La mala fama de la Edad Media: por qué siempre se la asocia al atraso y la barbarie
Medievalistas publicaron un manifiesto reivindicatorio. El detonante fue la pandemia, con frases repetidas como: “No sea medieval y apoye a la ciencia y a la medicina”
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El asunto viene de lejos, muy lejos, cuando en el siglo XIV Petrarca y compañía –es decir, los poetas humanistas– quisieron “recuperar” la esplendorosa civilización antigua, según ellos más refinada y cultivada que el pasado reciente, en ese entonces la Edad Media. Llamada “media”, de hecho, por entenderse como un mero paréntesis entre dos épocas presuntamente superiores: la idealizada Antigüedad y la Modernidad de estreno, que comenzó su andadura con el Renacimiento. Tampoco la Ilustración fue precisamente benevolente con el Medioevo, con pensadores como Voltaire acentuando el menosprecio y fijando desdeñosa imagen: la de un oscurantismo pleno, donde la fe en Dios aplastó la razón. Por fin los románticos, en el siglo XIX, pondrían en valor la dimensión estimable de este período, admirando –por caso– el estilo gótico de ciertas catedrales, la invención del amor cortés o las gestas de los caballeros. Pero el daño ya estaba hecho, y resultó tan profundo el estigma que persiste hoy en día, asociándose mil años de historia con ignorancia popular, represión sexual, vasallaje, supersticiones.
Sin embargo, ¿a qué época debe Occidente el tenedor, los anteojos, el papel moneda, el reloj mecánico, el formato libro y la imprenta, las notas de solfeo, instrumentos como el laúd y nuevas formas de canto, verbigracia, la polifonía? ¿No proviene acaso del Medioevo el agua de rosas, el álgebra, la pólvora, la brújula? ¿Cuándo se aceitaron los engranajes de molinos de agua y de viento, proliferó el ahora ubicuo botón, se crearon monturas, espuelas y estribos? ¿En qué etapa se acuñaron las lenguas vernáculas, como el castellano, que siguen hablándose a la fecha? Medieval fue Roger Bacon, filósofo y teólogo escolástico, precursor del método científico, acérrimo defensor de “la matemática como puerta y llave de toda la ciencia”. También Roberto Grosseteste, otro franciscano, que se adelantó por varios siglos a la teoría del Big Bang. O Nicolás de Oresme, que anticipó el movimiento de la Tierra. Para no mentar a la genial abadesa Hildegard von Bingen, benedictina que además de componer inspiradas piezas musicales, se ocupó de clasificar variedades vegetales según sus propiedades medicinales, atendiendo asimismo a la sexualidad de la mujer de modo muy avanzado para el momento.

¿Puras tinieblas entre el siglo V y el XV? “¡De ninguna manera!”, suena el grito de resistencia de más de 70 medievalistas españoles, que meses atrás publicaron un manifiesto que han dado en llamar, sin mucha fioritura, En defensa de la Edad Media. Hasta el bonete del incesante prejuicio, lo han lanzado para expresar su hartazgo porque sigue siendo tachado de medieval “todo lo que tenga que ver con el atraso, la ignorancia, la incultura, la insalubridad, la barbarie, la crueldad, el fanatismo, el horror, la miseria, la monstruosidad, la violencia”. Aunque acostumbrados a la difamación, la gota que rebalsó el vaso fue… la pandemia. Notaron que, en los últimos dos años, se multiplicaron las expresiones del tipo: “No sea medieval y apoye a la ciencia y a la medicina”; “Ha venido la bicha y nos hemos vuelto medievales”, o de boca de Paul McCartney, “Es un poco medieval eso de comer murciélagos”.
“Es momento de decir basta”: voilà las rotundas palabras de los firmantes, hastiados del uso y abuso del adjetivo para calificar indiscriminadamente casi todos los males del mundo, especialmente los aparejados al drama sanitario, todavía en curso. “Muchos han tildado de medieval, con marcado desprecio, el confinamiento pero ¡el confinamiento medieval era en aquel momento la única posibilidad que tenían de no expandir el contagio!, fue una medida inteligente. También fue eficaz alejarse de las urbes e irse al campo, como sucedió durante la peste negra a mediados del siglo XIV, y queda expuesto con el Decamerón de Boccaccio”. Quien así habla con LA NACION revista es María Jesús Fuente, catedrática emérita de Historia Medieval de la Universidad Carlos III de Madrid, autora de libros de divulgación como Velos y desvelos y Reinas medievales en los reinos hispánicos.

La doctora consultada es la principal redactora del manifiesto, donde se destaca que la geopolítica europea proviene de este tiempo “cuando aparecieron reinos a los que remiten las historias nacionales de muchos países europeos”. Que fue entonces cuando se produjo el corte cultural del Mediterráneo, que los parlamentos y las cortes medievales son precedentes de los sistemas representativos modernos y que el constitucionalismo tiene sus raíces en estos siglos (la Carta Magna de Inglaterra data de 1215).
“Identificar este período con algo nefasto, negativo, sombrío, no se corresponde con la herencia que los europeos hemos recibido de esta etapa”, subrayan en su llamamiento, donde ruegan que así como se cuida tanto el lenguaje políticamente correcto, se haga lo propio con el “lenguaje históricamente correcto”. “No sé si ha surtido efecto, pero da la impresión de que hemos llegado a algunas personas que quizás se lo piensen dos veces antes de utilizar despectivamente el término”, se muestra esperanzada la investigadora, que estudió en la Universidad Complutense de Madrid y más tarde profundizó su formación en Harvard. “El legado de la Edad Media es ingente. No por nada, un autor de la categoría de Umberto Eco se refirió a esta etapa como la infancia de Europa, porque efectivamente en estos mil años vamos a encontrarnos con los simientes de lo que vendrá”.
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Una de las “deudas modernas” que se mencionan respecto de la Edad Media es “el germen de las universidades”. Como apunta María Jesús, merecedora del Premio Nacional de Ensayo Leonor Guzmán, “para hablar con propiedad hay que decir que lo que se establece son los Estudios Generales, primero en Bolonia, luego en París, más tarde en Palencia, Oxford, Cambridge... La propia organización política de los reinos exige cada vez más legislación y, por lo tanto, más burocracia. Dado que las escuelas catedralicias no dan título, se organizan estas instituciones que garantizan una formación, el dominio de las artes liberales: el Trivium (gramática, dialéctica, retórica) y el Quadrivium (aritmética, geometría, astronomía, música)”.

En arquitectura, a los progresos técnicos que permitieron elevar castillos y catedrales como Notre-Dame, deberían incluirse los vitrales, como el de la bellísima Sainte-Chapelle, y los grandes retablos en las cabeceras de los altares mayores. “Algo tan simple como la collera del caballo impacta fuertemente en la agricultura, donde hasta entonces los animales de tiro eran los bueyes, muy lentos –continúa la investigadora–. Con la mayor productividad de los campos, más gente se vuelca a otras actividades, como las artesanales, lo cual incrementa el comercio; e incide en el renacer de las ciudades, que habían quedado aletargadas después del Imperio Romano y resurgen a partir del siglo XI. En los centros urbanos, los nacientes burgueses empiezan a diversificar sus intereses, y así tenemos, por ejemplo, obras teatrales frente a la catedral, en la plaza, que se convierte en el corazón de la vida pública”. Tanto las representaciones escénicas como la música (que encuentran su cenit en los extraordinarios cantos gregorianos) estaban al servicio del mensaje cristiano porque, claro, “la ideología dominante era la religiosa”.
Las hambrunas no escaseaban y la mayoría le tenía pánico al mar y los bosques. Y al diablo. Tampoco faltaban las torturas y persecuciones. En 1184, el papa Lucio III, con el afán de someter a los espíritus independientes, fundó la primera forma de Inquisición. Pero, contrario a lo que suele creerse, la caza de brujas fue especialmente cruda a partir del siglo XV, finiquitado el Medioevo. El restrictivo Index librorum prohibitorum (Índice de libros prohibidos) también sería legado posterior, del Renacimiento, al igual que el sádico Malleus maleficarum, escrito por dos monjes dominicos, con minucioso detalle de tormentos.

Respecto de la situación de las mujeres, el eminente medievalista francés Jacques Le Goff –fallecido en 2014– solía recordar en entrevistas que, si bien tenían un rol inferior (“como en todas las sociedades antiguas”), se les concedió la posibilidad del consentimiento a la hora de contraer nupcias. Proferir el “Sí, quiero” se volvió obligatorio durante la boda, mientras que antes simplemente se les imponía un marido. Más allá de que ellas eran sometidas a presiones y arreglos, el principio mismo era importante, la mera idea de casamiento libre. Le Goff también destacaba, como ejemplo de promoción de la mujer durante la Edad Media, el culto a la Virgen María, a la que se enalteció y se la reconoció como intermediaria entre los hombres y la Santísima Trinidad (amén de su consabido rol de madre del Mesías). Tampoco se puede olvidar que hubo reinas consortes que ejercieron el poder político, como Blanca de Castilla o la carismática Leonor de Aquitania. O poetas como Christine De Pizan que, ya en el siglo XIV, afirmaba que “la excelencia o la inferioridad de los seres no reside en sus cuerpos según el sexo, sino en la perfección de sus conductas o virtudes”. Y aunque la negación del placer carnal sí marcó el período, con la castidad y la virginidad como tópicos obsesivos de la Iglesia, aquello del cinturón de castidad no tendría tanto asidero en aquellas fechas. Menos aún el controvertido derecho de pernada, quizás un mito con relativo fundamento, lo cual no quita que el señor feudal pudiera ir y venir como Pedro por su casa en hogares de campesinos. Era, después de todo, “el propietario de las tierras y propietario de los hombres, sobre los que tenía jurisdicción”, explica Fuente, que suma que “una de las obligaciones del siervo de la gleba era tener hijos para garantizarle mano de obra al señor. Si no tenía descendencia, se le podía exigir el pago de un impuesto llamado mañería”.
Por cierto, otra creencia para desmentir, siguiendo el discurrir de Le Goff, es la instalada idea de inmovilidad general. Sí que se viajaba: el caso más descollante sería el de Marco Polo, que puso en el mapa la Ruta de la Seda, generando caravanas de comerciantes. Cuando los cánones eran muy gravosos, los siervos se desplazaban para probar fortuna. Por más humildes que fueran, se daban al camino para mudar de señoría, para acudir a una feria o, en modo turisteo, dirigirse a un lugar de peregrinación.

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Uno de los best-sellers más inesperados de las últimas semanas en Francia dedica mil páginas a repensar la Edad Media al tenor de descubrimientos de las últimas décadas. Nouvelle histoire du Moyen Âge es el título de esta robusta obra editada por Seuil, “un verdadero acontecimiento” para los fans de su instigador, el historiador Florian Mazel. Le elogian el haber convocado a medio centenar de colaboradores de distintos ámbitos que sugieren un cambio profundo de perspectiva sobre ciertos paradigmas medievales.
Proponen, entre otras cosas, una nueva forma de pensar las etapas, abandonando el típico modo tripartito (Temprana, Alta y Baja Edad Media) para concentrarse en dos movimientos: el antes y el después de la Reforma Gregoriana, “cuando la Iglesia se emancipa para penetrar en todos los ámbitos de la vida social, económica y política”. De esta revolución, quedó el papado absolutista y centralista, el clericalismo forzoso, la obligación del celibato para los curas… Igualmente, los autores hacen hincapié en la importancia de “matizar la herencia cristiana”, aclarando que convivieron distintas formas de cristianismo (“No fue igual en Sicilia que en Dinamarca”) y recordando que “el Islam también jugó un rol importante en Europa”. Además, mirando un espacio más vasto que el europeo –el Imperio Bizantino y más allá– se preguntan si la categoría Edad Media puede aplicarse a otras áreas geográficas; y consideran “imprescindible rechazar cualquier genealogía mítica de las naciones”.






