Imágenes sensibles. Atención, esta nota puede herir susceptibilidades
En las pantallas que nos rodean (computadoras, celulares, televisores) se suceden las llamadas “imágenes sensibles”. Ese eufemismo, uno más entre las docenas de ellos que pululan en la era del “pensamiento correcto”, pretende advertir que lo que allí se verá puede afectar a la sensibilidad de algunas personas. Aunque en realidad parece actuar al revés, como un anzuelo para despertar y atraer el morbo de una legión creciente de voyeurs de la violencia.
Las “imágenes sensibles” suelen mostrar el momento exacto en que un par de motochorros mata a una persona para robarle el celular, el asesinato de un automovilista que se niega a ser despojado de su vehículo, el momento en que una mujer es golpeada o violada, la hora en que una banda de asaltantes ingresa en un comercio, dispara sobre los presentes, hiere o mata a algunos de ellos y huye sin robar algo. Ninguna de esas imágenes, y otras peores, contribuye a la comprensión de los mecanismos de la violencia ni a su evitación y las voces o textos que las acompañan jamás aportan un gramo de reflexión sobre el fenómeno que exhiben. Peor, contribuyen a exacerbar la paranoia, el horror y el desconcierto de los mirones y también estimulan los instintos más oscuros y primitivos de quienes, devotos de la “mano dura” y la retaliación, exigen que “alguien” (nunca ellos) haga algo. “Hacer algo” significaría, en este caso, asesinar a los asesinos. Incrementar la espiral de la violencia fomentando la involución de la especie humana hacía etapas pre culturales.
Las “imágenes sensibles” terminan por generar una curiosa paradoja: crean gruesas capas de insensibilidad en quienes las consumen. “Insensibilizarse es un mecanismo de defensa”, señala al respecto la filósofa española Ana Carrasco-Conde. “Pero al abordar el mal no podemos perder de vista que la persona que sufre es única y singular. Si te insensibilizas, le quitas peso a ese sufrimiento y dejas de verlo como un igual”.
Carrasco-Conde es autora de Decir el mal. Comprender no es justificar, un libro en el que explora las raíces y la naturaleza del mal. Según esta pensadora, existe un mecanismo (ya explotado en su obra y en su momento por el Marqués de Sade), según el cual la repetición incesante y extrema del mal termina por generar indiferencia ante su presencia y su manifestación. Entrevistada por Raquel Seco en el diario El País, de Madrid, señala: “En el siglo diecinueve se hablaba del monstruo exterior (Drácula, Frankenstein) o interior (Doctor Jekyll y Mr. Hyde).

En el veinte, tras dos guerras mundiales, se habla de la monstruosidad del ser humano. Hoy se califica a quien hace el mal de enfermo, de figura marginal. En una sociedad atomizada la responsabilidad siempre es del otro. Hemos convertido el mal en un lado oscuro que no tiene nada que ver con nosotros”. No solo se cree que el portador del mal es el otro, sino que también las víctimas siempre serán otros. Dos vías para convertirse en mero espectador y dedicarse a “disfrutar” de las “imágenes sensibles”. Emanuel Kant (el esencial filósofo moral alemán tan vigente hoy) decía que desde lejos se puede disfrutar de un mar tormentoso, pero distinta es la cosa cuando es uno quien está en medio de la tormenta.
Sobre este punto Cortés-Conde remata: “Hemos generado mucha conectividad, pero también mucha distancia”. Y agrega: “Estamos en una ficción absoluta, un individualismo sin individuos”. Un mundo en el que la empatía y la compasión se declaman y se pronuncian, pero no se convierten en experiencias reales. Las “imágenes sensibles” venden (e incluso las compran quienes, para afuera, dicen que “no ven esas cosas”). Son el ingrediente básico de un ejercicio de doble perversión: la de quienes las exhiben y las de quienes las ven. Una espiral que, una vez instalada la adicción, solo puede sostenerse si se aumenta el voltaje y, en paralelo, se incrementa la indiferencia.






