, a su vez, era una de las tantas mujeres que apañaron a Rilke, de manera monetaria o afectiva, a lo largo de la vida del escritor, quien, tras un tortuoso paso por la academia militar, decidió dedicarse por entero a la poesía, actividad más afín a su siempre endeble salud.
Víktor Frankl (1905-1977), el médico y pensador austriaco que sentaría, a partir de su experiencia como prisionero en los campos de concentración nazis, las bases de la logoterapia, disciplina que crece en la frontera de la filosofía y la psicología, toma este párrafo de Rilke para afianzar su propia idea del optimismo trágico, como lo llama en su libro El hombre doliente. Nuestra existencia es trágica, dice Frankl, porque termina inevitablemente en la muerte y porque incluye, también de modo ineludible, el sufrimiento. Pero se puede extraer de ello un sentido que permita transformar el sufrimiento en servicio, la culpa en cambio y la misma muerte en estímulo para acciones responsables. Frankl proponía, a través de su obra y su trabajo con personas, “obtener lo mejor posible de cada situación que la vida nos plantea”. Esto conectaba con uno de los elementos esenciales de su pensamiento. El valor de la actitud.
Hay un sentido en el destino que nos toca vivir, afirmaba el autor de El hombre en busca de sentido. Quien maldice ese destino no llega a comprender su sentido. Llamaba destino a todo aquello que la vida nos presenta y sobre lo cual no tenemos ni responsabilidad ni culpa. El imponderable, lo aleatorio. La posibilidad de otro destino es imposible, contradictoria, y pretenderla es inútil.
“El hombre debe mantenerse erecto sobre su destino como se mantiene erecto sobre el suelo que pisa y en el que tiene que afirmarse para saltar hacia la libertad”, escribía. Frankl sostenía que la libertad solo puede ser tal ante el destino. Es la libertad de asumir una actitud frente a una situación no elegida. Y de responder por esa actitud. Solo cuando no se puede todo, cuando se está ante lo ineludible e inmodificable y cuando se elige y ejecuta una actitud ante esa realidad, se es verdaderamente libre. Libertad y responsabilidad son, vistas así, hermanas siamesas y gemelas.
Hay una actitud responsable, que es la definida en el párrafo anterior, y hay otra, a la que Frankl definía como actitud neurótica o fatalista. Esta queda atada al pasado, a lo que ya es inmodificable, a lo que pudo o debió haber sido y no fue. De esa manera se huye de la responsabilidad de actuar en el presente, de hacer una elección y tomar una decisión ante él. Cada existencia tiene un carácter único, irrepetible, y exige de nosotros una actitud. En este tiempo el destino nos colocó ante una situación desconocida, pero no inédita. Otras generaciones estuvieron antes en escenarios inesperados y desconocidos, aún peores que este. El virus y la pandemia son variaciones sobre un tema del cual la humanidad jamás se librará. La incertidumbre, lo incontrolable, lo inesperado. Y un desafío a ejercer el valor de la actitud. Maldecir el destino o erigirse sobre él para avizorar un sentido.



